Reedición de un clásico

Un Malcolm Lowry con valor agregado

La obra clave de Malcolm Lowry, Bajo el volcán, es una novela fresca y demoledora a pesar de que tiene ya más de 70 años de publicada.

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Genial, incomprendido y un poco borracho. Todo esto era Malcolm Lowry. Y también Geoffrey Firmin, el alter ego que Lowry trazó de sí mismo en la ficción. Así fue componiendo una de las obras más inquietantes de habla inglesa de todo el siglo XX. Con la devastación de la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo. Con la sensación inquietante de que el mundo estaba llegando a su fin.

Pero más allá de estas disquisiciones colaterales, Bajo el volcán es una historia tan inescrutable como intimista. Es un Lowry auténtico, honesto, que deja volar los miedos y las angustias. El libro salió a luz en 1947, diez años después de su primera tentativa, y luego de una infinidad de correcciones, recortes y reversiones. Ahora, muchos años después, aparece esta nueva versión de la novela, pero con dos joyas añadidas: el prólogo del poeta mexicano Julián Herbert, y a modo de epílogo la extensa carta que le envió Lowry a su editor, Jonathan Cape.

De modo que esta última versión de Bajo el volcán tiene un valor en sí mismo. Todavía más: explica, en la carta mencionada, todas y cada una de sus inquietudes, sus pulsiones, sus impresiones; también enfrenta su punto de vista respecto del editor en cuanto a la caracterización de los personajes, el largo de los capítulos y otras cuestiones. Presenta los detalles del lugar y la fecha de dónde se escribieron cada uno de los doce capítulos (muy disímiles, por cierto), e incluso la explicación del porqué del número doce. Pero más importante: está la mirada puntillosa del autor sobre su propia obra, algo que ni el más avezado de los críticos hubiese sido capaz de esbozar.

Mundo inventado

Hay una ciudad enclavada entre dos volcanes, a dos mil metros de altitud, y a una latitud y longitud perfectamente definidas; la ciudad se llama Quauhnáhuac, que bien podría ser Cuernavaca, donde Lowry pasó su exilio mexicano. El ambiente se decora con iglesias, cantinas, tabernas, hasta un cine; y también con “perros callejeros, indígenas moribundos y calles serpenteantes”. En ese entorno es que dos hombres se encuentran en la terraza de un casino, bebiendo anís. Es el Día de los Muertos de 1939, y de la calle llegan voces: son los murmullos de la fiesta. En México, al contrario del mundo, es un día de celebración y festejo, en donde prima la creencia atávica que los vivos dialogan con los muertos.

Uno de los hombres dice muy al pasar, de modo admonitorio: “No se puede vivir sin amor”. Y enseguida se invoca el recuerdo de Yvonne, el de su marido Geoffrey, y también el del hermano de este, Hugh. Unas páginas después, para el segundo capítulo, empieza la verdadera historia, y aquel recuerdo pasa a ser el ahora mismo: el Día de los Muertos también, pero de 1938. Ese día a las siete de la mañana la señorita Yvonne llega al aeropuerto de Quauhnáhuac. Toma el único taxi disponible para llegar a la casa de la calle Nicaragua. Todo con la intención de salvar un matrimonio que viene en caída, y que parece no tener arreglo.

Quauhnáhuac tiene todo el aspecto de una ciudad mítica, llena de misterios, un lugar donde “las casas miran”, “los arroyos se ocultan”, “y hasta la atalaya y la plaza de toros parecían hablar”: la magia brota por todas partes. Al principio Lowry se encarga de pintar el paisaje con un lenguaje florido, grandilocuente. Por alguna razón menciona con frecuencia las buganvilias, los zopilotes (buitre negro americano), las casas con albercas (piscinas), y los partidos de tenis.

La perdición

Cuando ya se tiene una buena composición del lugar, la atención se centra en los personajes. Está Geoffrey, que era cónsul, y que ahora pretende escribir una novela pero sin mucha suerte; está Yvonne, que había sido aspirante a actriz en Hollywood; y está Hugh, un periodista de poca monta que había entrado a México de polizonte. Todos andan por los treinta años; y entre los tres forman una especie de cofradía, un triángulo de amores y engaños.

Aunque haciendo foco en Geoffrey, la novela se mete en las profundidades del alma humana, y es entonces que la lectura se vuelve densa, espesa, inextricable. Son doce largos capítulos algo desconcertantes, que no tienen ni dan respiro, donde abundan las parrafadas y los circunloquios; el lector deberá estar atento a cada detalle si no quiere dejarse ganar por el desaliento.

En todo momento, en cada frase incluso, Lowry se muestra como un narrador inquieto que no solo cuenta sino que interpela y cuestiona cualquier asunto. Puede pasar del relato clásico a la cadencia poética, escribir en tercera persona como un dios omnisciente, formar él mismo parte de la trama, o incluso hablarle a un tú imaginario. O pasar de México a Hollywood y de allí a la Inglaterra natal, y luego de vuelta a México. Explora el pasado, presente y futuro de los personajes y de todo lo que pasa alrededor, y se entrevera en discusiones de política, geografía y filosofía; ni siquiera la cuestión independentista queda al margen, o la esclavitud.

Sin embargo, en ese marco lleno de simbolismo que es la novela, lo esencial es el hombre y su perdición. Es Geoffrey que se atraganta a cada hora con un trago de mezcal, hundiéndose en una decadencia irremediable. Detrás suyo está Yvonne que va por el mismo camino. De fondo y repetidamente, asoma el rumor de animales, el sol, los maizales, los cerros, el cielo y las nubes, la casa de la calle Nicaragua.

Es increíble —y el lector tal vez ni lo sospeche— pero todo transcurre en unas pocas horas.

La muerte según Lowry

Los volcanes que cubren la ciudad son en verdad una metáfora de la devastación, una visión pesimista de los hombres y del mundo en general. Un anticipo de lo que sucederá más temprano que tarde, justo en el Día de los Muertos.

Le ocurrirá a la señorita Yvonne: “Se sintió arrebatada hacia las alturas y transportada hacia las estrellas en medio de un torbellino de astros que se esparcían en lo alto en círculos cada vez mayores, como ondas en el agua…”.

Luego también a Geoffrey: “Era una erupción, aunque no, no era el volcán, era el mundo mismo que estallaba, estallaba en negros chorros de ciudades lanzadas al espacio, con él, que caía en medio de todo, en el inconcebible estrépito de un millón de tanques, en medio de las llamas en que ardían un millón de cadáveres, caía en un bosque, caía…”.

Ya casi es el fin de la novela. El apocalipsis.

BAJO EL VOLCÁN, de Malcolm Lowry. Literatura Random House, 2020. Madrid, 515 págs. Traducción de Raúl Ortiz y Ortiz.

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