Magnetismo

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Guy de Maupassant

OCURRIÓ al final de una cena de hombres, a la hora de los interminables cigarros y de las copitas incesantes, entre el humo y el cálido embotamiento de la digestión, en la ligera turbación de la cabeza después de tantas carnes y licores absorbidos y mezclados.

Nos pusimos a hablar del magnetismo, de los trucos de Donato y las experiencias del Dr. Charcot. De pronto, aquellos hombres escépticos, amables, indiferentes a toda religión, se pusieron a relatar hechos extraños, historias increíbles pero, que, como afirmaban, habían ocurrido, y bruscamente cayeron en creencias supersticiosas, aferrándose a un último residuo de maravilloso, se volvieron devotos de ese misterio del magnetismo, defendiéndolo en nombre de la ciencia.

Sólo uno sonreía, un solterón vigoroso, que corría tanto tras las solteras como tras las casadas, en quien se había establecido con tanta fuerza una incredulidad sobre todas las cosas, que ni siquiera admitía la discusión.

Repetía burlándose.

-¡Son bromas! ¡Bromas! ¡Bromas! No discutiremos sobre Donato que simplemente hace trucos con mucho ingenio. En cuanto al Dr. Charcot, que parece un sabio notable, me produce el efecto de esos cuentistas del estilo de Edgar Poe, que terminan por volverse locos a fuerza de reflexionar acerca de extraños casos de locura. Ha comprobado fenómenos nerviosos, inexplicados y que aún son inexplicables, camina por lo desconocido que se explora cada día, y como no siempre puede comprender lo que ve recuerda tal vez demasiado las explicaciones eclesiásticas de los misterios. Además, me gustaría oírlo hablar, seguramente dirá otras cosas que las que repiten ustedes.

Una especie de movimiento de compasión rodeó al incrédulo, como si hubiera maldecido en una reunión de monjas.

Uno de los señores exclamó:

-Sin embargo, antiguamente ha habido milagros.

Pero el otro respondió:

-Lo niego. ¿Por qué no sigue habiéndolos?

Entonces, cada uno trajo un hecho, presentimientos fantásticos, comunicaciones del alma a través de espacios lejanos, influencias secretas de un ser en otro. Se afirmaba, se declaraban hechos indiscutibles, mientras que el negador encarnizado repetía.

-¡Bromas! ¡Bromas! ¡Bromas!

Finalmente, se levantó, tiró su cigarro, y con las manos en los bolsillos dijo:

-Pues bien, yo también les relataré dos historias, y luego se las explicaré. Son éstas:

"En el pueblito de Etretat, los hombres, que son todos marineros, van todos los años al banco de Terra Nova para pescar bacalao. Ahora bien, una noche, el hijo de uno de los marinos, se despertó sobresaltado gritando que su "pa estaba ahogado". Un mes más tarde, se enteraban en efecto de la muerte del padre, que se había caído de la cubierta en una borrasca. ¡La viuda recordó las veces que el niño se había despertado! Se proclamó el milagro, todo el mundo se conmovió, se compararon las fechas y se comprobó que el accidente y el sueño habían aproximadamente coincidido, por lo cual se llegó a la conclusión de que había ocurrido la misma noche, a la misma hora. Este es un misterio de magnetismo".

El narrador se interrumpió. Entonces, uno de los oyentes preguntó, muy conmovido:

-¿Y cómo explica eso, usted?

-Perfectamente, señor. Encontré el secreto. El hecho me había sorprendido y hasta me había desconcertado; pero vea, yo, por principio, no creo. Así como los otros comienzan por creer, yo comienzo por dudar; y cuando no comprendo nada, sigo negando toda comunicación telepática entre las almas, seguro de que sólo mi penetración es suficiente. Y bien, busqué, busqué y a fuerza de interrogar a todas las mujeres de los marineros ausentes, terminé por convencerme de que no pasaban ocho días sin que una de ellas o uno de sus hijos soñara o anunciara al despertarse que "el pa había muerto en el ma". El temor horrible y constante de ese accidente, hace que siempre se esté hablando de eso, y pensándolo sin cesar. Pero, si por una casualidad muy simple, alguna de esas frecuentes predicciones coincide con una muerte, se proclama el milagro enseguida, pues de pronto se olvidan todos los demás sueños, los demás presagios, todas las demás profecías de infelicidad que quedaron sin confirmación. Por mi parte, he observado más de cincuenta profecías cuyos autores ni siquiera recordaba haberlas hecho ocho días más tarde. Pero, si en efecto, el hombre hubiera muerto, la memoria se habría despertado inmediatamente, y habrían celebrado la intervención de Dios, según algunos, del magnetismo, según otros.

Uno de los fumadores, declaró:

-Eso que usted dijo es bastante justo, pero veamos la segunda historia.

-¡Oh! Mi segunda historia es muy delicada para relatar. Me ocurrió a mí, por eso desconfío un poco de mi propia apreciación. Nunca se puede ser juez y parte, equitativamente. Bueno, es ésta.

"Entre mis relaciones mundanas conocía a una mujer en la cual no pensaba nunca, a la que ni siquiera había mirado atentamente alguna vez, nunca la había notado, como se dice.

"La clasificaba entre las insignificantes, aunque no era fea; en fin, me parecía que tenía unos ojos, una nariz, una boca, unos cabellos como los de cualquiera, toda una fisonomía apagada. Era uno de esos seres en los cuales el pensamiento parece posarse sólo por casualidad, no puede detenerse, sobre los que el deseo nunca recae.

"Una noche, mientras escribía unas cartas en un rincón del hogar antes de meterme en la cama, sentí con la pluma en el aire, en medio de ese desenfreno de ideas, de esa posesión de imágenes, que nos rozan el cerebro cuando se queda unos minutos despierto, una especie de soplo que me pasaba por la mente, un ligero escalofrío en el corazón, e inmediatamente, sin razón, sin ningún encadenamiento lógico en los pensamientos, vi claramente, como si la estuviera tocando, de los pies a la cabeza y sin que un velo la cubriera, a esta mujer en quien nunca había pensado más de tres segundos seguidos, el tiempo que tardaba su nombre en pasarme por la cabeza. Y de pronto descubrí en ella un montón de cualidades que nunca había observado, un suave encanto, un lánguido atractivo; despertó en mí esa especie de inquietud del amor que hace que uno se ponga a perseguir a una mujer. Pero no pensé en eso mucho tiempo. Me acosté, me dormí. Y soñé.

"¿No es cierto que todos ustedes han tenido alguna vez esos sueños singulares, que les hacen dueños de lo imposible, que les abren puertas infranqueables, brazos impenetrables, que les causan alegrías inesperadas? ¿Quién de nosotros, en esos sueños turbados, nerviosos, jadeantes, no ha tenido, apretado, abrazado, poseído con una agudeza de sensación extraordinaria a aquella que ocupa nuestra mente? ¡Habrán notado cuántas delicias sobrehumanas nos traen esos éxitos galantes del sueño! ¡En qué loca ebriedad nos arrojan, en cuántos espasmos fogosos nos sacuden y cuánta ternura infinita, cariñosa, penetrante nos hunden en el corazón para la que nos espera desfalleciente y cálida en esta ilusión adorable y brutal que parece una realidad!

"Sentí todo esto con una violencia inolvidable. Esa mujer fue mía, tan mía, que conservaba la tibia suavidad de su piel en los dedos, el olor de piel en el cerebro, el gusto de sus besos en los labios, el sonido de su voz en los oídos, conservé el círculo de sus brazos alrededor de mi cintura, el encanto ardiente de su ternura en toda mi persona, mucho tiempo después de mi despertar exquisito y desilusionador.

"Y ese sueño se renovó tres veces durante esa misma noche.

"Cuando llegó el día, ella me obsesionaba, me poseía, a tal punto ocupaba mi cabeza y los sentidos que no dejé de pensar en ella por un solo segundo.

"Finalmente, sin saber qué hacer, me vestí, y fui a verla. En la escalera, estaba tan emocionado que temblaba, me latía el corazón; un deseo vehemente me invadía de los pies a la cabeza.

"Entré. Se levantó enseguida cuando oyó que pronunciaban mi nombre y de pronto, nuestras miradas se cruzaron con una fijeza sorprendente. Me senté.

"Balbuceé trivialidades que ella no parecía escuchar. Yo no sabía qué hacer ni qué decir; entonces, bruscamente, me lancé hacia ella y la estreché en mis brazos; y mi sueño se realizó tan rápido, tan fácilmente, tan locamente que dudaba de estar despierto… Durante dos años fue mi amante…".

-¿Qué conclusión saca de eso?- dijo una voz.

El narrador pareció vacilar.

-Concluyo…. concluyo que es una coincidencia, ¡caramba! Y además, ¿quién sabe? Tal vez fuera una mirada de ella que yo no había notado y que esa noche me volvió por algunos de esos misteriosos e inconscientes recuerdos de la memoria que a menudo nos presentan cosas despreciadas por nuestra conciencia e ¡inadvertidas por nuestra inteligencia!

-Todo lo que quiera -concluyó un comensal- pero si no cree en el magnetismo después de esto, ¡es usted un ingrato, mi querido señor!

(Guy de Maupassant nació en Dieppe en 1850 y murió en París en 1893. Publicó en 1880 su primera gran obra, "Bola de Sebo". Escribió más de 300 cuentos. "Magnetismo" fue tomado de Antología del cuento fantástico francés, Ed. Corregidor, Bs. As., 1999).

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