UN EJERCICIO DE IMAGINACIÓN

Natalia Mardero, la escritora que ya no quiere ser irreverente

Con un nuevo libro en librerías (Escrito en Super 8), Natalia Mardero habla de su proceso creativo, de los premios, del mundo editorial, y de la crítica.

Natalia Mardero. Dibujo de Ombú.
Dibujo de Ombú

Natalia Mardero (Montevideo, 1975) es Licenciada en Comunicación Social pero casi nadie sabe eso. Natalia, en realidad, es conocida por cosas mejores: por su jopo, por sus lentes y por libros como Posmonauta (2001; 2010). Desde entonces su escritura ha cultivado lectores de diversas generaciones. En 2004 escribió la nouvelle Guía para un universo, sobre una niña que recorre ignotos planetas, y en 2012 apareció Gato en el ropero y otros haikus, un libro multidisciplinario donde la fotografía y la literatura se juntan. En 2014 publicó la chispeante nouvelle Cordón Soho, que no solo dio que hablar sino que ya cuenta con varias ediciones. Cuando fui a visitarla me contó sobre su nuevo libro, Escrito en Super 8 (Estuario, 2019), que tiene ese inconfundible aroma a nuevito.

—Algunos autores publican constantemente pero vos no tenés apuro. ¿Es así?

—Bueno, eso lo he reflexionado. Por un lado mi primer libro lo saqué hace casi 20 años. Tenía 25. Ahora tengo 43, no publico todos los años y no puedo escribir siempre lo mismo. No porque diga “no me voy a repetir”, sino porque cambiás, tenés muchas más lecturas arriba. No te voy a decir que hay un crecimiento sino una maduración, que no va necesariamente en la escritura, sino como persona que vivió más experiencias.

—Cuando salió Posmonauta tenías la impronta de una narradora emergente que tenía cancha para rato.

—No, no. Soy muy perezosa para escribir. Me cuesta mucho sentarme. Cuando estoy en la rosca lo disfruto, pero si no tengo una idea clara de hacia dónde voy no siento la necesidad de utilizar la escritura como descarga emocional. Siempre sentí no tener la obligación porque creo que ahí perdés.

—Te condiciona.

—Sí. Por eso me tomé los tiempos que quise.

—Te lo preguntaba también para conocer tu percepción sobre ser escritora y si ha evolucionado en este tiempo.

—Sí, podría haber dicho “esto me funcionó, voy a seguir por acá”. Pero no, ya había dicho lo que tenía que decir en ese período. Después apareció Guía para un universo, que me agarró en otro momento. Un libro que había leído en la adolescencia (Crónicas Marcianas de Ray Bradbury), volvió a mí y me pareció fascinante. Quise hacerle un homenaje.

—¿Qué edad tiene la protagonista de Guía…?

—Me la imaginaba de veinte y algo.

—¿En serio? Parece una niña.

—¿Ah, sí? Me la imaginé más o menos de la edad que tenía yo, o menos. ¿Pero sabés que pasó con ese libro? Una cosa que me di cuenta después. Y es que lo escribí en plena crisis del 2001.

—Eso explica, en parte, el tema de los planetas y la cuestión evasiva del personaje. Además coincide con el único momento de tu obra en donde aparece la ciencia ficción.

—Exacto. Es tremendamente evasivo de la realidad. Yo estaba muy complicada de laburo, tenía un trabajo que me pagaban en dólares y luego del cambio pasé a los pesos. Fue terrible. Creo que eso influyó para evadirme de verdad.

NARRATIVA DOMÉSTICA.

—Has pasado por varios géneros literarios. Cuentos cortos, haikus, nouvelle y prosa poética.

—Y ahora cuentos de largo aliento.

—Sí, Escrito en Super 8, que acaba de salir.

—Son otro tipo de cuentos a los que les di un tiempo distinto de escritura. No trabajé solo en la anécdota sino que hay una elaboración mayor en los personajes.

—El cuento “La tapa de julio” me parece fiel exponente de ese camino nuevo. La tensión que hay entre los personajes femeninos no aparece ni siquiera entre Valentina y Carolina, protagonistas de Cordón Soho (2014).

—Claro, es más lineal. Acá trato de generar capas de lectura. También empecé a leer cuentos largos, al estilo Alice Munro y Margaret Atwood, que son pequeñas novelas con un desarrollo complejo y los personajes muestran sus matices de a poco. Eso me encantó. Era muy fan del cuento corto al estilo Carver, efectista, donde lo que importa es la anécdota.

—Eso lo decís en la intro a la reedición de Posmonauta (2010): “Como escritora hoy prefiero cuidar las palabras, la forma, y no detenerme tanto en lo anecdótico”.

—Es cierto. Sigo siendo yo pero con un ojo más fino.

—Estos cuentos tienen otra envergadura.

—Parten de cosas reales. El cuento donde se le muere el perro a la niña surgió a partir de algo que me pasó de chica. Mi primer perro murió atropellado en la playa y fue muy impactante. Ese hecho fue lo que hizo germinar una historia inventada.

—Pensando en Cordón…, ahí tenías un escenario fijo que te arropaba y conocías, el barrio, la ciudad.

—Sí.

—Si vamos a Posmonauta, pasa algo similar con la cultura pop, televisiva y musical. Y si nos fijamos en los cuentos de Escrito en Super 8, hay una gran variedad de escenarios. Es un libro expeditivo y maduro, por así decirlo.

—No quiero decir la palabra maduro, no como algo malo, sino porque eso puede descalificar lo anterior. Lo que me pasó apenas salí a la luz como escritora fue que se me encasilló. No está mal, porque supongo que la crítica necesita ordenar pero también hay un peligro. Y en algún punto fui ninguneada por cierto tipo de crítica.

—¿En qué sentido?

—Que hay una cantidad de autores que tienen el beneplácito de la crítica. Desde la academia, el canon y todo eso. Tengo la sensación de que lo que he hecho hasta ahora no ha sido, para mucha gente, lo suficientemente valioso dentro de ese sistema.

—¿Porque parece muy pop, decís?

—Sí, o demasiado liviano. Eso igual me dio la libertad de no tener que cumplir ningún estándar: hago lo que me sale. Es extraño, porque las cosas que me gustan son bastante tradicionales o consagradas dentro de ese mundo, y no se traslucen tanto. En estos cuentos hay una visualización más clara de ese modelo. El tema de ser irreverente ya no está, ya lo hice.

—Igual tenés perfil bajo en cuanto al tratamiento de algunos temas. Te pongo un ejemplo: no recuerdo una escena erótica en tus textos. No te va para ese lado.

—No. Lo que pasa es que es difícil. En Cordón Soho todo el tiempo hay esta cosa cinematográfica de cortar la escena, pasar a otra y dejar que el lector termine de armar el rompecabezas. Sugerir más que mostrar.

—Un placer más estético.

—Sí. En Escrito en Super 8 hay un cuento donde una chica de Carrasco se enrolla con una amiga de la madre…

—Sí.

—Bueno, ahí tenés una escena bastante explícita.

—Cierto. Es una linda forma de replantear el asunto en este nuevo libro.

—Sí, lo que pasa es que son territorios donde si le errás, le errás feo, y se nota mucho.

—En realidad, lo que te dije sobre lo erótico venía con trampa, y es que en tu obra, desde el papel narrativo, nunca asoma la práctica de una literatura queer.

—La intención era hacerlo más naturalizado, que no hubiese conflicto al respecto, que esa relación no fuera conflictiva por ser dos chicas sino por otras cosas.

—Terminó siendo políticamente correcta. Tal vez había (hay) un lector, digamos menos heteronormativo, que se quedó con ganas de ver algo más atrevido o que lo represente.

—Está bueno lo que planteás. Nunca sentí que mi experiencia personal fuera algo que tuviese que contar. Puede ser que muchas veces me haya autocensurado, pero lo hice para no encasillarme.

—A la hora de escribir, ¿pensás en la recepción?

—No tanto. Así como me encasillan como escritora pop, con todas las connotaciones que tiene, tampoco quiero ser la escritora gay o lesbiana.

—Tal vez las nuevas generaciones, influidas por la actual oleada de reivindicaciones y movimientos sociales —el feminismo, entre ellos— están más abiertas a recibir ese tipo de lecturas.

—Sí. Lo que me pasa con toda esta cuarta ola del feminismo, que resulta genial para una piba de 20 años, es que cuando escribí Posmonauta ya tenía la influencia de las Riot grrrl, las bandas de mujeres, etc. En la facultad estudiaba teorías de género, que en ese momento eran una cosa muy rara, y el libro está empapado de todo eso.

—Sí, es revulsivo.

—Claro, entonces esa etapa ya la viví. En los 90, en ciertos grupitos esto se vivía muy intensamente. No tenía las dimensiones de ahora.

—Y eso que no sos muy de las redes sociales, ya que es por ahí donde se propagan algunos discursos, para mal o para bien.

—Sí. Bueno, tenés Teoría King Kong de Despentes, que es el libro de cabecera de estas chicas y se difunde. Me parece bárbaro pero tiene cosas que le podés cuestionar, más allá de que es un libro que lo entiende cualquiera.

—Quedarse con eso parece insuficiente.

—Exacto, es un feminismo muy lavado, pero a la vez se salió de lo académico y se fue a la calle, lo cual está perfecto.

LA VEREDA DE ENFRENTE.

—En cuanto a referentes rioplatenses, qué autor te atrae.

—A mí me gusta mucho la nueva narrativa argentina. Samanta Schweblin la está rompiendo. Ellas están generando algo interesante, desprenderse del pasado pero no como el parricida o el rebelde. No son herederas de Borges o Cortázar, rompen con eso y ahí se genera algo nuevo con elementos latinoamericanos pero también del cuento anglosajón.

—¿Quién está recogiendo eso en Uruguay?

—Carolina Bello tiene una influencia anglosajona fuertísima. Lo que pasa con Fernanda Trías e Inés Bortagaray es que pasaron por el taller de Mario Levrero y eso las marcó. A Inés la veo explorando la experiencia personal y eso me gusta mucho. La autoficción es una forma que te conecta con lo anglosajón y acá no se hace tanto. Hay cosas interesantes pero nos quedamos en una experimentación que no logra pasar la barrera.

—Parece que siempre estamos mirando al que está al lado o al de enfrente.

—Y a veces ni mirando.

—Pero cuando viene algo de otro lado, wow.

—Sí, o tiene que pasar que a alguien le vaya bien afuera, entonces le damos bola. Acá hay gente que hace cosas interesantes pero me gustaría que diéramos el batacazo. El que dimos alguna vez, retomar ese camino: la literatura uruguaya apreciada en el exterior con una identidad propia, renovada.

—Cada tanto el Ministerio de Educación y Cultura selecciona autores uruguayos y envía sus libros a determinadas ferias. ¿Has participado con alguno?

—Obvio que no, por lo que te decía al principio. Hay una desconexión a nivel estatal de la idea de lo que debe ser la buena literatura y lo que debemos llevar afuera. Es interesante lo que planteás, porque es un panorama subjetivo pero a la vez representativo de una literatura nacional.

—Como los jurados de concursos: es una lectura.

—Claro, parcial. Si querés salirte de ciertos parámetros no hay que esperar que el Estado te premie, porque lo más probable es que no suceda. Los caminos hay que buscarlos por otro lado. Es mejor mandarles tu libro a tres periodistas argentinos y generar contactos que…

—En este momento, siendo más o menos conocida, ¿publicar te genera alguna retribución económica?

—Cada tanto recibís regalías pero mínimas. El que hizo el laburo es el que se lleva menos (10%), y así pasa en todo el mundo.

—Qué loco. ¿No existe un gremio de escritores que se junten a reclamar mayores dividendos? ¿Es impensado?

—No. Acá todavía sentimos que las editoriales nos hacen un favor cuando nos editan, como esa cosa de no valorar del todo tu trabajo. Acá no te querés enemistar con nadie, son tres editoriales, una te publica y las otras dos nunca te llaman. Las editoriales no deberían proyectarse solo para este mercado, porque no existe y todos lo sabemos. Tienen que hacer el esfuerzo de cruzar fronteras porque la profesionalización de la escritura aquí es imposible.

—Tal vez el cambio más fuerte deba darse primero desde el lado del escritor.

—Sí, yo hice cosas no habituales, sobre todo con Cordón Soho. Usé las redes sociales como plataforma de difusión. Parte del éxito que tuvo el libro fue gracias a eso. Son cosas que un escritor “serio” no haría porque “queda mal la autopromoción” y eso supuestamente desvalorizaría la obra. Con Escrito en Super 8 puedo intentar caminos distintos, y en eso estoy.

Escrito en Súper 8

-¿Que opinión te merece el premio del Ministerio de Educación y Cultura?
-El premio MEC no le importa a nadie. Aunque lo ganes, no podés decir “voy a vender 2.000 libros” porque es mentira. Si ves la lista de ganadores en los últimos años, pueden ser libros que cumplan ciertos requisitos estéticos pero luego a la gente no le pasa nada con esos libros. Capaz que en otros lados un premio estatal tiene otra importancia, pero acá no.

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