Lecturas en tiempos de pandemia

Un Mario Levrero para niños

Que no es literatura infantil, y aún así cautivará a los niños ávidos y a los padres narradores, esos que tarde de noche, cansados, solo piensan en ir a dormir.

Mario Levrero y los niños
Mario Levrero y los niños, por Ombú

Si alguien quiere que sus hijos, cuando sean mayores, lean mucho y lean bien, en el sentido de preferir textos valiosos y saber sacarles el jugo, es imprescindible que les lea mucho y que les lea bien, en el sentido de escoger buenos textos, pero también en el de darle a la lectura los necesarios toques de magia y ternura. El debido ambiente incluye cierta reticencia del adulto para acceder al pedido del niño que reclama el cuento y, las más de las veces, la seguidilla de cuentos. La hora del beso de las buenas noches es el momento privilegiado para la ceremonia de narrar y escuchar. Mario Levrero (Montevideo, 1960–2004) era en extremo consciente de estas dos cosas y supo ponerlas juntas en estos Cuentos cansados.

Cansancio y ensoñación

El cansancio es una de las fuerzas más poderosas con las que debe lidiar el ser humano. Puede causar daños terribles, tanto que una de las torturas más antiguas es la privación prolongada del sueño. Pero también tiene el efecto benéfico de hacer que el adulto baje la guardia de sus prejuicios, esa que usa para creer que la rutina —demencial o vertiginosa— se le hace un poco más manejable, cuando lo cierto es que es ella quien lleva las riendas. Pero al final del día, cansado, el adulto se acerca un poco al niño en esa capacidad de soñar lo que le gusta, y de ponerse a contar, no lo que del mundo puede verse con la mirada superficial de siempre, sino lo que en el mundo quisiéramos ver, y acaso esté de veras ahí, pero sólo sea accesible a una mirada más profunda y desprejuiciada que la habitual.

Quien tiene experiencia en improvisar cuentos para los niños a esa hora tardía sabe, igual que Levrero, que estando cansado y casi cayéndose de la vigilia al sueño la cosa cuesta más, pero sale mucho mejor. A esa hora el adulto puede aceptar —por lo menos para contarles cuentos a sus niños— que lo paranormal no sólo existe, sino que basta con rascar un poco la corteza de las cosas para darse cuenta que todo tiene su costado paranormal, y hasta para sospechar que todos los sucesos del mundo son esencialmente paranormales, sin asustarse mucho.

Ese vivir en constante paranormalidad es lo que define a Mario Levrero. No sólo en su Manual de parapsicología, sino en toda su narrativa —breve o extensa—, en su correspondencia y en lo que recuerdan de él quienes lo trataron. Esto es importante porque los Cuentos cansados no son una concesión que Levrero le hizo a su autoexigencia feroz, un texto menor que algunos ubican de forma errónea en la categoría de “literatura infantil”. Estos relatos no tienen nada que envidiarle a su obra mayor, aunque estén dirigidos a los más pequeños.

En estos cuentos ocurre que esos límites físicos que el adulto quisiera superar (y que a veces supera en sueños) y que el niño no percibe en su fantasía diurna, son desbordados sin mayor problema. Todos estos cuentos refieren a experiencias paranormales, como la del señor que estaba tan cansado que no podía caminar hasta su casa, por lo que decidió ir estirándose de a poco, desde la nariz a los pies, para llegar por fin a su cama y descansar, sin haber hecho el esfuerzo normal de ir caminando.

Tres noches, varios cuentos

Este librito se encuadra en una tradición de gran prestigio, la de Las mil y una noches. Hay en ambos casos una asimetría de poder. Schariar Sha tienen en sus manos la vida de Scheherezade, que narra para seducir y así postergar el momento de su ejecución. En el texto de Levrero se evidencia el poder que tienen los niños sobre sus mayores —menos terrible que el de sultanes y reyes— y aunque el adulto, que en teoría es el que manda, no quiere seguir narrando, porque está apuradísimo por dormir, termina haciéndolo. De la misma manera que Schariar queda atrapado escuchando lo que cuenta la bella Scheherezade, el adulto de estos cuentos queda atrapado en el proceso mismo de inventar historias y contarlas, pese al cansancio que se evidencia en bostezos y cabezadas.

El niño de estos cuentos no es un mero escucha. Tiene poder para exigir y salirse con la suya, obteniendo de un adulto cansado y en apariencia renuente varios cuentos por noche. Es capaz de corregir con pertinencia al adulto, como cuando le dice que los monos no tienen pies, y el adulto se rectifica, refiriéndose a “las manos de la patas traseras”. Pero la lucidez de Nicolás —y detrás del personaje, la de Levrero— no se evidencia en eso, sino en superar la barrera misma del cansancio del narrador pidiendo que los cuentos sean, en sí mismos, cuentos cansados. El niño obliga al narrador adulto a contarse a sí mismo, pues siempre traspone a los protagonistas del relato su propio cansancio. Y qué cansancio.

El ser humano adulto debe aguantar en su vida cotidiana mucho más cansancio del que es saludable. Debe soportar cansancios insoportables, valga el oxímoron. Y por eso mismo hace muchas cosas de su día a día en piloto automático, como si fuese un sonámbulo, al tiempo que si soporta esa vida es porque por debajo sueña despierto con otra mejor. Cuando llega a la casa por la noche no está en la mejor forma para convivir con los que ama, en especial con sus niños. Estos cuentos de cansancio descomunal están vertebrados por un amor victorioso que saca fuerzas de donde no las hay, para darle al niño lo que pide (y si lo pide, es que lo necesita). Ese amor que noche a noche florece en muchas casas, donde padres y madres cansadísimos siguen repitiendo las viejas historias o inventando otras nuevas.

En estos cuentos, por ejemplo, un hombre es capaz de seguir durmiendo mientras le roban todo lo que tiene —incluido él mismo sobre su cama— sin despertar ni siquiera cuando los policías obligan a los ladrones a dejar de nuevo todo en su lugar. Esa necesidad urgente y vital de descansar —y de soñar— es un problema social que está muy lejos de resolverse. Con la inocencia de quien cuenta cuentos de niños, Levrero pone el dedo en la llaga. Cuando un niño le pide a sus padres cansados un cuento, habla por su boca la voz de lo que debería ser.

Misericordia

Todos los cuentos tienen un final feliz en el que el debido orden de las cosas es restaurado. Pasan cosas no gratas —como el gran cansancio de los protagonistas— y hasta malas, como un robo, o el peligro de que uno de los protagonistas se hunda en el mar, pero siempre ocurre algo que impide el desastre. En el caso del señor cansado que se duerme en la calle acostado dentro de su paraguas abierto y justo se pone a llover, el personaje cae en el ridículo. Como en todo relato honesto para niños, no se trata de edulcorar la realidad para que los niños sufran luego cuando lleguen a adultos, sino de construir ideales sanos y generosos de lo que el mundo debería ser. Si no se les contara ese tipo de historias a los niños, la sociedad humana sería aún más injusta y violenta de lo que ya es.

La experiencia de relatarles cuentos a los niños, incluso cuando se los lee, es dialogal. El niño interpela de modo constante al adulto, obligándolo a veces a hacerse coautor de la obra, cuando pregunta por las motivaciones de los personajes o plantea alternativas posibles a la trama. La lectura de un cuento es una puesta en escena, no sólo del relato, sino también, y con mayor complejidad, de un diálogo improvisado entre dos personajes, el lector adulto y el niño que escucha. Pero que no escucha pasivamente. Lo sabe bien cualquiera que haya pasado por la experiencia de leerle a sus hijos, vez tras vez, noche tras noche, los mismos cuentos favoritos: no hay dos “funciones” iguales.

Levrero consigue presentar de modo creíble ese duelo entre el niño ávido de fantasía y el adulto que quiere dormir, y que al contar los cuentos que le piden ya está soñando aunque todavía no esté durmiendo, como su cuerpo desearía.

Prosa y poesía

Lo que vale la pena ser escrito, vale la pena que se escriba bien. Ni para niños se puede escribir con descuido sin dejar de pagarlo. Levrero combina la precisión y eficacia de las imágenes —que leídas de nuevo con ojos de niño resucitan bellezas que el lector adulto tenía olvidadas— con lo original y descabellado de los argumentos, que al pensar como niños se vuelven verosímiles, y el ritmo de la prosa, que por momentos imita el de los niños cuando hablan entusiasmados por algo. Una muestra: “…y el señor seguía durmiendo, y durmiendo, y el ladrón le sacó las sábanas, y la almohada, y después le sacó el colchón, y después le sacó la cama, y después pasó también al señor que estaba durmiendo por la ventana y lo pusieron en un camión con todas las cosas y se llevaron todo. Pero vinieron unos policías y los pararon: ‘ustedes qué llevan ahí’, y les hicieron abrir las puertas del camión y como vieron que habían robado todo los amenazaron con un palo y les dijeron que pusieran todo como estaba antes. Entonces fueron los ladrones y pusieron al señor en la cama y lo taparon con la sábana y con las frazadas y después los policías se los llevaron presos. Y cuando el señor se despertó dijo ‘qué bien dormí’ y aquí termina el cuento”. Compárese la insistencia en la conjunción “y” en el texto citado con el mismo fenómeno en el relato emocionado de un niño, quizá a la vuelta de un cumpleaños en el que lo ha pasado bien, y se verá que Levrero no remeda el habla infantil, sino que reproduce su esencia.

Cuando un adulto le lee a un niño, si es un texto bien escrito, son dos los lectores: el niño y el adulto, que no es sólo un aparato para poner el texto en voz —sin desmerecer el talento y el esfuerzo que requiere hacer bien esa tarea, y más estando cansado— sino también un lector al que el cuento le va diciendo cosas. Ese cansancio de los personajes, esa gana de dormirse y dejar que el mundo sea mientras uno descansa, es vivencia de adultos, no de niños. Así pues, el lector adulto se identifica por partida doble: con el adulto que le lee al niño, pero también con los protagonistas de los relatos.

Hay en Uruguay excelentes escritores “para niños” y nadie pondría a Levrero en esa categoría. Hay escritores que alcanzan excelencia escribiendo para niños y para adultos, como Horacio Cavallo, por ejemplo. No se podría incluir a Levrero en ninguna de las dos categorías. Es un autor de “culto”, que tiene un prestigio de “raro” que aleja de su obra a algunos lectores… antes de leerla. Este libro podría ser una buena inversión en el futuro lector de los hijos, pues ayudaría a quebrar, de entrada, ese prejuicio. Si hubiera que hacer una lista de autores uruguayos imprescindibles, Levrero es uno de ellos.

Usando la técnica del esténcil, Diego Bianki (Diego Bianchi, La Plata, 1963, residente en Colonia del Sacramento), pone al servicio de este bello libro objeto su experiencia como ilustrador de libros para niños, campo en el que tiene una trayectoria larga y reconocida. Las ilustraciones podrían dividirse en dos: las que refieren directamente a la acción de los cuentos y las que, desde la misma tapa del libro, contribuyen a la creación de una atmósfera onírica, como esos teros vestidos de humano que leen o escuchan leer, y que recuerdan la obra del fraybentino Luis Alberto Solari (1918–1993). Es un acierto estético la alteración de las proporciones entre los elementos que entran en juego para componer cada ilustración, sin olvidar que, aunque los adultos puedan apreciarlas, están dirigidas a niños, que cuando dibujan, representan más grande lo que más les importa.
Este libro fue uno de los veinte premiados en 2019 por la Fundación Cuatro Gatos de Miami, y no es el único libro de este sello editorial que ha conseguido premios internacionales. La gente de la editorial Amanuense, que trabaja desde Colonia del Sacramento, produce finísimos libros para niños que los padres uruguayos deberían tener en cuenta. Leerles a los más pequeños es una fiesta, igual que leerse a uno mismo, que es casi niño al menos por un rato, antes de irse a dormir.

CUENTOS CANSADOS, de Mario Levrero (ilustraciones de Diego Bianki). Amanuense, 2019. Colonia del Sacramento, 32 págs. Distribuye Escaramuza.

Estímulo a la lectura

El libro fue premiado en Miami por la Fundación Cuatro Gatos en 2019 —entre más de 1.500 publicaciones—, institución que promueve la publicación de libros de alta calidad, en especial dirigidos a estimular la lectura en los niños.

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