Marcelo Viñar
LA CONVOCATORIA QUE me hace Rosario Peyrou para escribir esta nota moviliza, a cuatro décadas de distancia, el impacto emocional de una experiencia terapéutica que marcó hondamente los comienzos de mi vida profesional. Por consiguiente, mi posicionamiento o implicación en las ideas que me brotan y que parcialmente voy a escribir, no son fáciles ni sencillas de explicar. Digamos apenas que la notoriedad del paciente hizo pública mi condición de terapeuta, lo que viola o transgrede el mandato de confidencialidad a que mi profesión me constriñe y obliga, dilema que no fue ni es fácil de resolver y explica (espero) el carácter elíptico de algunos de mis comentarios.
Un chiste de humor negro, que hace algunos años circulaba en el Perú, decía que ante la visita de un Papa políglota, quien -en el gesto políticamente correcto que lo distinguía- prometía una misa en Quechua o Aymara, recibiría en retribución, de los líderes indígenas, un valioso ejemplar de una Biblia Colonial que sería acompañada del siguiente mensaje: "Aquí le devolvemos el libro sagrado que hace siglos nos trajo, devuélvanos a cambio las tierras que por su causa, nos sustrajo"
O evoco, en términos más académicos, la conocida frase de Merleau Ponty en Humanismo y terror: No hay en la historia humana ningún acto civilizatorio que no esté acompañado por un acto de barbarie. Esto signa la evangelización de América por la cruz y la espada, inmortalizada por el muralista mexicano José Clemente Orozco, y me parece el antecedente de mayor relieve para abordar la obra de José Ma. Arguedas.
Sería simplista e ingenuo trazar un determinismo lineal entre la historia colectiva y un destino individual, pero la vida y la obra del autor que invocamos es una prueba palmaria de lo intrincado de ambos registros. No en el sentido de que una biografía "explica" una obra. Lejos de esto, el itinerario a explorar transita en la dirección opuesta.
VIDA PRIVADA Y VIDA SOCIAL. Cuando el padecimiento psíquico acontece en un creador de esta talla, el rótulo psiquiátrico de depresión endógena o melancólica, la etiqueta opera como un cortocircuito que oblitera la comprensión e impide ver y explorar la riqueza y complejidad de las fronteras entre vida privada (íntima y familiar) y la atmósfera de valores y prejuicios que son prevalentes o hegemónicos en una sociedad determinada. Al revés de la psiquiatría, el psicoanálisis se propone transitar esa frontera como zona de enigma e interrogación. Yo aprendí en carne viva que es a viajar por esos laberintos que nos convoca la obra de Arguedas y sus diarios.
En verdad es mucho más que una invitación: el autor nos atrapa y nos empuja no sólo a sentir pena y compasión por su destino trágico, sino a acompañar su penuria, navegando con él en la sociedad clasista y racista que engendró la conquista de América.
La obra de Arguedas ilumina e interroga ese pasado clausurado, que el olvido pretende enfriar, transforma el antecedente de un pasado perimido, en algo vibrante, actual y candente.
"De algunos polvos vendrán estos barros", ironizaba Juan de Mairena, buscando el origen de males perpetuos.
Los actuales estudios de varias dependencias de las Naciones Unidas nos designan y señalan como el Continente más desigual e inequitativo en la distribución de riquezas, de bienes y oportunidades. Pero es diferente leer, aprehender y apropiarse de esta sencilla y contundente afirmación en el lenguaje aséptico e inodoro de un informe técnico, que bañarse en el patético dramatismo con que cada vez nos golpea la obra de Arguedas. Este estar entre dos mundos -el criollo y el indígena- que lo condena a no estar en ninguno, viviendo la desolación de estar solo y aislado entre muchos.
El pensamiento de la modernidad occidental nos instala en la dicotomía de individuo y sociedad. Hablamos de vida privada y vida pública como dos registros heterogéneos y autónomos entre sí, de dos sujetos que con cierta independencia dirimen sus conflictos y adoptan sus conductas en lo que es propio y exclusivo a cada ámbito de su existencia.
Creo que la lectura y el encuentro con Arguedas me ayudaron a cuestionar esta dicotomía, a combatir sin descanso las aporías a la que nos conduce. Si fuera sólo cuestión de cualidades endógenas de las personas ¿no hay acaso hoy tantos torturadores entre nosotros como durante la dictadura? Sin duda la respuesta es afirmativa, pero nuestra silenciosa o explícita sujeción a un pacto de convivencia hace que su eficacia mortífera sea menor. En nuestra larga o corta residencia en la tierra, todos transitamos -lo sepamos o no- por el desafío de conjugar nuestros apetitos personales, de goce y/o padecimiento, con lo que la moral vigente habilita y promueve o prohíbe y condena. Es en la articulación de esa doble exigencia entre el socius y el sujeto, que trazamos nuestro destino y trayecto de vida. ¿O es acaso lo mismo ser hombre o mujer en un país laico o islámico?
Un legado. El legado que me dejó Arguedas fue su modo personal y siempre único de articular su padecimiento personal y el del pueblo al que pertenecía, sintaxis magistral aunque sacrificial, que ha sido modelo de referencia e inspiración para pensarme como ciudadano latinoamericano.
Arguedas fue -quizás sin saberlo- profundamente freudiano cuando descubre en sí mismo, como Freud, que el origen de sus males tiene sus raíces en la primera infancia, y con obstinada reiteración anuda la crueldad de una sociedad tiránica, clasista y racista, con una sexualidad salvaje saturada de horror y de crueldad, donde hacer el amor es someter al otro hasta la abyección. De esta analogía queda prisionero a lo largo de su vida y reproduce su lógica en diferentes escenarios, hasta el desenlace de su suicidio sacrificial.
Si la causa princeps es su predisposición mórbida o la interiorización de una historia llena de tristeza y oprobio, es una disyuntiva que importa menos que el reconocimiento de que la obra que nos lega es un desafío a descifrar las opacidades e ignorancias que existen en ese territorio aún mal explorado que media entre el alma singular y las almas colectivas.