JUANA LIBEDINSKY (desde París)
ASÍ COMO siempre hubo gente que decía comprar las revistas Playboy por la ficción y las grandes entrevistas (después de todo escribieron allí Arthur C. Clarke, Ian Fleming, Vladimir Nabokov y Margaret Atwood, entre otros), están quienes aseguran que sólo van a la flamante muestra de Gustave Courbet para ver sus naturalezas muertas, sus célebres autorretratos o las escenas de caza. Soslayan, en ambos casos, la atracción ineludible: las chicas desnudas. Y, en el caso de Courbet, hay algunas imágenes que hubiesen sido consideradas demasiado explícitas para la revista de las conejitas.
El cuadro El origen del mundo posiblemente sea una de las obras de arte más escandalosas de la historia Occidental. Pintada en 1866, representa en primer plano un pubis femenino reclinado con las piernas separadas. Sólo se exhibió al público en la última década, y en el Museo D´Orsay -su hogar habitual, donde comparte sala con el Desayuno sobre el pasto de Manet- debieron en su momento poner guardias especiales para controlar la reacción del público.
Esta vez la polémica obra fue trasladada a las Galerías Nacionales del Grand Palais para la primera retrospectiva de Courbet en más de treinta años, considerada la exposición de la temporada en París, y que luego seguirá viaje al Metropolitan Museum de Nueva York.
AUDACIA DE LOS CURADORES. La galería nacional francesa no desestimó el poder del sexo para atraer visitantes, sobre todo turistas en plena final del Mundial de rugby. En vez de tomar la actitud pedante de ligero desprecio hacia quienes se acercaban a ella por su fama de exposición "culta pero porno", por el contrario los curadores jugaron con las contradicciones de los visitantes. Por ejemplo, colocando frente a El origen del mundo un panel con agujeros a través de los cuales, como en un peep-show, se puede ver pornografía de la época de Courbet que recuerda a sus célebres desnudos. Entre ellos se destacan también El sueño (1866) que muestra a dos mujeres durmiendo juntas con las piernas entrelazadas; Las bañistas, sobre una mujer mayor bañándose, glorificando su cuerpo arrugado e imperfecto; o Mujer en la corriente, obra en la cual los senos de la mujer en el agua picada aparecen pintados de manera tan delicada que pequeñas venas azuláceas se pueden ver a través de su piel casi transparente.
En la muestra hay también magníficas escenas de caza, en las cuales Courbet muestra su amor por los animales, poniéndolos ligeramente como víctimas, en contra de la convención de la época. También naturalezas muertas, paisajes, escenas familiares y, por supuesto, su famosa colección de autorretratos. Obras que, a través de los años, van mostrando un cambio en la apariencia del pintor, o que poseen una intensidad tal que semejan dibujos periodísticos: parecen estar saltando de la página, como es el caso del autorretrato Le désespéré. Sin embargo son y siempre serán los desnudos los que han vuelto a plantear la eterna cuestión de los límites del arte en temas de sexo.
Pero, quizá más interesante aún, la muestra sirvió como excusa para que historiadores del arte e investigadores privados retomasen el oscuro pasado tanto del autor como el de algunas de las pinturas más polémicas.
LA CUESTIÓN DE LA OBSCENIDAD. La pregunta clave es si el Gustave Courbet de los desnudos es obsceno. La revista Connaissance des Arts se apresuró a responder, reproduciendo en su tapa El origen del mundo pudorosamente cubierto de unas cortinas coloradas opacas a través de las cuales apenas se ve el trazo básico de la figura, y planteándole a los dos curadores de la muestra, Laurence des Cars y Dominique de Font-Réaux, esa misma cuestión.
"Si tomamos en cuenta los códigos estéticos de la época, Courbet se sitúa dentro de una forma de obscenidad" respondió des Cars. "Pero decir que el término obsceno es aplicable a todos sus desnudos, o afirmar que lo usaba la crítica de la época, sería ir demasiado lejos, pues sus desnudos son mucho más escandalosos que obscenos". De Font-Réaux, por su parte, señaló que ese efecto ocurre por la materialidad y la sensualidad de la pintura. "La brutalidad que se ve en sus obras, la ruptura con la tradición, eso es lo que causó sobre todo el escándalo".
En particular, durante el Segundo Imperio, la imagen de la mujer idealizada, con un cuerpo sin edad y perfecto domina el arte oficial. Entonces ver una piel lastimada por la marca de un corset o un pie sucio como en Las bañistas, ni qué hablar los cuerpos viejos, arrugados y pasados de peso, les resulta muy chocante. Pero es a través de esos detalles que el artista ancla sus sujetos en la materialidad y se vincula con el realismo.
Los especialistas señalan que la transgresión de las reglas de la pintura de Courbet fue extremadamente desestabilizadora para el público y la crítica de la época, sobre todo por la manera en la que Courbet nunca se decidía a romper con todo lo anterior, lo cual es paradojal. Esto es cierto en la década de 1860 cuando se puede observar, en una obra como el desnudo Mujer con loro, un cierto coqueteo con las convenciones, si bien Courbet ya estaba muy lejos del academicismo.
Y hablando de paradojas, en The International Herald Tribune, de Font-Réaux sostiene que las provocaciones de Courbet eran una manera de proteger su lado más tierno, el cual se vuelve aparente en las pinturas de sus hermanas, su familia y sus paisajes. Es el caso del retrato de su hermana, titulado Juliette Courbet.
Por ejemplo, el mundo del arte francés quedó escandalizado cuando Courbet tuvo la osadía de pintar un funeral en su pueblo natal de Ornans a gran escala (tres por siete metros), un tamaño que se reservaba para pinturas sobre grandes acontecimientos históricos. Courbet elevó así una familia común y corriente al status de la realeza. "Es realmente importante volver a mirar a este artista porque, a pesar de su fama, no estoy seguro de que la gente realmente sepa de quién se trataba en realidad", agregó de Font-Réaux.
LOS NAZIS TAMBIÉN. El final feliz del caso del cuadro Mujer reclinada, robada por los nazis y recién devuelta a sus dueños originales, estuvo en todos los diarios durante el mes de octubre, y fue otro de los "ganchos" de la exposición.
Hasta la Segunda Guerra Mundial, tanto Mujer reclinada como El origen del mundo pertenecieron al mayor coleccionista de arte de Hungría, el Barón Ferenc Hatvany. Luego fueron robadas por los nazis y los comunistas de la caja de seguridad del banco donde el barón, que era judío, las había guardado al comenzar el conflicto bélico. Hatvany logró sobrevivir y dedicó el resto de su vida a rastrear y comprar toda su colección robada.
Tuvo una suerte temprana con El origen del mundo, pero por mucho tiempo no supo qué había pasado con el otro desnudo de Courbet que poseía. La historia empezó a esclarecerse hace dos años cuando una familia eslovaca se acercó a una casa de subastas con la pintura. Aparentemente, durante la guerra el lienzo terminó en manos de un soldado soviético que se lo llevó a Eslovaquia enrollado, y allí se lo regaló a un médico amigo de Bratislava. Sin saber de su valor (hoy estimado en unos 15 millones de dólares), éste lo tuvo colgado en su casa hasta su muerte, cuando sus herederos lo llevaron a la casa de remates para dividir la herencia.
Después de negociaciones arduas -y una recompensa de 700 mil dólares para la familia del doctor- los herederos del barón recibieron la pintura hace dos años y la prestaron ahora al Grand Palais para su primera exposición pública. El Museo D´Orsay, sin embargo, ya comenzó tratativas para comprarla.
OBRA MAESTRA PROHIBIDA. En cuanto a El origen del mundo, uno de los libros publicados para coincidir con la exposición, L´Origine du Monde. Histoire d´un tableau de Gustave Courbet de Thierry Savatier, hace el racconto más completo de su historia hasta ahora. Courbet, perfectamente consciente de la fuerza transgresora de este cuadro que casi 140 años después todavía perdura, la había pensado como su obra maestra prohibida. Siempre cubierta por un aura un poco turbia, su historia comienza cuando el diplomático egipcio Khalil-Bey encarga a Courbet una obra para jamás ser expuesta; será por siempre conservada en el baño, cubierta con terciopelo verde.
Años más tarde, cuando el egipcio decide vender su colección de arte, el cuadro no figura en el catálogo. Reaparece sólo en 1910, en manos del noble húngaro. Los nazis la censuran y luego la secuestran, para luego ser vuelta a censurar (y secuestrar) por los soviéticos, y volver a París en 1955 para eventualmente ser comprada por el gran psicoanalista Jacques Lacan, que la adquiere convencido por Georges Bataille, el filósofo del erotismo. Cedida al Estado francés, desde 1995 es expuesta y sigue escandalizando.
Esto, naturalmente, le habría encantado a Courbet, según queda establecido en el libro The Most Arrogant Man in France: Gustave Courbet and the Nineteenth-Century Media Culture de Petra ten-Doesschate Chu (Princeton, 2007). Esta autora, que tradujo las cartas del artista nacido en 1819, lo describe como un iconoclasta a quien nada le gustaba más que una buena porción de escándalo -en general auto generado- para promocionar su obra. Sus cuadros solían atacar a las instituciones como la Iglesia y la Academia. Pero siempre, con sutileza, Courbet lograba evadir a los censores. El momento de mayor orgullo para Courbet -quien una vez se describió a sí mismo como "el hombre más arrogante de Francia"- fue cuando declinó la condecoración oficial Légion d`honneur diciendo que el Estado era "incompetente en temas relacionados con el arte".
Expuesto ahora con todos los honores en las salas de la gran galería nacional francesa quién sabe si Courbet hubiese estado dispuesto a rever su posición, y aceptar los homenajes. Por una cuestión de ego.