Las malas mujeres del 900

Henry Trujillo

EN EL URUGUAY del novecientos la prostitución se vuelve un fenómeno ampliamente discutido. Se "problematiza", en el sentido que le daba Foucault a la expresión. Es decir, más que perseguida u ocultada, la prostitución y otras "lacras sociales" son objeto de intenso debate, motivo de encendidas notas y editoriales en la prensa, y llevan a la promulgación de numerosas leyes y reglamentos, al tiempo que comienza a ocupar un lugar importante en la literatura. En conjunto, el Montevideo de comienzos de siglo mostró una marcada preocupación por el tema.

Yvette Trochón sostiene, en Las mercenarias del amor, que esta problematización debe entenderse a la luz de las tensiones entre lo antiguo y lo moderno, propias de una sociedad sometida a fuertes cambios estructurales. Ubicándose en el trillo abierto por José Pedro Barrán, el tema es usado a la manera de espejo, en el cual se puede ver reflejado el mapa de los valores, prejuicios, temores de la época. En especial, puede verse allí también un fragmento de las relaciones de poder que atravesaban el tejido social.

Así, es claro que en el caso concreto de la prostituta como figura, las representaciones dominantes oscilaron entre lo terrorífico —la mujer sexualmente dominante y explosiva— y lo paternalista —la "costurerita que dio el mal paso"—. Objeto amenazador, a veces, y objeto a ser redimido, muchas otras. La realidad, según muestra Trochón, fue bastante más compleja. El universo prostibulario era un mundo replegado sobre sí mismo —consecuencia, en buena medida, del estigma que pesaba sobre él—, generador de su propia cultura y de sus propias reglas de juego. En general, la vida real de las prostitutas de aquel Montevideo no admite ser reducida a una categorización de víctimas o victimarias.

MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO. Cabe pensar, a la luz de los datos aportados, que la problematización de la prostitución está enlazada a la aparición de un espacio público anónimo, característico de una sociedad crecientemente diferenciada. La prostitución como objeto de análisis de los actores del momento no puede entenderse con independencia de los nuevos roles que comenzaban a adoptar las mujeres con la modernización. Pues al mismo tiempo que se trababa el debate, surgían voces que alertaban sobre los peligros que traían aparejadas las innovaciones en las costumbres, la reproducción y hasta en la misma moda. Las faldas más cortas, la ropa íntima de encajes y las telas transparentes, por ejemplo. "Esos refinamientos", escribía un periodista hacia 1914, "pueden perturbar la moral de la mujer destinada, por vocación y por naturaleza, a dar vidas al mundo". Y era una consecuencia lógica, concluía, que el uso de esas ropas trajera aparejada la caída de la tasa de natalidad. Cosa que realmente sucedía, por cierto, aunque debida a causas más complicadas.

El enojo de los cronistas tenía también asidero en las transformaciones radicales de las formas de vinculación entre hombres y mujeres. "Las relaciones entre los sexos", escribe Trochón, "se cargaron de nuevos contenidos y los lugares para su interrelación se multiplicaron: hombres y mujeres compartieron oficinas, aulas, fábricas, haciendo que, en adelante, los contactos entre los sexos fueran comunes, diarios y no ocasionales." Probablemente, la preocupación más sincera de los hombres de la época radicaba en que con la difusión de estas costumbres, se hacía cada vez más difícil distinguir a las mujeres honestas de las inmorales. En ese contexto, el crecimiento de la práctica de la prostitución no es lo más relevante. Lo relevante es la mayor visualización del fenómeno que denota su puesta en discurso. A su vez, ésta sirve de metáfora a preocupaciones más abstractas pero no menos fundamentales: la fractura de la moral tradicional frente a las nuevas conductas reproductivas, el problema del orden social en una sociedad cada vez más secularizada, y —no en menor medida— la crisis de la hegemonía masculina provocada por una incipiente liberación de la mujer de la autoridad familiar.

SEXO, DROGAS Y BACTERIAS. La problematización de la prostitución formó parte de una amalgama de dilemas que ocuparon el pensamiento de los montevideanos durante varias décadas. El mundo de la prostitución aparecía muchas veces asociado al tráfico de drogas y a la transmisión de enfermedades venéreas, sin mencionar la trata de blancas y la corrupción policial. En el transcurso del medio siglo que abarca la investigación, las políticas públicas adoptadas reflejaron tanto la sensibilidad de la época como las corrientes filosóficas que las orientaron. Pero también, y no en menor medida, reflejaron la competencia entre instituciones o grupos profesionales de intereses contrapuestos. En particular, la competencia entre los médicos —en general victoriosos—, la Iglesia —en franco retroceso— y la policía. Como ya se ha revelado en otros estudios, las políticas adoptadas en la época no pueden entenderse sin considerar el entretejido de todos estos factores.

Así, el control del comercio sexual se legitimó desde dos discursos no siempre distinguibles con claridad. Por un lado, el discurso moralista que veía en la prostitución un ataque a las buenas costumbres. Por otro, el discurso higienista que veía en las meretrices agentes de difusión de las enfermedades venéreas, verdaderas plagas bíblicas, según la percepción de la época.

Es interesante ver que a partir de 1870, los dos discursos alimentan una práctica reglamentarista implementada por la policía. Desde 1884, el reglamento estableció una zona delimitada para la práctica legal de la prostitución —el famoso "Bajo"—, el pago de impuestos y los controles médicos periódicos. Hacia 1905 el gobierno de Batlle y Ordoñez intentó derogar el reglamento para tolerar el ejercicio de la prostitución en toda la ciudad. Entre los elementos que motivaban el cambio, estaba el interés de proteger a las mujeres que podían ser más fácilmente explotadas en los prostíbulos del Bajo, muchas veces por miembros de la propia policía.

La abolición del reglamento no prosperó demasiado ante la resistencia levantada desde la oposición. Había elementos higienistas en los argumentos de los "reglamentaristas" —el peligro de que las meretrices desparramaran gonococos y espiroquetas a diestra y siniestra—. Pero sobre todo revivió el antiguo temor a la confusión: se protestaba porque la medida tomada por el gobierno, "sacando el vicio del lodazal de su ignominia" decía un periódico, "le concede facultad" a sentar reales al lado mismo de la virtud y la honestidad. Es decir, si la prostitución era un mal necesario, al menos que estuviera encerrada y fuera de la vista.

RESISTENCIA E INTEGRACIÓN. Las mercenarias del amor se suma a una serie de ensayos e investigaciones que se han realizado sobre el período de la modernización en Uruguay. También se suma —éxitos editoriales mediante—a los trabajos que proliferan sobre la vida cotidiana del novecientos. En este caso, sin embargo, el texto además sugiere algunas interrogantes de interés. Una es señalada explícitamente por Trochón: las prostitutas, lejos de ser objeto pasivo de control social, fueron capaces de generar estrategias de resistencia que pusieron en cuestión a las instituciones que las regulaban. Esto implica tomar distancia con el énfasis que José Pedro Barrán ha puesto sobre la eficacia del "disciplinamiento" en el Uruguay de comienzos de siglo. En efecto, a Barrán se le ha objetado con justicia que presenta a la cultura y a la normatividad moderna como la simple consecuencia de los intereses de los sectores dominantes, frente a la cual la "sensibilidad bárbara" no habría hecho más que desaparecer. "Si bien la visibilidad de las posturas disciplinadoras fue mayor", afirma la autora, "no debemos pensar, en este campo, en su total hegemonía. Una cultura hedonista, que reivindicaba el placer sexual, se coló, con fuerza, por los intersticios de la ciudad moralizadora". Podría señalarse, tal vez, que los elementos que demostrarían la existencia de esas estrategias no son suficientes. Pero es más interesante preguntarse si la cultura hedonista no era producto del mismo disciplinamiento que debía hacerla desaparecer.

Y estas preguntas llevan a una más importante: hasta qué punto fue real el Uruguay integrado, igualitario y pacífico que aparece en muchos libros de texto. La imagen del país que fue el Uruguay durante el siglo XX se ha construido sobre la base de aquellas representaciones colectivas. Y éstas, a su vez, no han hecho más que reproducir la de los grupos que compitieron por imponerlas durante todo ese tiempo. Una deconstrucción de esas representaciones podría llegar a enseñar que ni fue tan integrado, ni fue tan igualitario, ni fue tan pacífico. La cuestión está abierta, y es importante para entender de dónde surgió el país de hoy.

LAS MERCENARIAS DEL AMOR. Prostitución y modernidad en el Uruguay (1880-1932), de Yvette Trochón. Taurus, Montevideo, 2003. Distribuye Santillana. 310 pág.

El viejo barrio infame

LA SEPARACIÓN entre el sexo legítimo y el reprobable, y entre las mujeres decentes y las que no lo eran, terminó por traducirse en una separación espacial al interior del Montevideo de fin del siglo XIX. A partir del reglamento policial que estableció un radio de tolerancia para la instalación de los prostíbulos en el sur de la Ciudad Vieja, se constituyó un barrio que terminó siendo uno de los lugares emblemáticos de la cultura del novecientos. Pero a la vez, el famoso "Bajo" fue motivo de fuerte discordia entre los habitantes de la ciudad, entre los medios de prensa e incluso entre los poderes del Estado.

Éste fue el caso del conflicto que estalló en 1892, cuando un colegio católico pidió a la policía que —en cumplimiento de lo establecido en el reglamento— desalojara todos los burdeles instalados a menos de tres cuadras de su puerta trasera, que daba a una de las calles del Bajo. La policía dio curso al pedido, pero se encontró con la resistencia de los perjudicados, tanto meretrices como propietarios de los inmuebles que ellas arrendaban. Pese a que obtuvieron un fallo judicial favorable, el problema no terminó allí, porque el ministro de Gobierno de la época, Francisco Bauzá, decidió respaldar la acción de la policía. El mensaje enviado por el Ejecutivo al Parlamento resume mejor que muchos libros la concepción más conservadora sobre la prostitución. "Una vil prostituta es igual a una virtuosa matrona, como mujer, como ser racional", afirmaba el ministro, "pero no es igual como ser moral, como entidad social, como persona civil".

La discusión había dejado de centrarse sobre el tamaño de las fronteras entre el mundo decente y el barrio infame, para transformarse en un problema de acceso a la ciudadanía. Lo que siguió tuvo algo de epopeya. La policía instaló una guardia permanente alrededor de los edificios que iban a ser desalojados, impidiendo la entrada. Para evitar que el desalojo se concretara, las mujeres se recluyeron en los prostíbulos, quedando literalmente cercadas. Sin embargo, el asedio pudo ser soportado gracias al apoyo más o menos interesado de los comerciantes vecinos y de los propietarios de los edificios, que alcanzaban comida a las sitiadas. "Luego de algunos días", cuenta Yvette Trochón, "las prostitutas, ya acostumbradas, sacaban sus banquitos a la puerta, tomaban mate y convidaban también a sus sufridos custodios".

El conflicto entre el Poder Judicial y el Ejecutivo debió ser zanjado por el Parlamento. El Bajo sobrevivió hasta 1930, cuando comenzó su demolición. Para entonces, ya la mayoría de los prostíbulos había emigrado hacia otras zonas de la ciudad, siguiendo la expansión del casco urbano de Montevideo.

Nadie es prostituta en su tierra

BUENA PARTE de la investigación de Yvette Trochón pasó por la revisión de unos quince mil prontuarios que juntaban polvo en el archivo de la policía de Montevideo. El millar recopilado —aquellos que se referían a delitos conexos a la prostitución— permitió generar una matriz estadística que puede dar una idea aproximada de las características de las mujeres involucradas en la profesión entre 1922 y 1932. Los datos se presentan como un apartado al final del tercer capítulo, sin mayores comentarios y sin intentar extraer conclusiones de ellos. Es probable que esto se haya considerado inútil por cuanto el universo representado —formado por prostitutas que eran acusadas de algún delito— no necesariamente corresponde con el universo de las prostitutas en general. Sin duda, eso es correcto. Pero también queda la sensación de que se puede arriesgar un poco, señalando algunas tendencias.

Por ejemplo, queda claro que hay dos grupos claramente diferenciados: las uruguayas y las extranjeras. Éstas últimas son más de la mitad de las mujeres prontuariadas por la policía, y llama la atención el claro predominio de las francesas, cuando se esperaría una mayor presencia de argentinas o brasileñas. En realidad, las europeas dominan claramente el panorama.

Pero hay otro hecho significativo: si se separa a las montevideanas y las que no lo son (incluyendo aquí tanto a las extranjeras como a las del interior) se nota que la presencia de las primeras es exigua: poco más del 12 % del total de mujeres prontuariadas. Es decir, apenas una de cada ocho prostitutas que ejercía el meretricio había nacido en el propio Montevideo. Cabría suponer que en una ciudad donde el control social todavía es fuerte, la decisión de ejercer la prostitución era realmente dura para quienes arriesgaban ser descubiertas en esa tarea por su familia o conocidos.

Un segundo elemento es la diferencia de edades entre extranjeras y uruguayas. La autora sólo presenta los promedios de edad de los grupos, lo que podría ser insuficiente para concluir algo con seguridad. De todos modos, y aceptando que el promedio refleja de manera adecuada la distribución de edades, se observa que las uruguayas son mucho más jóvenes: 23,5 años contra unos 27 años de las francesas, polacas o italianas.

Estas cifras podrían indicar una trayectoria profesional diferente de las mujeres que componen los dos grupos. La mayor edad promedio de las extranjeras puede interpretarse de dos formas complementarias. Por un lado, hablaría de una menor edad de reclutamiento de las uruguayas, y por otro de una mayor permanencia de las extranjeras en el ejercicio de la prostitución. Esta parece ser la explicación más probable, ya que, tal como señala la autora, la entrada y salida de la actividad era más frecuente de lo que se pensaba en la época, pero seguramente esa flexibilidad estaba restringida para las europeas, alejadas de sus redes sociales de origen. Incluso más, Trochón señala que existían muchos casos donde las meretrices se manejaban con claro criterio empresarial y lograban acumular cierta riqueza. Justamente, en los casos exitosos que presenta, predominan las extranjeras.

Si bien no se puede concluir nada definitivo de estos datos, se hace patente la dificultad de describir el universo de la prostitución finisecular en pocas palabras. Y no deja de ser una buena noticia enterarse que, para muchas de esas mujeres, la ineluctabilidad del "camino de la perdición" era también un mito, al menos en parte.

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