Álvaro Buela
EN EL SEGUNDO capítulo de Cómo leer a Lacan -titulado "El sujeto interpasivo: Lacan se vuelve una máquina de rezar"-Slavoj Žižek se aboca a ilustrar el concepto de interpasividad para, a su vez, "explicar" una intervención de Jacques Lacan en La ética del psicoanálisis. El punto está en analizar una paradójica situación por la cual "soy pasivo a través del Otro", una actividad impostora y frenética sin consecuencias reales que, según Žižek, determina "buena parte de la política progresista de hoy" y del mundo académico: "estamos activos todo el tiempo para asegurarnos de que nada realmente cambie."
En su habitual, irrefrenable estilo, la exposición de Žižek (Eslovenia, 1949) recurre a numerosos ejemplos -dispuestos uno detrás de otro, sin mucho tiempo para que alguno sedimente-, entre los cuales figura uno que se aplica perfectamente al propio autor: "en una situación grupal en la que hay cierta tensión que amenaza con explotar, el obsesivo habla sin parar para evitar el momento de un incómodo silencio que forzaría a los participantes a afrontar abiertamente la tensión subyacente." (p. 35). En efecto, la frase habla más del "obsesivo" y verborrágico Žižek que de la "tensión subyacente" que lo impulsa.
Uno de los siete libros que publicó en los últimos tres años, Cómo leer a Lacan, lo devuelve a su condición de divulgador iconoclasta, que hace alarde de un conocimiento vasto y heterogéneo para "bajar a tierra" sofisticadas teorías apelando a una infinidad de ejemplos de la política internacional, la ciencia "dura" y la cultura popular. Sin embargo, una vez más, el método discursivo de Žižek demuestra aquí ser una mascarada para traficar un proyecto específico, el mismo que compulsivamente y con diversos pretextos viene llevando adelante desde hace dos décadas: desestabilizar las estrategias que adopta el capitalismo para perpetuarse.
Si en algo detecta Žižek la "tensión subyacente" del mundo contemporáneo es en la proliferación de mecanismos vacíos e insustanciales que se congelan en una apariencia de diversidad, tolerancia y corrección política. Todo ese seudoliberalismo, parece decir, no son más que construcciones autoindulgentes (y, en el fondo, intransigentes) que coadyuvan en disfrazar el horror y la real intolerancia respecto al Otro: "En la sociedad del capitalismo tardío, el derecho de no ser abusado, es decir, de estar a una distancia segura de los otros, se va convirtiendo cada vez más en el principal de los `derechos humanos`." (p. 109).
En este punto, el de los derechos, Žižek encuentra otra de las fuentes de "tensión". Siguiendo a Freud y a Nietzsche, postula que "(la) demanda de justicia es en última instancia la demanda de que el goce excesivo del otro sea reducido, de tal modo que el acceso al goce sea equitativo para todos." (p. 46), lo cual inevitablemente lleva a una prohibición. Pero al encontrarnos en una sociedad hedonista y permisiva que impone el deber de gozar (o de "disfrutar", como les gusta decir a los mediáticos locales), la ecuación se resuelve mediante una transacción absurda en que todo está permitido siempre y cuando esté desprovisto de su esencia y de su exceso.
Es a causa de esa imposición del goce que Žižek reivindica, hoy más que nunca, la vigencia del psicoanálisis, no ya como una técnica clínica por la cual el paciente se libera de sus traumas y accede a la satisfacción sexual, sino justamente lo contrario. "El goce funciona hoy como un extraño deber ético: los individuos no se sienten culpables por violar alguna prohibición moral practicando placeres ilícitos, sino por no ser capaces de gozar. En esta situación, el psicoanálisis es el único discurso que autoriza a no gozar". Y, para agoreros y seguidores de Libros Negros, añade: "no prescribe el goce, sólo nos alivia de la presión de tener que cumplir con él." (p. 111).
Cada página del libro (como de cualquier otro del autor) reboza una dialéctica exhibicionista, a menudo brillante, cuyo vértigo se asemeja al de un zapping intelectual sin mucho margen para la recapitulación ni, incluso, para la fijación de las ideas. De modo que la formulación didáctica del título debe tomarse como una licencia, no como un objetivo en sí mismo. Las herméticas ideas de Jacques Lacan (1901-1981) suponen apenas puntos de partida para los siete capítulos en los que está dividido el libro, pero, en rigor, terminan canibalizadas por el "montaje de atracciones" de Žižek, ese obsesivo que no soportaría dejarnos en silencio con nuestras propias tensiones.
CÓMO LEER A LACAN, de Slavoj Žižek. Paidós. Buenos Aires, 2008. Distribuye Planeta. 138 págs.