JORGE ABBONDANZA
HAN PASADO 2.487 años desde la Batalla de las Termópilas, el encuentro perdido por 7.000 defensores griegos ante un ejército invasor de los persas formado por 80.000 o 90.000 hombres. El episodio ha tenido hasta hoy una fama indeleble, no sólo por la bravura con que aquella pequeña fuerza supo plantarse ante la embestida de los intrusos, sino porque los griegos sucumbieron en esa batalla pero lo hicieron con un espíritu de sacrificio tan extraordinario, que el resultado se ha definido como una derrota gloriosa y generó un mito que crecería con el tiempo, victoriosamente, a pesar de exageraciones y simplificaciones en torno al hecho real. Armado del discreto -pero ufano- patriotismo que suelen exhibir los británicos, el historiador Paul Cartledge compara a las Termópilas con la fiereza de unos pocos cientos de pilotos de la RAF (Royal Air Force) al enfrentar la arremetida de la Luftwaffe durante la Batalla de Inglaterra en 1940. La comparación (que era procedente) le sirve para recordar que durante sus últimos días en el búnker de la Cancillería, Hitler también evocó el heroísmo de las Termópilas tratando de estimular a los restos de su séquito, aunque allí Cartledge incurre en una de sus raras distracciones al señalar que el Führer llegaba a sus 50 años el 20 de abril de 1945, cuando en realidad cumplía 56.
Mucho antes, en agosto del 480 A.C., lo que los griegos ubicaron en el célebre desfiladero para frenar a Jerjes, el Rey de Reyes, y a su ejército expedicionario, fue un variado cuadro de combatientes que provenían de muchas ciudades-estados de Grecia. Pero a la cabeza de esa coalición figuraba un cuerpo espartano de élite, los 300, cuyas normas de conducta, férrea disciplina y entrenamiento sin igual dieron a esos guerreros el perfil legendario que los ha envuelto hasta hoy. De paso, su comportamiento en la batalla y la determinación suicida con que se inmolaron en el tercer día de lucha, cuando la traición de un compatriota los había vendido y otros griegos optaban por retirarse, permite a Cartledge aludir al temple en que era formada la gente de Esparta, una ciudad que antes y después de las Termópilas mantuvo una erizada rivalidad con Atenas. Su inocultable admiración por los espartanos y sus caudalosas referencias a la batalla pueden encontrarse en el libro Thermopylae, the Battle that Changed the World (Overlook Press, 2006) donde este catedrático de Historia Griega en Cambridge homenajea a los combatientes de aquel pasado remoto.
PELÍCULA. El caso está contado devotamente, pero con similar devoción el autor también cita a Herodoto, ese abuelo de los historiadores cuyo genio para la documentación de acontecimientos de su época corría junto a ciertos márgenes de fantasía que no lo hacen siempre confiable. Todo ello coincide ahora con un momento en que el resplandor de las Termópilas ha sido reavivado a nivel de cultura popular por la película 300, superproducción dirigida por Zack Snyder y basada en la historieta ilustrada de Frank Miller, que ha recaudado 70 millones de dólares en su primera semana de exhibición, ha prolongado luego ese éxito y luce un despliegue de trucos digitales que prestan al resultado servicios más consistentes que la Historia Universal. Porque la película es una caricatura propia de los comic strips, donde Jerjes se convierte en un andrógino del género revisteril, extremo relacionado con el resbaladizo sesgo ideológico del planteo, que con cierta razón ha provocado comentarios airados en el Irán de hoy. Pero todo eso es sintomático de un cine industrial cuya manipulación del pasatiempo no tiene parentesco alguno con los escrúpulos históricos. El público, que casi siempre va al cine desprevenido, puede terminar confundiendo esas viñetas con la veracidad de una reconstrucción.
Más atrayente en todo caso es el subtítulo del libro de Cartledge, porque la suposición de que las Termópilas fue una batalla que cambió el mundo debe entenderse como una reflexión sobre lo que habría ocurrido si los persas no se hubieran estrellado ahí contra la encarnizada defensa de los griegos, que luego se sostuvo hasta derrotar la invasión de Jerjes en los meses siguientes gracias al encuentro naval de Salamina y a la batalla terrestre de Platea. Si aquel ejército del Imperio Persa hubiera avasallado a toda Grecia, pudo haber seguido adelante en su viaje por la hegemonía del Mediterráneo hacia las colonias del sur de Italia y quién sabe luego hasta dónde, comprometiendo el inminente crecimiento de Roma y modificando la historia siguiente hasta un grado que puede ser impresionante imaginar. Pero los griegos jugaron sus cartas en defensa de una cultura que enarbolaba no sólo las deslumbradoras formas del arte en arquitectura, escultura y teatro, sino además un estilo de vida embarcado en la naciente democracia ateniense y el concepto heroico de libertad, oponiéndolos al absolutismo de la expansiva monarquía persa, aunque no todos los griegos estaban libres del despotismo y no todo el gobierno persa incurría en medidas tiránicas, mientras inauguraba la primera religión monoteísta bajo la figura de Zoroastro. De cualquier manera (junto a motivos más prosaicos para la guerra, como las fricciones con Persia por el comercio marítimo de la región) aquellos valores de la Grecia clásica persisten para ennoblecer el viejo episodio y son los que heredó luego el mundo occidental que conocemos, en parte gracias a la resistencia de los espartanos y de su rey-soldado Leónidas, el comandante en las Termópilas. En memoria de ellos y de la civilización que ayudaron a salvar, es que el británico William Golding, premio Nobel de literatura en 1983, pudo decir cuando visitó las Termópilas: "Algo de Leónidas perdura en el hecho de que yo puedo ir adonde quiera y escribir lo que se me ocurra. Ese hombre contribuyó a que seamos libres".
ENCRUCIJADAS. El emocionado Golding no exageraba, si se tiene en cuenta que ciertas batallas se convierten en encrucijadas para que el mundo tome luego una dirección u otra, como Poitiers, Waterloo o Stalingrado. Pero a esa idea, Cartledge agrega una zona inicial de su libro donde explora a la sociedad persa y a la griega del siglo V a.C., detallando los hábitos y leyes de Esparta con un pormenor capaz de observar por ejemplo que allí una mujer podía ser dueña titular de propiedades rurales, dato inusitado para la época y aún mucho más tarde. Esas referencias eran necesarias para iluminar debidamente la batalla que el autor describirá después y aclarar su trascendencia. Pero aún la resonancia de ese hecho militar adquiere un apropiado relieve con el detenimiento posterior del texto en los abundantes ensayos históricos (de Plutarco en adelante), las novelas, las obras teatrales, las óperas y las películas que se inspiraron en él. Además, al historiador no se le escapa que la proeza de los espartanos permitió que Macedonia emprendiera 150 años después las conquistas en que Alejandro se apropió del trono persa, sus tesoros, sus refinamientos y sus territorios, entre algunos otros respaldos de un nuevo mundo helenístico que sobreviviría hasta que Cleopatra lo hipotecara por sus amantazgos con dos líderes romanos.
Cartledge es un erudito, de manera que no sólo agrega al libro una bibliografía abrumadora sino también un apéndice con el kilométrico inventario realizado por Herodoto sobre los efectivos del ejército y la flota con que Jerjes cayó sobre Grecia, registro útil para medir la hazaña de Leónidas en ese paso cuyo nombre (Termópilas quiere decir "portones calientes" en griego antiguo) alude a las aguas termales que surgían -y siguen haciéndolo- a corta distancia del lugar, con una temperatura tan elevada como la que caldeó el ánimo de los Trescientos.