por Laura Chalar
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“Si hubiera sabido antes de su muerte que Borges me nombraba heredera no hubiera aceptado”, dijo María Kodama en una entrevista. “Mis amigos me decían: ‘Claro, fue un vivo, porque sabía cómo vas a cuidar de su obra’”. Y Kodama cumplió. En ocasión de su fallecimiento, Diego Rojas la describió en Infobae como una “leona” que “controló a pulso de juicios el universo Borges”. Muchos criticaron el celo con que recurrió a la Justicia en varias ocasiones, como cuando llevó ante los tribunales a Pablo Katchadjian, autor del libro experimental El Aleph engordado (Imprenta Argentina de Poesía, 2009) que, para la viuda, representaba una “defraudación de los derechos de propiedad intelectual” borgeanos. En última instancia, fue Katchadjian quien se alzó victorioso. Pese a ello, apunta Rojas, el control ejercido por Kodama sobre el legado de Borges fue “férreo”.
Intestados. Desde el punto de vista jurídico, y de acuerdo con el artículo 964 del Código Civil uruguayo, “(a)lbaceas o ejecutores testamentarios son aquellos a quienes el testador da el encargo de hacer ejecutar sus disposiciones”. Según el artículo 965, si el testador no designa a nadie o quien es designado falta, corresponde a los herederos nombrarlo. Se trata, pues, de una figura propia de la sucesión testamentaria. En una acepción menos técnica —será la utilizada aquí—, el término suele aplicarse a cualquier persona que administra el acervo literario de un escritor fallecido, en forma remunerada o no, más allá del contexto jurídico en el que lo haga.
Por cierto, no todos quienes resultan herederos por obra de la ley o del testamento actúan en la práctica como albaceas literarios. Kodama fue ambas cosas.
Pero, al contrario de Borges, la mayor parte de los escritores —al menos en Uruguay— nunca designa expresamente un albacea literario. Vale agregar que, en nuestro país, la gran mayoría de las personas fallece intestada. Así, la tarea del albacea —que recae sobre aspectos tan variados como el material inédito, la reedición del ya publicado, la organización de eventos culturales, las traducciones y la cesión de derechos para cinematografía o teatro— suele ser cumplida por familiares u otras personas de confianza del escritor, sin que haya existido una manifestación —al menos expresa— de aquél en tal sentido.
A veces, quienes asumen el rol tienen formación literaria o son lectores entusiastas. Otras veces desempeñan su tarea exclusivamente en función del vínculo de afecto que los unía al autor. Cuando se trata de escritores exitosos, pueden existir motivaciones económicas o patrimoniales. También puede haber situaciones donde todos estos elementos aparezcan mezclados. En los albaceas literarios uruguayos que esta cronista consultó destacan las consideraciones afectivas, derivadas del vínculo familiar, y la admiración por la creación custodiada. Ninguno recibe una remuneración por su trabajo.
El poeta maldito. Rossana Inverso, cálida en el trato y pausada al hablar, cuenta cómo es haber sucedido a su madre en el rol de curadora del legado literario de su hermano, Julio, muerto en 1999 a la edad de treinta y seis años. “Cuando Julio murió, nuestra madre, en su dolor, buscó refugio en la religión y en la obra de mi hermano. Recopiló material sin parar, incluso inéditos, recurriendo a los amigos y contactos de Julio. Ella se hizo cargo y llevó adelante todo. Siempre, siempre, siempre ella”, dice conmovida. Más adelante, agregará: “Mi madre se aferró a esa obra como lo único que podía llevarla hacia su hijo”.
Julio Inverso, en vida, lejos de ser el poeta de culto en que se ha convertido, era un escritor de la escena under montevideana. Luchaba con la depresión y las adicciones que le impedían trabajar o estudiar; la carrera de Medicina quedó trunca en el último año y su padre, “que sólo quería verlo feliz”, lo apoyaba económicamente para que pudiera escribir. Julio había publicado algunas obras con Vintén Editor y solía crear librillos donde sus textos convivían con fotografías y recortes de diarios. De esas pequeñas obras de arte, muchas de ellas —por su propia naturaleza— inéditas, también se ocupó Myriam, su madre, hasta el final de su vida.
Rossana sigue: “Yo recibo el legado cuando mi madre ya estaba muy mal. Con Carmen (ex pareja de Julio) nos hicimos cargo de la obra que quería publicar la editorial Fardo, y ahí de a poco empecé a encargarme de eso”. Está agradecida con aquellos que se han ocupado de difundir el trabajo de Julio, no sólo editores sino también académicos como Luis Bravo, compilador de las obras completas publicadas por Estuario, o quienes lo han traducido a otros idiomas, caso de esta cronista. “Siempre estuvo su obra presente, como detenida en el tiempo, hasta que la gente interesada apareciera. Y aparecieron. Julio tiene como un ángel que sigue llamando”.
En su día a día, los hermanos pertenecían a realidades muy diversas: “Nosotros vivíamos en dos mundos totalmente diferentes. Yo trabajaba todo el día; él escribía de noche y dormía de día”, cuenta ella. Pese a esto, él le leía algunas de sus creaciones: “Recuerdo verlo bajar del altillo donde se había instalado, con sus hojitas escritas a máquina que te leía fascinado, así como llamaba a los amigos a las cuatro de la mañana para leerles lo que había escrito”.
Tomar la posta de manos de Myriam implicó, para Rossana, sumergirse en un mundo nuevo. “Nunca estuve vinculada a la literatura, aunque siempre me encantó leer y siendo muy niña iba a canjear revistas a los kioscos. No escribo ni pensé jamás en escribir. En el manejo de la obra de Julio hago lo que puedo. No estoy preparada ni asesorada; simplemente, soy la hermana y siento la responsabilidad que mi madre me dejó. Lo hago por amor”.
Pregunto sobre las satisfacciones y desafíos de su tarea. “Mi satisfacción es ver el reconocimiento y admiración por el gran poeta que él fue y el que podría haber sido. Me sorprendió, en el homenaje que le hicieron por los 60 años de su nacimiento, la cantidad de jóvenes que había, personas que, por su edad, nunca lo conocieron. Me emocioné hasta las lágrimas. El desafío es ayudar a que salgan las publicaciones y los libros”.
Dice no estar preparada, pero su devoción y dedicación a la escritura de Julio Inverso demuestran lo contrario.
Familia literaria. Nidia di Giorgio y su hija Jazmín Lacoste son hermana y sobrina, respectivamente, de Marosa di Giorgio. Cuando Marosa murió soltera y sin hijos en 2004, su única hermana, Nidia, fue declarada heredera. Los derechos sobre parte de la obra fueron comprados por una editorial argentina; Nidia controla el resto y, con la constante ayuda de Jazmín, ha supervisado la realización de publicaciones en distintos países. “Nos impulsa un gran cariño hacia ella y su obra, que valoramos mucho”, afirman.
Su amor por las letras va más allá de Marosa. Nidia es narradora y poeta. Jazmín, que es abogada, se define como miembro de “una familia de escritores: padre, madre y tía”, además de “amante de la buena literatura”. Este background ha resultado de ayuda a la hora de encarar su rol de albaceas. “Nidia tiene el archivo completo de toda la trayectoria de Marosa y ambas lo cuidamos con esmero”, dice Jazmín.
¿Se sienten responsables respecto del legado de Marosa? “¡Por supuesto! Nos ocupa y nos preocupa”, responden con énfasis. Los resultados de su preocupación están a la vista: el interés por Marosa di Giorgio, alimentado por nuevas ediciones y traducciones, no ha dejado de crecer en los casi veinte años transcurridos desde su muerte. “Nuestras satisfacciones son los éxitos de Marosa, que se sigue traduciendo a todos los idiomas. Nos llaman de todas partes del mundo para interesarse en su obra: Alemania, Praga, Barcelona, EE.UU., etc.”
Pese a las exigencias, madre e hija están felices con su actividad compartida. “Dificultades no hemos tenido”, aseguran. “Hemos disfrutado las funciones de danza, teatro, filmaciones y música que se han hecho con su poesía”. Los numerosos proyectos que la dupla tiene encaminados prometen mucha Marosa y por mucho tiempo.
Una abuela muy joven. Sebastián Herrera, psicólogo y coordinador de talleres literarios, no conoció a su abuela, Graciela Saralegui, que murió junto a su marido en un accidente de tránsito en 1966, décadas antes de que el nieto de ambos naciera. Graciela es considerada integrante de la Generación del 45, pero su temprana muerte —tenía cuarenta años— le impidió generar un corpus tan nutrido como el de otros escritores de ese grupo.
En el año 2020 Sebastián recibió la obra de Graciela de manos de su tía. Se encontró, además del material publicado, con un acervo inédito que incluía cuentos, poemas y una novela. “Esto me permitió conocerla mejor y reconstruir su figura, sobre todo porque sus escritos tienen mucho de autorreferencial”, explica. “Quiero hacerle justicia a esa vida truncada. Mi idea es poder generar algún evento para el 2025, centenario de su nacimiento. Esa es mi ‘fecha faro’”.
La muerte trágica de Graciela y su marido sigue siendo una impronta de dolor en la familia. Sebastián reflexiona: “Es posible que esta tarea me haya sido delegada porque a mi madre y a mis tíos el contacto con la obra de Graciela les puede resultar más movilizador. Yo me siento muy cercano a mi abuela, pero hay una distancia que me permite leerla con una mirada distinta a la de sus hijos, que incluso figuran en esta última novela inédita”.
Lo que más le conmueve de la creación de Graciela, dice, es su poesía, en la cual traza el recorrido que va desde el estilo “inocente” de su juventud hasta el tono más oscuro que caracteriza a los poemas escritos hacia el final de su vida.
Sebastián ha encontrado diferentes formas de aproximarse a la obra de su abuela. “Uno de mis desafíos fue musicalizar algunos poemas, poniendo melodías a sus palabras, que me sirvieron como puntapié inicial para crear canciones. Eso me conecta mucho con ella. También me gustaría dar a conocer los cuentos que ella proyectaba publicar cuando murió. Hay mucho para hacer”. Como se ve, los albaceas literarios uruguayos también son protectores y paladines —verdaderos leones— de sus autores.