Pablo Rocca
UNA TARDE de 1988 un curioso dúo traspone la puerta de la editorial Arca. Se adelanta, o tal vez sólo cubre primero el campo visual del observador, un hombre maduro, de casi dos metros de altura y en cuyo rostro sobresalen un poblado bigote y unos lentes de grueso armazón. Lo sigue, casi lo secunda, otro hombre que luego se podrá apreciar corpulento, pero que parece pequeño al lado del acompañante. Este último se llama Jorge Lafforgue; el otro, el "grandote", como siempre le diría el editor Alberto Oreggioni (1939-2001), se despacha sobre mil y una cuestiones con pasión, y asombra a sus auditores porque muestra un detallado conocimiento de la geografía literaria, cultural y aun física de Montevideo. Se llamaba Jorge B. Rivera, había nacido en Buenos Aires en 1935 y —he ahí la clave de su devoción uruguaya— había cursado estudios de bachillerato en Montevideo hacia la primera mitad de los cincuentas, cuando su padre ocupaba un cargo diplomático en la embajada argentina.
Los dos están de paso por Montevideo, adonde han llegado para participar en actividades de la Feria del Libro, que aún se aloja en su modesto reducto del Subte Municipal. Aquella tarde se acercan a la editorial porque los ha convocado Oreggioni, quien ha imaginado un proyecto ambicioso sobre el cual quiere que ellos discutan con un pequeño grupo de jóvenes investigadores uruguayos: una historia de la literatura rioplatense que pretendía limar la rígida y, por momentos, brumosa distinción nacional. El proyecto se frustró y, hasta hoy, nadie supo o nadie pudo ejecutar nada similar. Pero desde esa idea generosa se tramaron otros vínculos que dieron como resultados, entre otros, un prólogo de Rivera a la excelente novela Kid Ñandubay, de Bernardo Kordon (editada por Banda Oriental, 1997) o un artículo para el colectivo El 900 (Cal y Canto, 1999), coordinado por Oscar Brando.
Con Eduardo Romano, Rivera había trabajado en la cátedra de Literatura Argentina de la Universidad de Buenos Aires, cuya titularidad ejercía el poeta Francisco "Paco" Urondo, luego asesinado por la dictadura. Apartado de su cargo por tal siniestro régimen, cuando este concluyó, en 1983, Rivera ganó la cátedra de "Historia de los Medios" en la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Como tantos otros de su generación, los dos visitantes de la editorial montevideana, antes que nada se hicieron en el periodismo y la crítica en revistas como Crisis, en el suplemento cultural de Clarín y, últimamente, en esta orilla del Plata más que en la otra, donde escribieron para Brecha y El País Cultural. Los dos, también, y cada uno por su lado, se entregaron a la función editorial: en Losada, en Legasa, en Alianza (Lafforgue), en Puntosur (Rivera); los dos hicieron numerosos e inevitables estudios sobre Horacio Quiroga, sobre los medios de comunicación de masas y cultura en Argentina —que dio como resultado un colectivo, de 1985, en el que también participaron Romano y Aníbal Ford—; a ellos corresponde la investigación sobre el relato policial argentino que titularon Asesinos de papel (1977), en cuya segunda edición, de la editorial Colihue (1996), incorporaron los cada vez más crecientes aportes uruguayos al género.
Jorge B. Rivera murió en Buenos Aires el último 27 de agosto. Se había resistido a entrar en la vertiginosa carrera internacional, prefiriendo —como nos dijo en una lejana carta— hacer "navegación de cabotaje" por el interior argentino o de una orilla a otra del Plata, siempre junto a la Negra, su inseparable mujer, quien falleció en febrero de este mismo año.
Esta porfiada vocación rioplatense limitó la difusión de su obra y aun la ha condenado a una posición periférica, según los actuales parámetros del "prestigio". Cuando se disipen algunos espejismos, se podrá calibrar en toda su plenitud la enorme contribución de Rivera al estudio de las relaciones entre lo "culto" y lo "popular" en el Río de la Plata, con una mirada cercana a la matriz de los "estudios culturales" —en la línea de Raymond Williams, que sólo pudo conocer mucho después—, consciente de la necesidad de abrir los horizontes de la literatura hacia otros ámbitos y disciplinas, más allá del efecto puramente estético. De hecho, se verá que desde los años sesenta otro ha sido el trayecto de los saberes en esta región de América, con sus libros sobre Eduardo Gutiérrez, el folletín y la novela popular (1966), campo de trabajo entonces despreciado por las líneas dominantes de la crítica tradicional o formalista, o su compilación La primitiva literatura gauchesca (1968), por cierto deudora de un trabajo anterior de su admirado Lauro Ayestarán.
Diversos campos conexos a sus estudios de juventud se enriquecieron con aportes suyos como los artículos sobre publicaciones periódicas (Caras y Caretas o Nosotros), los libros Panorama de la historieta en la Argentina (1992), un género que nadie conocía como él; El periodismo cultural (1995) o el irregular, pero aun así pionero, El escritor y la industria cultural (1998), que primero había dado a conocer como entregas de Capítulo Argentino. Historia de la literatura argentina (1981), colectivo editado por el Centro Editor de América Latina y sabiamente coordinado por Susana Zanetti.
Superar las fronteras entre lo "alto" y lo "bajo" o, mejor, poner en tela de juicio esta dicotomía, fue una tarea asociada a una concepción social y política más global, próxima a la izquierda neoperonista a la que Rivera se adscribió con moderación y con total prescindencia de cargos políticos —que de haber querido hubiera podido ocupar—, porque optó por vivir la cultura como una pedagogía diversa, como un acto de apertura hacia los otros. Vivió con la certeza de que leer ayuda y permite ejercer de modo más gozoso y lúcido la libertad individual, el mejor diálogo colectivo. Quizá ese sea el legado mayor de este hombre grande que ahora, y para siempre, pertenece a dos orillas. l
Un insoslayable
Dueño de un archivo de proporciones demenciales, Rivera nunca concibió sin embargo a la erudición como un fin en sí misma. Estuvo siempre atento a lo que sucedía en su país, en la región y en el mundo, y escribió sobre la inteligencia artificial, el papel de las nuevas tecnologías en la dilucidación de la verdad informativa, sobre la emigración rioplatense (recordando a Cocambo, el tucumano personaje del Cándido de Voltaire), sobre los carritos hurgadores, los bloopers, el Mercosur y la cultura, o la corrupción de las élites en los años 90 a propósito del Cambalache de Enrique Santos Discépolo, entre otros muchos temas. El Uruguay y la literatura uruguaya le interesaron en especial. En la colección de este suplemento quedan sus notas sobre Angel Rama, Felisberto Hernández, Horacio Quiroga, las vanguardias, o la obra de José Pedro Barrán.
En su libro El periodismo cultural (Buenos Aires, 1995) escribió que la sagacidad para captar tendencias y aún para generarlas es la clave del periodismo cultural. Esa opinón define la obra de Jorge B. Rivera: en sus libros, en los artículos que escribió para diversos medios, y en los que pueden integrar la más exigente antología de este suplemento. l