Daniel Mella
JOSEPH MITCHELL es material de leyenda. Hijo de una familia dedicada tradicionalmente al negocio del tabaco y el algodón en el sureste norteamericano, desafía toda expectativa y nace en Nueva York el 25 de octubre de 1909.
Le llevó pocos años convertirse en uno de los reporteros más populares de la ciudad, haciendo casi exactamente lo que el padre supo criticarle: meter la nariz en los asuntos de los demás. En 1938 fue reclutado por el semanario The New Yorker, y Mitchell pasó a integrar la prestigiosa familia de escritores estadounidenses que eligieron la prensa como plataforma desde la cual proyectar su voz, como pasó con Mark Twain (uno de los autores favoritos de Mitchell), con H.L. Mencken y con A.J. Liebling, entre otros. Ha sido un referente de las letras norteamericanas en la última mitad del siglo XX, se lo considera un precursor del Nuevo Periodismo, y ocupa solitario el puesto de cronista por excelencia de la Gran Manzana.
OBSESIONES. La mayoría de las influencias que determinan nuestra actitud hacia el mundo son demasiado remotas y opacas para ser conocidas, declaraba Joseph Mitchell, quien sin embargo tenía la fortuna de poder nombrar algunas de ellas. La primera se remonta a su infancia y juventud en Carolina del Norte. Los domingos a la tarde los padres llevaban a Joseph y sus hermanos de paseo por el campo. Partiendo de Fairmont se dirigían al sur, de donde su padre era oriundo, o al oeste, de donde provenía la madre. El camino estaba sembrado de cementerios de los que brotaban cedros y magnolias. De tanto en tanto la familia entera bajaba del coche y visitaba uno de los cementerios, y el padre o la madre se encargaba de contar quién yacía bajo qué lápida y qué relación tenía con ellos. Mitchell disfrutaba estas visitas, más que nada el par de ocasiones anuales en que la tía Annie tomaba el rol de guía.
La tía Annie era alta y flaca y segura de sí misma, de ojos tristes y buen talante, y tenía un humor seco que usaba casi exclusivamente para hablar de los viejos tiempos. Cuando lideraba la procesión, el resto se replegaba gustosamente. "Este hombre aquí era primo nuestro, y era tan malo que no sé cómo su familia lo soportaba," decía, y unos pasos más adelante señalaba otra tumba, "y este hombre aquí era tan bueno que no sé cómo su familia lo soportaba." Luego entraba en detalles horribles y horriblemente graciosos.
El año 1933 fue uno de los peores de la Depresión estadounidense. Fue también el año en que Diego Rivera hizo sus famosos murales en el Rockefeller Center, y el año en que Joseph Mitchell, con veinticinco cumplidos, conoció a Frida Kahlo. Tuvo que entrevistarla para The World-Telegram, y al entrar a su habitación de hotel se topó con otra de sus así llamadas influencias. Pegada a las paredes había toda una serie de grabados extraños, impresos en papel barato. El autor era José Guadalupe Posada, mexicano, y Kahlo había colocado las obras ahí ella misma para que la ayudaran a no perder la cabeza mientras se veía forzada a vivir en Nueva York. "...La mayoría de los grabados eran de esqueletos animados que imitaban seres humanos vivos involucrados en una variedad de actividades humanas, imitándolos y mofándose de ellos: un esqueleto varón rodilla al piso cantándole una canción de amor a un esqueleto mujer, un esqueleto varón entrando a un confesionario, esqueletos en un casamiento, esqueletos en un funeral, esqueletos dando discursos, caballeros esqueletos vistiendo sombreros de galera.(...) Era humor de Antiguo Testamento, particularmente el humor de los Proverbios y del Eclesiastés.(...) Desde esa tarde en la suite de Frida Kahlo, he buscado libros con grabados hechos por Posada. Nunca paso por una librería o tienda de usados en un barrio hispano sin entrar y ver si encuentro un libro de Posada. Mi respeto por él crece todo el tiempo."
Estas palabras fueron escritas por Mitchell en 1992.
AMBICIÓN. Con la excepción de un corto período en que trabajó en un barco de carga que lo llevó a Leningrado, Joseph Mitchell se desempeñó desde los veintiuno como periodista, siempre para periódicos neoyorquinos (The World, The Herald Tribune, The World-Telegram). Su ambición era convertirse en reportero político. La primera historia que le tocó cubrir fue el asesinato de una mujer mayor: la habían estrangulado con un par de medias de seda y las paredes de la habitación estaban cubiertas de fotos obscenas.
La suerte lo obligó a dedicar los siguientes siete años de carrera a ejercer de reportero policial, con base en Brooklyn y en Harlem. Antes de mudarse a la ciudad, Mitchell no había vivido en un pueblo de más de 2.699 habitantes. El melodrama puesto en escena diariamente en la urbe no tardó en hacerle olvidar su ambición original. Terminada la jornada de trabajo —a las tres de la mañana—, caminaba las calles hasta el amanecer. Cuando se cansaba de mirar, regresaba a su apartamento entre deleitado y horrorizado. Pero el ritmo de correr tras asesinatos y todo tipo de crímenes mezquinos lo llevó al agotamiento en pocos años. Entonces cruzó el océano, lo cruzó de regreso, y un par de semanas más tarde consiguió un puesto en The World-Telegram.
Una selección de notas pertenecientes a esta época ha sido reunida en formato de libro bajo el título My Ears Are Bent, cuya traducción literal sería Mis orejas están dobladas. Un "doblador de orejas" es alguien que no desperdicia la ocasión de tener audiencia para expresarse por vía oral. Los más famosos de estos sujetos retratados por Mitchell son Eleanor Roosevelt, Anne Lindbergh, Franz Boas y George Bernard Shaw. La nota acerca de Shaw es la que más resalta, por su comicidad y por la verborragia pomposa del dramaturgo. En un comentario aparte y a partir de ésta y otras entrevistas pertenecientes a la nueva fase de su trabajo, Mitchell confiesa que fue entonces que perdió la habilidad para detectar la locura. "En la oficina de un periódico ningún día es típico, pero describiré uno no más incoherente que otros cien. Cuando llegué una mañana a las nueve me asignaron que encontrase y entrevistase a un obrero italiano que se parecía al príncipe de Gales; alguien había telefoneado y dicho que le habían ofrecido un trabajo en Hollywood. Lo rastreé hasta la despensa de una confitería judía en el East Side, donde estaba reparando un horno. Me vi envuelto en una pelea con el encargado de la confitería; él me creía un inspector del Departamento de Salud. Finalmente establecí contacto con el obrero y no quería hablar mucho de sí mismo pero se la pasaba diciendo, ’Tengo miedo de denuncia’. Regresé a mi oficina y escribí esa historia y luego me asignaron entrevistar a una dama boxeadora que estaba viviendo en el hotel St. Moritz. Tenía todo su equipo de boxeo en la habitación. La habitación olía a sudor y cuero mojado, y me trajo a la memoria el vestuario del gimnasio de Philadelphia Jack O’Brien en un día lluvioso. Me dijo que no sólo era una dama boxeadora sino una condesa también. Luego se puso los guantes para mostrarme cómo peleaba y de no haberme metido debajo de la cama en cuatro patas, me hubiera arrancado la cabeza de un golpe. Soy una bola de fuego, gritaba. Volví a la oficina y escribí la historia y luego me asignaron una entrevista a Samuel J. Burger, que había telefoneado a mi oficina diciendo que estaba vendiéndole cucarachas de carrera a gente de la alta sociedad a setenta y cinco centavos el par. (...) Lo encontré en un delicatessen en Broadway comprando sandwiches de jamón y queso para unas strippers. Sacó un cheque a su nombre que probaba la venta y entrega a consignación de cucarachas a una matrona que planeaba animar una fiesta con ellas, la muy fina. Mr. Burger dijo que había establecido un servicio llamado Ballyhoo Associates a través del cual le alquilaba animales a personas. Alquilo muchos monos, me contó. La gente se siente sola y me llama para que les mande un mono que les haga compañía. Después de todo, un mono es un mamífero, igual que nosotros. Escribí esa historia y me fui a casa. Otro día, otro dólar".
Los textos de My Ears Are Bent son irregulares, tal vez debido a la edad y falta de experiencia del autor, y a la prisa con que debían ser entregados para publicación: The World-Telegram tenía tres ediciones diarias. Si bien es verdad que estos textos necesitan de la obra posterior de Mitchell para valer lo que hoy valen, su lectura no está exenta de goce. Los destellos de su genio tienen la frescura de la ausencia de cálculo. El libro interesa principalmente como entrada en calor, para Mitchell mismo y para quien desee adentrarse en lo que saldrá de su pluma a partir de 1939, año en que pasará a integrar las filas de The New Yorker.
ARTE. La sensación, de ahora en adelante, será de libertad. Los reportajes que Joseph Mitchell publica en The New Yorker son considerablemente más largos que los de su etapa previa. Y no se trata de noticias; Mitchell ya no escribe por encargo. En su deambular por la ciudad se cruza con seres en mayor o menor grado excéntricos, y recurre a la palabra para retratarlos. Las diferentes actividades de estos personajes le dan una excusa perfecta para investigar y enseñarnos, entre otras cosas, sobre los tipos de rata que infestan Nueva York, sobre la historia de ciertas poblaciones como la dominicana y la gitana, sobre las bondades de los frutos del mar y cómo lucían ciertas cervecerías antiguas. El estilo es controlado y fluido y lleno del buen gusto poco ostentoso de quien ha encontrado su lugar. Joseph Mitchell está enamorado de la Gran Manzana y de sus habitantes y no se cansa de conocerlos. Y acaba por apoderarse de Nueva York en la proporción exacta en que Nueva York se apodera de él. Con el comienzo de esta nueva etapa, Mitchell ingresa de lleno en la paradoja.
De aquí en adelante no encontramos una sola persona famosa en sus escritos. Hay autoproclamados reyes gitanos, indios mohicanos que debido a su falta de miedo a las alturas trabajan en la construcción de puentes y rascacielos, vagabundos con delirios de grandeza literaria, dueños de bares proletarios, una mujer barbuda (Miss Barnell, que apareció en la película Freaks, 1932), predicadores callejeros, un hombre que se sustenta con las ganancias obtenidas de la fiesta en honor a sí mismo que organiza anualmente...
Es Mitchell quien está dispuesto a verlos y escucharlos. Entonces ellos se muestran como quien sale un rato al sol. Charles Eugene Cassell, por ejemplo, es dueño del Museo Privado para Personas Inteligentes del Capitán Charley. Su colección de objetos recolectados durante los cincuenta y cinco años que trabajó en alta mar está desplegada en un sótano en la calle 59. Entre otras cosas hay multitud de animales embalsamados por él mismo, hay monedas chinas, un sombrero de mujer con una pluma verde de avestruz, una caja de cigarros llena de conchas marinas, la piel de una boa que mató a una niña y a una cabra en Sudamérica mientras la niña ordeñaba a la cabra.
El Capitán Charley dice cosas como ésta: "Soy nacido en Boston. (...) La gente como yo está toda muerta. Rompieron el molde. Me considero diferente del resto de los hombres, en un plano más elevado, siempre fui un jefe, nunca me puse un mameluco. Agarrá al tipo más grande del país y no importa qué tamañas cosas haya hecho, yo hice el doble. No fumo y no salgo a ninguno de esos bares de mala muerte en Columbus Avenue. Yo tomo en lugares finos. Nada que no sea champán y brandy, eso es todo lo que tomo. La gente fina me invita a sus casas a cenar, sólo por el honor de hacerlo, y me mandan a casa lleno de brandy. Soy muy particular acerca de qué como. Cuando tengo efectivo en la mano armo una buena mesa, no como otra cosa que langosta y duraznos frescos y churrasco. Hay gente que podría vivir bien con lo que me sobra. Solía aprovecharme de las mujeres, pero en algún punto perdí mis espíritus animales. Puedo mirar a un gángster a los ojos y hacer que cambie de parecer, pero ya no puedo hacer nada con una mujer...".
Hay un buen número de fanfarrones como el Capitán Charley, que seguramente repitan el mismo verso a todo el que se le cruce. Pero hay otros que parecen sorprenderse hablando de algo por primera vez, como es el caso de Mr. Hunter, un negro de más de ochenta años, cuidador del pequeño cementerio de Sandy Ground, Staten Island. Mitchell lo convence de que lo saque a caminar por el camposanto, con la excusa de ver ciertos tipos de flores salvajes típicas del lugar. Hacen tres paradas en las que Mitchell recoge sus flores, y es Mr. Hunter quien acepta la inercia y prosigue con el paseo. Es inevitable imaginarlo haciendo este recorrido a solas quién sabe cuántas veces, pensando para sí mismo las cosas que ahora dice en voz alta, y es inevitable pensar en el Joseph que de niño se dejaba hipnotizar por la tía Annie, misteriosamente viva todavía y ejerciendo su influencia. "A decir verdad, no soy un gran creyente en lápidas.(...) Hay piedras aquí que han estado por menos de cuarenta o cincuenta años, y no se puede leer nada de lo que está escrito en ellas, ¿y qué diferencia hace? Dios mantiene Su ojo puesto en aquellos que están muertos y enterrados lo mismo que en aquellos que viven y caminan. Cuando el tiempo llegue de que los muertos sean levantados, Él no necesitará direcciones para saber dónde yacen. Sus huesos pueden volverse polvo, y pasto puede crecer de su polvo, pero no están perdidos. Él sabe dónde están; él conoce el paradero exacto de cada partícula de polvo de cada uno de ellos. Las piedras se pudren igual que los huesos se pudren, y nada perdura salvo el espíritu. (...) Mi plan era ser enterrado en la misma tumba que mi segunda esposa. Cuando se murió, yo estaba enfermo en la cama, y el doctor no me dejó levantar ni siquiera para ir al funeral, y no pude encargarme de las cosas como me habría gustado. En aquel entonces teníamos un sepulturero llamado John Henman. Era un hombre viejo. (...) Específicamente le pedí que cavara la tumba con dos metros y medio de profundidad. (...) Y él me prometió que lo haría. Y cuando mejoré, mandé hacer esta piedra. (...) Bueno, un día, como un año después, yo estaba hablando con John Henman, y algo me dijo que no había hecho lo que me había prometido que haría, así que conseguí otro tipo que viniera y sondeara la tumba con una vara de hierro, y tal como yo había sospechado, John Henman me había traicionado. (...) Siempre había cavado tumbas de dos metros de profundidad, y no podía cambiar. Eso no me complació en absoluto. Me puso furioso. Así que tengo mi nombre en la piedra de esta tumba, y parecerá que estoy enterrado en esta tumba. (...) Cuando en realidad, voy a estar enterrado allá en esa otra. (...) Ah, bueno, no va a haber diferencia alguna".
Es una constante en Mitchell la tendencia a un humor entre lúgubre y luminoso, principalmente en la conversación y el monólogo. Conocemos a sus personajes a través de descripciones físicas y de su accionar, pero más que nada por lo que dicen y por cómo lo dicen. El oído es una de las mayores dotes que Mitchell posee. Sumado a su interés por permitir que sus sujetos se expresen a sus anchas más allá de cuál sea el afán que los guíe, consigue hacernos olvidar que hay un escritor detrás de lo que leemos, como si éste no asumiese un rol creativo y los personajes se dibujasen a sí mismos. Joseph Mitchell hace arte del percibir. Es decir, desaparece.
JOE. Su única obra traducida al castellano, El secreto de Joe Gould, fue publicada por Anagrama en el año 2000. Joe Gould es el vagabundo con delirios de grandeza mencionado anteriormente. Es alcohólico, padece de una conjuntivitis crónica y contagiosa, vive de "aire, amor propio, colillas de cigarrillos, café de vaquero, sándwiches de huevo frito y ketchup." Está escribiendo una Historia Oral de Nuestro Tiempo. Pone en papel conversaciones enteras oídas en la calle, o pesca frases sueltas del aire, y confía en que servirán de guía para comprender el momento histórico con mayor precisión de la que cualquier libro académico pueda alcanzar. Cuenta ya con millones de palabras. Es el texto inédito de mayor envergadura que existe en el mundo.
En la página 64, Joseph Mitchell se encuentra con Joe Gould en el Jefferson, una casa de comidas. Sabemos por la foto de la solapa que Joseph Mitchell es delgado, elegante, viste traje y sombrero. Y si hemos leído su obra sabemos que dedica buena parte de su dinero a lo sensual: le gusta comer, beber, y saber lo que está consumiendo. En definitiva, un hombre de mundo. Estos datos nos permiten visualizar a Mitchell y Gould sentados frente a frente, y lo que vemos en un primer momento es a dos opuestos separados por una mesa. Pero si al continuar con la lectura uno logra sostener la imagen el tiempo suficiente, algo empieza a ocurrir. ¿Quién es el que parlotea y quién el que toma notas? ¿Quién es el aristócrata? ¿Qué ven cuando se miran? Y una vez que se despiden y salen a la calle, ¿quién vaga incansable por la ciudad? ¿Y cuál de los dos es el que se sienta luego a transcribir lo que oyó para la posteridad?
LA REVELACIÓN. Sus mejores textos publicados en The New Yorker están reunidos bajo el título Up in the Old Hotel, (Arriba en el viejo hotel). Así se titula también una narración verídica en la que Mitchell hace algo excepcional.
Louis Morino es un italiano del norte y es dueño del restorán Sloppy Louie’s. El restorán ocupa la planta baja y el primer piso de un edificio de seis sobre el East River. Las paredes son de ladrillo y las ventanas de los cuatro pisos superiores han estado tapiadas desde que Mitchell tiene memoria. Joseph le permite a Louis contarnos sobre Recco, su pueblo original, y sobre cómo tuvo que abandonar a la familia porque no paraban de nacerle hermanos. Lo escuchamos enumerar la sucesión de trabajos que tuvo en sus primeros años como inmigrante, personas que conoció, sirvió y quiso, y cómo llegó a comprar el local en tiempos de la Depresión. Uno de tantos detalles exquisitos: en su casa de Bay Ridge, Louis tiene tres higueras. "Hacia el final del otoño, envuelve los troncos y ramas con una acumulación de trajes y vestidos y buzos viejos y sábanas y frazadas. Todo el invierno, dice Louie, cuando miro por la ventana trasera, parece que tuviera tres momias paradas ahí afuera. A la primera señal de la primavera, les quita el envoltorio. Los arbustos empiezan a dar fruto a mediados de julio y lo hacen abundantemente durante agosto. Un arbusto da pequeños higos blancos, y los otros dan gordos higos negros cuya piel se parte todo a lo largo a medida que maduran y se abren y muestran su carne rosada y violeta. A Louie le gusta recoger sus higos al atardecer, cuando todavía están tibios."
Ocurre que últimamente el negocio está creciendo y Louis no sabe qué hacer. Habilitar el segundo piso no es una posibilidad. Lo precisa como depósito. Hace veintidós años que es propietario del local y nunca ha puesto un pie en los cuatro pisos superiores; solían ser un hotel y la única manera de subir es en un montacargas destartalado. Es entonces que Mitchell hace lo que nunca. Interviene. Actúa. Y nos muestra quién es, cuál ha sido su tarea.
Mitchell le propone a Louis subir juntos. Ante lo absurdo de la propuesta, Louis acepta. Se ponen cascos de construcción. Ascender les cuesta sudor y lo que parecen horas. Finalmente lo consiguen y con la ayuda de linternas descubrimos que la habitación en la que han desembocado es nada menos que el cuarto de lectura del hotel. Tiene el polvo de décadas. Hay letreros prohibiendo apostar, botellas con las etiquetas arruinadas por la humedad, cuatro azucareras, dos escupideras de bronce, una campana de vidrio. El autor está tratando de leer las etiquetas de las botellas cuando nota, en un extremo del cuarto, seis escritorios con espejos encastrados. Los espejos, igual que todo lo demás, están cubiertos de una película de mugre. Hace mucho que no cumplen su función. Joseph Mitchell no es un hombre sentimental, pero sí compasivo. Dice que es por curiosidad de ver qué apariencia tiene con el casco puesto que se acerca al escritorio, y busca su reflejo.
FIN. Joseph Mitchell murió el 24 de mayo de 1996. Desde el lanzamiento en 1964 de El secreto de Joe Gould que no publicaba una palabra. No dejó de concurrir diariamente a su oficina del New Yorker durante esos treinta y dos años. Generación tras generación de periodistas del semanario empezaron a generar rumores acerca de su maestro silencioso. El más obvio decía que trabajaba sin cesar en una historia a la que no le encontraba el cierre. Su escritorio estaba lleno de papeles y de lápices. No se quejaba ni explicaba. Algunos lo pintan suspirando en ascensores, conversando en bares y eludiendo con elegancia el tema de su obra maestra en progreso. Ganó una reputación de excéntrico perfeccionista. Las causas de su mutismo serán siempre demasiado remotas y opacas para ser conocidas. Si quisiéramos embarcarnos en su búsqueda, no nos quedaría más que empezar por las consecuencias. Una de ellas es que se convirtió en una rareza del mismo tipo que encontramos en su obra. O eligió callar porque descubrió que su obra entera no había sido otra cosa que un buscarse en mil espejos. El único que faltaba para completar su autorretrato era el espejo del silencio.
Seguir vivo
D. M.
MITCHELL TAMBIÉN SUPO inventar historias. Siete de los textos incluidos en su segundo libro, McSorley’s Wonderful Saloon, son invenciones, como así también las tres narraciones del tercero, Old Mr. Flood. Me enteré de este detalle luego de haberlos leído, y todavía no puedo decidir si habla a su favor o en mi contra que no me haya dado cuenta al instante.
Old Mr. Flood es una novela en tres actos. En ella, Joseph Mitchell sigue el mismo procedimiento que en sus reportajes. Nos presenta al sujeto en cuestión, nos dice las circunstancias en que lo conoció, y las escenas que se suceden son encuentros fortuitos o arreglados entre Mitchell y el personaje que lo ocupa. Como es habitual, Mitchell figura en la historia, pero se mantiene siempre en segundo plano.
Al parecer, Mr. Flood es la combinación de varios hombres que trabajan o pasan tiempo en el mercado del pescado de Fulton. Este hombre tiene noventa y tres años y quiere vivir hasta los ciento quince. Tiene "ojos azul-hielo," disfruta profundamente de la vida, viene de una larga línea de bautistas, no desea ir ni al cielo ni al infierno porque no le gustan las descripciones de ninguno de los dos lugares, desayuna varios vasos de whisky escocés por la mañana, y está convencido de que "comer carne y vegetales acorta la vida (...) y que la única comida sensata para el hombre, particularmente para el hombre que quiere alcanzar los ciento quince, es el pescado".
En Old Mr. Flood los personajes beben y comen mientras hablan de la vida y de la muerte. Beben y comen porque es lo que se hace mientras se está vivo y se espera la muerte. El señor Flood podría vivir en, digamos, la soleada Florida, pero vive en el Hartford House, un hotel viejo en la parte vieja de la ciudad de Nueva York. Tiene sus razones. Una de ellas es la familiaridad con el mercado de Fulton, de donde consigue su comida diaria y donde todos lo conocen, y cuyo aire al ser respirado previene de resfríos. Pero cuando le preguntan, responde que no sabe. "Nadie sabe por qué hace nada. (...) Es como el viejo granjero que no le quería decir la hora al tamborilero. (...) Había un viejo granjero que vivía al lado de una vía de trenes en el sur de Jersey, y de tanto en tanto se tomaba el ferrocarril a Trenton y se compraba una petaca de brandy de manzana. (...) Una tarde se sube al tren de vuelta. Justo cuando el tren está saliendo, saca su reloj del bolsillo del chaleco, lo mira, lo cierra de un golpe y lo devuelve al bolsillo. Había un tamborilero sentado del otro lado del pasillo. Este tamborilero se inclina y dice, ‘Amigo, ¿me dice la hora?’ El granjero lo mira y dice, ‘No te voy a decir.’ El tamborilero pensó que era medio sordo y habló más alto. ‘Amigo,’ gritó, ‘¿Qué hora es?’. (...) ‘Si fuese a decirte la hora,’ dice el granjero, ‘nos pondríamos a conversar, y yo tengo una petaca de alcohol en el suelo entre mis pies, y en un minuto voy a tomar un trago, y si estuviésemos conversando te pediría que tomaras un trago conmigo, y lo harías, y luego yo tomaría otro, y te pediría que hicieras lo mismo, y lo harías, y nos pondríamos a tomar, y llegaría el momento en que el tren llegaría a mi parada, y te diría que bajaras y pasaras la tarde conmigo, y lo harías, y caminaríamos hasta mi casa y nos sentaríamos en el porche delantero y tomaríamos y cantaríamos, y cuando se pusiera oscuro mi señora saldría y te invitaría a cenar con nosotros, y lo harías, y después de la cena yo te preguntaría si quisieras tomar un poco más, y lo harías, y luego se haría verdaderamente tarde y te invitaría a que pasaras la noche en el cuarto de huéspedes, y lo harías, y alrededor de las dos de la mañana me levantaría para ir al baño, y pasaría por el cuarto de mi hija y ahí estarías tú, con mi hija, y me vería obligado a dar vuelta el escritorio y sacar el revólver, y mi señora se tendría que vestir y aprontar el caballo para ir a buscar al pastor, y yo no quiero un maldito yerno que tenga reloj’."
Por más vueltas que dé, pronto nos queda claro otro de sus motivos, cuando nos enteramos de que tiene un grupo de amigos con el que ha establecido una simbiosis trascendente.
"No gano nada diciéndole esto a un hombre joven", le dice Mr. Flood al narrador, "pero la noticia más placentera para cualquier ser humano de más de setenta y cinco es la noticia de que algún otro ser humano de alrededor de su edad ha muerto. Eso mientras el difunto no sea un pariente, y a veces aunque lo sea. Ponés cara larga, y le decís a todos lo triste y apenado que te hace sentir, pero por adentro pensás, ‘Bueno, a este lo sobreviví. Gracias a Dios que fue él y no yo.’ Y pensás, ‘Uno menos. Más espacio para mí.’ He estudiado bastante el tema, y aun estoy por encontrar un hombre o una mujer de edad que en el fondo no sienta lo mismo. Te pone contento, de algún modo, Dios me perdone por decirlo. Solía avergonzarme de mí mismo, pero como lo veo, no es algo que tenga remedio, es naturaleza. Hay como una docena y media de viejos de entre setenta y cinco y ochenta y cinco años en el Hartford, y un par de meses atrás, como a veces sucede, todos se pusieron melancólicos al mismo tiempo. Habían estado amargados durante días y se ponían más amargos con cada minuto que pasaba; no encontraban de qué hablar; se molestaban unos a otros; uno pedía una cerveza y entonces iba y se sentaba en un extremo de la barra por sí solo y se la bebía; le decías algo y no te respondía. Llegó al punto en que se escupían a los ojos. Una tarde a eso de las cuatro, entro y estaban todos en la barra, la banda entera, se invitaban con tragos, se daban palmadas en el hombro. Dos o tres habían llegado a la etapa de los cánticos. Todos eran amigos de nuevo. Le pregunté a uno qué había pasado, y me dijo, ‘¿No oíste la noticia? El viejo Dan de acá de la cuadra cayó muerto hace una hora, el pobre hombre. Le estaba cortando el pelo a un cliente y se tambaleó y falleció.’ El viejo Dan era el barbero de la calle Fulton; hacía cincuenta años tenía una tienda de dos sillas; toda la banda del Hartford se cortaba el pelo con él; un hombre digno; todo el mundo lo quería; no tenía un solo enemigo en el mundo entero. Pensé para mí mismo, ‘¡Monstruos paganos! ¡Una pobre alma cae muerta al piso y eso los alegra!’ Pero tengo que serte honesto. Un minuto más tarde me les había unido en la barra, y hablamos de lo triste que era, de qué buen tipo que había sido el viejo Dan, y de cómo me había dado una afeitada y me había pasado un buen shampoo el día anterior, y bebí más de lo que generalmente puedo soportar, y me sentí mejor de lo que me he sentido en quién sabe cuánto tiempo."
La narración prosigue con un viejo pugnando por sobrevivir al otro, buscándole al camarada rastros de palidez por la mañana. Y siguen hablando, y siguen comiendo y bebiendo, y hablan de la muerte con ánimos cambiantes y hablan de la comida y de la bebida, de las que pueden abusar menos con cada día que pasa. El cuento concluye la noche del cumpleaños número noventa y cinco del señor Flood, sin la muerte de ninguno de los presentes, y con luna llena en el cielo.
El libro
EL ÚNICO LIBRO en castellano de Joseph Mitchell es El secreto de Joe Gould (Anagrama), justamente célebre. Tiene la virtud de incluir el paso del tiempo en la tarea del periodista. En una primera parte, Mitchell recrea en 1942, en su estilo inimitable de investigación y escritura, la vida de un "bichicome" de Nueva York, con sus aspectos asombrosos. Veintidós años después, vuelve a escribir cuando él muere, y al hacerlo revela el "secreto" del título, impecable exposición de lo que es vivir en la calle.