Maestro en el arte de contar

Mario Trajtenberg

DE 1992 A 2002, Ruben Cotelo colaboró en El País Cultural. Su silencio posterior coincide con el agravamiento de su estado de salud, que terminó con su desaparición en el mes de setiembre.

A pesar de haber sido muy activo como crítico literario y cinematográfico, y haber contribuido en esa forma a moldear el gusto y las preferencias de una generación lectora, no quedan casi libros escritos por él y su producción hay que rastrearla en muchas páginas de El País, Marcha, Jaque, la Gaceta Universitaria y otras publicaciones.

Era un maestro del arte efímero de contar y juzgar en comentarios periodísticos. Un examen muy incompleto de los temas que trató revela un gusto que los ingleses denominan "catholic", es decir múltiple y sin prejuicios, dentro de un arco histórico que va aproximadamente del siglo XVIII a la actualidad. Su estilo era más de batalla que de finuras, aunque no esquivaba la frase casi memorable, como la de que José Saramago "no es geógrafo, ni economista, mucho menos historiador; es apenas un gran novelista", o el detalle revelador, como el de que Alexandr Blok, luego de haber decidido abandonar su país (la nueva URSS) recibiera el pasaporte correspondiente un día antes de su muerte.

Cualquiera que haya sido colaborador de una página cultural sabe que la selección de temas para comentar no es completamente libre ni tampoco está sujeta por entero a imperativos de la redacción. Pero en este equilibrio dominan en definitiva los gustos y conocimientos del crítico, y Cotelo no fue una excepción. Predominan en su producción las notas sobre historiadores, viajeros, sociólogos y antropólogos, que nutrieron su biblioteca y que contribuyeron a situarlo en su época.

Esto no significa que la literatura como tal haya estado lejos de sus intereses. Tómese como ejemplo la introducción que hizo a la antología de narradores uruguayos que editó Monte Avila en 1969: "el mejor cuento uruguayo es el Uruguay mismo". No es un juego de palabras; el país es "superviviente de un mundo históricamente muerto", "país minúsculo, despoblado, empobrecido y estafado por una clase gobernante carente de audacia e imaginación", que "contempla con temor y pesimismo el porvenir". Este, cuatro años antes del golpe militar, es el escenario de una selección certera y completada por introducciones individuales igualmente exactas.

Le gustaban los autores que, como F. Scott Fitzgerald, son sintomáticos de una época. Pero también era capaz de entusiasmarse y comunicar su entusiasmo por escritores como Antonia S. Byatt, que no están muy atados a una realidad histórica aunque saben detectar lo que las define, como el legado de Darwin (Ángeles e insectos) o la caudalosa poesía de Tennyson y Browning (Posesión).

Emir Rodríguez Monegal (Literatura uruguaya del medio siglo, 1966, pp. 416 ss.) le negaba "sensibilidad e imaginación para leer", llamándolo por su prominencia "un Palacio Salvo de la crítica periodística". La razón de este menosprecio, aducida por el propio ERM, es que Cotelo atacó a los miembros de la "generación del 45" en una actitud de parricidio intemperante.

Pablo Rocca (El 45, 2004) lo presenta como "peleador, irónico", autodefinido como intelectual que no es culto, que bebe su cultura literaria en Leoplán, que tiene una "familia" cultural rea y humilde.

Los que lo conocimos personalmente durante muchos años sabemos de sus reservas de generosidad intelectual. Es una manera de definir hacia el público su diversidad de intereses, como crítico capaz de mimetizarse hasta el punto de que trasmite a los lectores (quizá peligrosamente) la sensación de poder ahorrarse la lectura de siete mil páginas de José Pedro Barrán o una decena de novelas de A.S. Byatt.

Pero tampoco hay que olvidar otras facetas de su personalidad. El amor por el cine, en primer lugar. Estuvo desde 1957 en la sección cinematográfica de Marcha, donde no es fácil rastrear sus opiniones dado el anonimato imperante en la página. Bajo la firma de Ruben Cotelo Segade había escrito también en el semanario notas de contenido puramente periodístico, como las que dedicó a la producción de noticieros uruguayos o a los ex-ferrocarriles británicos, y la entrevista un poco irónica que consagró a Leopoldo Torre Nilsson y Beatriz Guido. Esta actividad lo llevó a Estados Unidos y a Vietnam, como corresponsal, y le valió una etapa como jefe de información en este diario.

Adiós, entonces, a un amigo y un buen periodista.

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