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por Juan de Marsilio
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En Creían que eran libres, de Milton Mayer (1908–1946) se puede leer lo siguiente: “No fue el nacionalsocialismo el que les arrebató la libertad a los hombres; la ausencia de libertad hizo de ellos nacionalsocialistas”. Indicio de que el libro vale.
Nacido en Chicago en una familia judía liberal, Mayer fue periodista y educador. De adulto se hizo cuáquero, y el pacifismo estricto de este grupo de origen protestante lo hizo ser objetor de conciencia en la Segunda Guerra Mundial. Fue lo que en los EEUU se conoce por un liberal, es decir, un izquierdista moderado, pero no tanto como para no parecer peligroso a los conservadores. La principal plataforma para difundir su pensamiento fueron sus artículos en la revista The Progressive, fundada en 1909 y todavía activa. Ferviente opositor al nazifascismo, también criticó a los regímenes comunistas.
El método. Mayer creía, como buen cuáquero, que en cada hombre hay “una pizca de Dios”. En 1935 había visitado la Alemania nazi, y tratado en vano de entrevistar a Hitler. Los hechos posteriores lo convencieron de que debía indagar en el alemán medio, para tratar de comprender por qué había seguido —y con tanto entusiasmo— a semejante líder. Para ello consiguió que la ocupación norteamericana de posguerra le diera una beca por intermedio del Instituto para la Investigación Social de Fráncfort, dirigido por Max Horkheimer (1895–1973). Allí colaboraban Theodor Adorno (1903–1969) y otros pensadores posmarxistas de la “Escuela de Fráncfort”. En uso de la beca Mayer se instaló, con su familia, en una pequeña ciudad universitaria de Hesse (Kronenberg en el libro, Marburgo en la realidad) para trabar amistad con diez ex nazis corrientes, conversar con ellos y tratar de comprender sus motivaciones. Nunca les dijo que los estaba usando como sujetos de estudio. Tampoco que era judío.
Sólo uno había sido antinazi. Era también el único con educación superior: se desempeñaba como profesor de Literatura en un instituto secundario. No era de Hesse y había llegado a la ciudad huyendo de su pasado. En 1937 se afilió al Partido. Era una “violeta de marzo” —como se llamaba a los afiliados tras la llegada al poder, en 1933, por oposición a los “viejos luchadores”. Los otros nueve eran empleados o gente de oficios humildes. Todos, salvo el docente, recordaban el período 1933–1939 como el mejor de sus vidas, e incluso el profesor veía muchos aspectos positivos en la Alemania de aquellos años.
Mayer señala tres claves tras la actitud del pueblo Alemán para con Hitler. El primero es la subordinación del hombre corriente ante los funcionarios de gobierno, e incluso ante personas de rango o educación superiores (Mayer siempre fue “herr professor” para sus amigos alemanes). El segundo está relacionado con el anterior: la breve historia democrática alemana previa al nazismo hacía muy difícil que el ciudadano corriente se sintiese con derecho a cuestionar a los gobernantes, a los que no veía como sus representantes. El tercero no es específicamente alemán: la gente corriente —incluso las buenas personas corrientes— siente que ya tiene demasiadas cosas de las que ocuparse como para meterse en asuntos políticos que no la afecten de modo directo.
Los interlocutores del autor señalan, además, que el régimen nazi tuvo aspectos “democráticos”, dicho esto en el sentido de igualitarios. En el Frente Nacional del Trabajo, que sustituyó a los sindicatos socialdemócratas, participaban empleados del Estado, bancarios, artesanos y peones fabriles. El Partido se ocupaba de asistir a todo el mundo en sus necesidades (salvo a los judíos, gitanos, homosexuales y otras minorías, pero toda persona común sabe que “todo el mundo” son las personas parecidas a uno). El empleo, el salario y las condiciones de vida del hombre común mejoraron mucho. Y el mismísimo Führer, tan alejado del ario ejemplar, era el hombre corriente elevado al poder.
Tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, los alemanes quedaron sometidos a mucha presión por las compensaciones de guerra, el desempleo, la hiperinflación y, para las mentalidades conservadoras, el miedo al bolchevismo. Así hallaron su escape en el nazismo, que fue sumando medidas antidemocráticas de modo gradual. Los ciudadanos con espíritu crítico fueron posponiendo su decisión de oponerse, hasta que ya era tarde. Los mejores alemanes con los que trató Mayer vivían su pasado con gran culpa.
Los diez amigos con los que el autor trabajó para su libro se sentían, sin embargo, tratados con injusticia. Entendían que se los culpaba por crímenes en los que la mayoría no había participado. Mayer temía que esa presión arrojase a los alemanes de nuevo al autoritarismo militarista.
Estilo. El lector común apreciará que Mayer haya sido periodista. El libro es llano y ameno, con no pocas pinceladas de humor ácido, muy eficaces a la hora de mostrar que, si bien el nazismo y su popularidad son específicos de la historia política alemana, en circunstancias similares el más norteamericano de los norteamericanos hubiese llegado a tener conductas similares a las de estos diez nazis. De hecho, con respecto a la discriminación hacia los negros y el envío a campos de concentración de los norteamericanos de origen japonés (1942), traslada muy bien el “dedo en la llaga” que sus interlocutores usaban como contraargumento. Y cuando señala el hecho de que la ocupación norteamericana se valió de no pocos ex oficiales de las SS, el dedo en la llaga corre por cuenta del propio Mayer.
Es un acierto que el comentario de Richard J. Evans, de 2017, en el que se pasa revista de los defectos del libro —no entrevistar mujeres, no elegir una ciudad que reflejara al promedio de la población alemana, sostener la idea de que existe un carácter nacional alemán— sea epílogo y no prólogo, pues permite al lector apreciar lo que el libro, que en muchos aspectos es un producto de su época (fue publicado en 1955), tiene de valioso y vigente.
CREÍAN QUE ERAN LIBRES: LOS ALEMANES, 1933-1945, de Milton Mayer. Gatopardo, 2022. Barcelona, 424 págs. Traducción de María Antonia de Miquel.