Marcel Gonnet Wainmayer
TODO ESTÁ en todas las cosas". Con esa fórmula mágica Sergio Pitol da comienzo a El arte de la fuga, quizá el mejor de sus libros. Para este mexicano nacido en Puebla en 1933, la literatura es una forma de alquimia, una laboriosa tarea en la que deben emplearse todos los materiales. "En mi experiencia, la inspiración es el fruto más delicado de la memoria", escribió una vez sobre el misterioso mecanismo que lo impulsa a escribir. Su obra, compuesta de cuentos, novelas y ensayos -y también de esos tres géneros juntos- es un intento por explicar la necesidad de la literatura, y el propio lugar del escritor y sus recuerdos.
Aunque ya había ganado premios como el Herralde en 1984 y el Juan Rulfo en 1999, su nombre se tornó más conocido en el año 2005, cuando se convirtió en el tercer mexicano en ganar el Cervantes, después de Octavio Paz y Carlos Fuentes.
Con la publicación de la Trilogía de la Memoria, en un solo volumen que incluye los libros El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena, Pitol completa el trance de sus diarios literarios, en los que ensaya e investiga sus propios caminos creativos, intenta explicarse qué, cómo y para qué escribir, mientras indaga en textos ajenos.
La lectura ha sido para Pitol fuente de innumerables fijaciones y fanatismos, motor de una curiosidad que lo abarca todo, recorre ciudades, autores y ficciones con las que se quiebran los límites geográficos del texto, y sus historias ganan una densidad parecida a la de los recuerdos.
Es indudable que Pitol es un escritor ambicioso. En sus páginas sobre Nikolai Gogol es posible husmear en la confusión moral de la Rusia de fines del siglo XIX. Arthur Schnitzler se convierte en un testigo del auge y la caída del Imperio Austro-Húngaro, y Flann O´Brien es un héroe que apesta a alcohol y camina entre los espectros intelectuales de Irlanda. Con un inocultable entusiasmo por los detalles, el mexicano se lanza a reinventar el pasado en un recorrido por las desgracias, locuras y aciertos de sus héroes literarios, guiado sólo por el placer de la lectura y por las huellas que los libros han dejado en su mente.
EL SUEÑO DE LO REAL. Quizá lo más interesante de la Trilogía de la Memoria es que se trata también de una autobiografía, sólo que parcial, oblicua y fragmentaria, en la que los libros van anudando la experiencia y provocan reflejos sobre la propia historia del autor.
La vida de Pitol estuvo marcada por la temprana muerte de su madre, de su padre y de una hermana menor. Desde niños, él y su hermano quedaron al cuidado de una abuela, y pronto Sergio enfermó de malaria, lo que lo obligó a pasar mucho tiempo alejado de la escuela y de la vida salvaje de la infancia. A cambio, su abuela lo alimentaba de lecturas clásicas y de relatos sobre la Revolución Mexicana. A partir de este precoz aislamiento, los libros se convirtieron para Pitol en el lazo fundamental que lo conectaba al mundo. Cinco décadas después, escribiría una definición íntima de lo que significaba la literatura: "Aquello que da unidad a mi existencia; todo lo vivido, pensado, añorado, imaginado está contenido en ella. Más que un espejo es una radiografía: el sueño de lo real".
En una de aquellas lecturas infantiles encontró a "Iván, niño ruso" en una ilustración de enciclopedia sobre los distintos pueblos del mundo. Aquella fue la primera de las imágenes que el niño Pitol tomó prestadas para construir la ficción de su propia vida, y comenzó a responder, ante quienes preguntaran su nombre, que se llamaba Iván. "Los problemas de mitomanía me duraron unos cuantos años, como defensa ante el mundo", explica en El viaje.
A los doce años, Pitol ya había leído La guerra y la paz, de Tolstoi, y muchos años después, cuando vivió como diplomático en Moscú, supo que aquella obsesión suya por una figura de la enciclopedia no podía haber surgido de la casualidad. Durante su adolescencia había nacido su fascinación por los autores rusos, a los que muy pronto se sumaron los clásicos ingleses, y todos los títulos y autores que circulaban por su grupo de amigos de la ciudad de México, lugar al que fue para estudiar Leyes y Filosofía.
Durante esos años de formación, y bajo la figura tutelar de Alfonso Reyes -traductor de Mallarmé, Goethe y Chéjov, y animador de todas las vanguardias latinoamericanas desde las primeras décadas del siglo- Pitol participó de una generación de escritores mexicanos que a partir de los cincuenta se debatía entre el nacionalismo resistente y conservador de una revolución ya "congelada", y las búsquedas y riesgos de las nuevas corrientes artísticas. Esta misma tensión, visible ya en los años del Ateneo de la Juventud -donde tanto Reyes como Pedro Henríquez Ureña y José Vasconcelos impulsaban la nueva producción literaria- parece haber generado en México cierta tradición por la ruptura, alimentada también por la llegada de exiliados de la República Española.
Más allá de posibles linajes, la diversidad de voces de los escritores surgidos a partir de los años 50 en México es sorprendente. Octavio Paz y Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Jorge Ibargüengoitia, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, por mencionar unos pocos; todos parecen marcados por algún tipo de ruptura con esquemas provincianos en lo formal o en lo temático. Pitol, quizá el más secreto de ellos, emprendió desde muy joven un recorrido por el mundo que lo mantendría alejado de México por varias décadas.
EL TRADUCTOR DEL ESTE. Un día de 1965, en Varsovia, Pitol recibió una carta de Witold Gombrowicz. El escritor polaco ya vivía en Francia y había ganado cierta notoriedad en Europa; buscaba un traductor para sus libros, luego de los experimentos en los que él mismo había participado con la ayuda del cubano Virgilio Piñera y otros jóvenes intelectuales, cuando tradujeron Ferdydurke en las mesas de los bares de Buenos Aires.
"Alguien había puesto en sus manos la traducción al español de Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski", relata Pitol, "y me invitaba a colaborar con él en la traducción de su Diario Argentino, que publicaría en Buenos Aires la editorial Sudamericana". Gracias a esa carta de Gombrowicz, a su "desmedida afición a la lectura" y a su dominio de varias lenguas se convirtió en traductor e introductor a la lengua castellana de escritores olvidados del Este europeo.
Como buen lector insaciable, Pitol disfrutaba de exhibir sus mejores descubrimientos: Bruno Schultz, Andrzej Kusniewicz, Jaroslav Hasek, Mijaíl Bulgakov, Evgeni Zamiatin. Todos forman hoy parte del florido jardín de notas que mantiene en sus ensayos, y merecen semblanzas, páginas críticas y menciones en sus libros; autores rusos, polacos, checos, búlgaros que hubieran tardado algunas décadas más en llegar al castellano, si acaso llegaban, de no ser por las traducciones que proponía Pitol a distintas editoriales.
En junio de 1969, Pitol llegó a Barcelona para pasar algunos días en la ciudad y entregar a la editorial Seix Barral la traducción de Cosmos, de Gombrowicz. "En vez de las tres semanas que pensaba pasar en Barcelona me quedé tres años", relata en su "Diario de Escudillers", incluido en El arte de la fuga. Fue el comienzo de una intensa labor como editor en la renaciente Barcelona.
Se convirtió en lector de manuscritos en Seix Barral, tradujo para la colección Cuadernos Marginales y dirigió la colección Los Heterodoxos, ambas de Tusquets. Ahí se dio el gusto de publicar a inclasificables como Raymond Roussel o Malcolm Lowry, y desarrollar su pasión por el teatro, con la edición de obras de Jerzy Grotowski y Antonin Artaud.
En una semblanza sobre Pitol, el editor Jorge Herralde recuerda que durante esos años, el mexicano "animaba la vida cultural barcelonesa con su pasión literaria, su pasión por charlar sobre sus autores favoritos". Fue también por esa época que comenzó a editarse la hoy ineludible colección Panorama de Narrativas de Anagrama, y Pitol contribuyó con propuestas y traducciones entre las que se cuentan obras de Ivy Compton-Burnett, Ronald Firbank, Boris Pilniak y muchos otros que por primera vez eran traducidos a nuestro idioma.
Sin embargo, a pesar de su actividad literaria en Barcelona, que durante el deshielo franquista se transformó en una de las capitales del boom latinoamericano, Pitol se mantuvo alejado de las modas y las vidrieras de las corrientes literarias; incluso de las de su propio país, ya que escribió casi todos sus libros en el extranjero: "Enviaba los manuscritos a las editoriales en México, y un año más o menos después recibía los primeros ejemplares". Finalmente, uno de sus amigos recortaba las pocas reseñas que publicaban los diarios, y se las enviaba. "Era como escribir en el desierto, y en esa soledad casi absoluta fui paulatinamente descubriendo mis procedimientos y midiendo mis fuerzas", recuerda.
Al dejar Barcelona trabajó un tiempo como profesor en la Universidad de Bristol, y a partir de 1972 Pitol pasó a ocupar una plaza en el Servicio Exterior mexicano. Fue un nuevo período de aislamiento y aprendizaje que lo llevó otra vez a Varsovia, y luego a París, Budapest y Moscú.
OJOS DE EXTRANJERO. Como ha señalado el crítico español Ignacio Echevarría, Pitol forma parte de un extraño linaje de la literatura en castellano en el que se puede incluir al español Enrique Vila-Matas, al chileno Roberto Bolaño o al argentino César Aira. Al quiebre de los géneros y a un cierto ejercicio desenfrenado de la imaginación que lo emparenta con esos escritores, Pitol añadió un delicado juego alrededor de la figura del autor, sus circunstancias y sus obsesiones: es un habitante de las ficciones que escribe, y por lo tanto también es habitado por ellas y por sus lecturas.
Pitol es un escritor interior, pero a diferencia de lo que sucede con autores como W. G. Sebald o Claudio Magris, que envuelven al lector en la sensibilidad del viajero, en sus paseos el mexicano despliega su conciencia de escritor. Y no la buena conciencia de la denuncia realista, la nostalgia o la erudición, sino una verdadera hiperconciencia plagada de miedos, fobias, juegos, placeres y brumosos recuerdos. Con prosa delicada, absorbe y hace propias diversas tradiciones: Dickens, Faulkner, el formalismo ruso y los melodramas políticos latinoamericanos, junto con autores reñidos con cualquier clasificación, los autores "excéntricos" que van a la caza de innovaciones formales, y a los que les dedica varios de sus ensayos.
El mismo trabajo continuo de remezcla y ampliación de los géneros que lo llevó a escribir la Trilogía de la Memoria también contamina su labor de cuentista. En algunos de sus trabajos, los planos narrativos se cruzan de tal manera que el lector tiene la impresión de estar inmerso en la preparación de la obra que está leyendo. Relatos sobre escritores que no consiguen más que esbozar un relato que nunca van a escribir. Pequeñas tragedias privadas que salen a la luz a partir de la lectura casual de un cuento. En sus mejores historias, la trama se desarrolla a través de un juego de espejos en el que la profusión de imágenes y reflejos parece no tener fin.
Con la edición de Los mejores cuentos, una recopilación editada en 2005 por Anagrama y prologada por Vila-Matas, Pitol también ha querido trazar su propio derrotero como cuentista, que terminó en 1981 con la publicación de Nocturno de Bujara. En uno de sus ensayos confiesa que no ha vuelto a escribir cuentos "porque serían inferiores" a los incluidos en ese libro.
En esa recopilación, Pitol va desde sus primeros relatos más trágicos y oscuros, plagados de fantasmas y envueltos en cierta crudeza del interior mexicano, hasta sus últimas historias, en las que despliega la mirada irónica del escritor viajero que quizá no añore su patria, pero sabe que tarde o temprano va a volver. Aunque sus cuentos y novelas transcurran en Venecia, Varsovia, o en casi mitológicas ciudades como Samarcanda o Tbilisi, siempre es la voz de un mexicano la que guía los cruces entre sensaciones, personajes, memorias y lecturas, y siempre vemos a través de los ojos de un extranjero.
En el relato "La Pantera", alguien recibe en sueños un mensaje esclarecedor, que logra escribir en medio de la noche en una libreta. Por la mañana, encuentra sólo "una enumeración de sustantivos triviales y anodinos" sin ningún sentido. "Uní todas las palabras en una sola, larguísima: estudié cada una de las sílabas. Invertí días y noches en minuciosas y estériles combinaciones filológicas. Nada logré poner en claro. Apenas la certeza de que los signos ocultos están corroídos por la misma estulticia, el mismo caos, la misma incoherencia que padecen los hechos cotidianos".
Sólo es necesario leer unas pocas líneas para emparentarlo con Borges, con el que comparte muchas de sus fascinaciones y también esa permanente extranjería. Pitol leyó por primera vez a Borges cuando tenía 17 años. "Fue quizá la más deslumbrante revelación en mi vida de lector", confiesa en El viaje. En el relato "Semejante a los dioses", escrito en 1958, ya se vislumbra la temprana influencia del autor de "El Aleph". Con oraciones largas y algo barrocas, Pitol construye un pequeño homenaje: la historia de un Funes aletargado o autista, cuya memoria ha quedado mutilada por los horrores de las Guerras Cristeras.
CUERPO Y DECADENCIA. El absurdo y todas sus variantes florecen en las historias de Pitol, sobre todo en las que componen el Tríptico del Carnaval, volumen publicado en 1999 que incluye las novelas Domar a la Divina Garza, El desfile del amor y La vida conyugal. En Domar a la Divina Garza, las actividades intestinales alcanzan la categoría de obsesión durante algunos diálogos, y un extraño antropólogo analiza los antiguos rituales en los que se empleaban heces humanas como material vinculante a lo sagrado. Las molestias de la piel, la sordera, la visión brumosa, el malestar gripal e incomodidades diversas surgen en sus textos como huellas del propio cuerpo del autor.
En las otras novelas incluidas en esa trilogía carnavalesca, el autor también se toma de Bajtín para instalar los signos de la fiesta y el ridículo, y utiliza para sus diálogos y pensamientos la ironía de Gogol y Chéjov, en historias en las que los protagonistas parecen trazar amplios recorridos para arribar siempre al lugar de origen.
Ya en su primera novela, El tañido de una flauta, de 1972, Pitol consiguió urdir una trama en la que amplificaba y llevaba al límite ese juego sobre lecturas, planos narrativos y ficciones encontradas que hasta entonces había trabajado en sus cuentos. En esa novela los personajes parecen siempre estar narrando a otros personajes, pero se narran a sí mismos con delicada mordacidad; se desdibujan para ganar nitidez. Como han hecho autores tan diversos como Laurence Sterne o Mario Levrero, el mexicano coloca sus problemas domésticos a la misma altura que sus fobias y sus grandes ideas, en una delicada puesta en escena del autor y de su decadencia.
Un director de cine se descubre (no tiene dudas, es él mismo, con sus exactos rasgos y relaciones), en la película que está mirando absorto, sentado en la butaca de un cine. Es un artista extranjero en Roma, y se lanza a caminar por la ciudad para buscar explicaciones. Poco a poco, los planos y las historias van mostrando pequeños contactos íntimos, y unos personajes se revelan derrotados mientras que otros que parecían tomar cuerpo lentamente se diluyen, como ridículos espectadores de su propia transformación.
EL PLACER DE LA MAGIA. A través de las décadas, los viajes y los libros, Pitol parece haberse sacudido del cuerpo las tristezas, y sus textos han ganado en humor, ironía y sarcasmo, aunque suministrados con delicadeza, lejos de cualquier estridencia o vanguardismo.
"El vanguardista forma grupo, lucha por desbancar del canon a los escritores que le precedieron", escribió en El mago de Viena. Para él, los vanguardistas "racionalizan, discrepan, crean teorías, firman manifiestos, emprenden combates con la literatura del pasado y también con la contemporánea que no se acerque a la suya", mientras que los excéntricos -ese "grupo sin grupo" en el que podríamos colocar al propio Pitol- "están dispersos en el universo casi siempre sin siquiera conocerse. Escriben de la única manera que les exige su instinto. El canon no les estorba ni tratan de transformarlo. Su mundo es único, y de ahí que la forma y el tema sean diferentes".
Ni vanguardista ni conservador. Pitol preserva para sí un lugar en la literatura, entre la avidez del lector y el placer del escritor, que sería vano integrar a alguna categoría que no fuese propia. Como ha sugerido la mexicana Margo Glantz, unas veces sus textos parecen dominados por un Pitol/lector, que avanza por cuenta propia por entre la vida y las ficciones de otros autores. En otras ocasiones aparece el Pitol/escritor, que va enhebrando frases con inteligencia, pero que marcha más consciente y menos despreocupado que su Mr. Hyde lector.
"Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces", afirmó una vez al visitar la casa de Chéjov. Desde su escritorio, el escritor ruso podía saber lo que sucedía en todas las habitaciones, como si la familia fuera un oráculo de entrecasa en el que se resumía el misterio del universo. Como su adorado Chéjov, Pitol también ve fantasmas justo ahí donde vale la pena verlos, y sus voces han quedado atrapadas en sus libros. A esa magia se entrega, para insistir en que, condenados como estamos a la sucesión de signos, toda escritura es una forma de recuerdo, y "todo está en todas las cosas".
Obra
SERGIO PITOL ha publicado más de veinte libros en México y España. Esta lista señala los más importantes y los que recogen varias obras, reunidas por el autor.
Libros
Tiempo cercado. México, Estaciones, 1959.
Infierno de todos. Xalapa, Universidad Veracruzana, 1964.
Los climas. México, Joaquín Mortiz, 1966.
No hay tal lugar. México, Era, 1967.
El encuentro nupcial. Barcelona, Tusquets, 1970.
El tañido de una flauta. México, Era, 1972.
Siete escritores ingleses, de Jane Austen a Virginia Woolf. México, SepDiana, 1982.
Nocturno de Bujara. México, Siglo XXI, 1981. Luego será publicado como Vals de Mefisto (Barcelona, Anagrama, 1984).
Juegos florales. México, Siglo XXI, 1982.
El desfile del amor. Barcelona, Anagrama, 1984.
Domar a la divina garza. Barcelona, Anagrama, 1988.
La casa de la tribu. México, Fondo de Cultura Económica, 1989.
La vida conyugal. México, Era, 1991.
Juan Soriano: el perpetuo rebelde. México, Era, 1993.
El arte de la fuga. México, Era, 1996.
El viaje. Barcelona, Anagrama, 2001.
De la realidad a la literatura. México, Fondo de Cultura Económica, 2002. Conferencias.
Adicción a los ingleses. Vida y obra de diez novelistas. México, Lectorum, 2002.
El mago de Viena. Valencia, Pre-Textos, 2005.
Obra reunida
Todos los cuentos. Madrid, Alfaguara, 1998.
Tríptico del Carnaval. Barcelona, Anagrama, 1999. Incluye los libros El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal.
Obras reunidas I. México, Fondo de Cultura Económica, 2003. Incluye El tañido de una flauta y Juegos florales.
Obras reunidas II. México, Fondo de Cultura Económica, 2003. Incluye El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal
Obras reunidas III. México, Fondo de Cultura Económica, 2004. Cuentos y relatos.
Los mejores cuentos. Barcelona, Anagrama, 2005.
Obras reunidas IV. México, Fondo de Cultura Económica, 2006. Textos autobiográficos.
Trilogía de la Memoria. Barcelona, Anagrama, 2007. Incluye los libros El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena.