Carlos Ma. Domínguez
RICARDO PIGLIA ha escrito un libro luminoso sobre la condición del lector, su inscripción en la literatura y la realidad. Cabe celebrar que devuelva al ensayo literario rigor y libertad, y que comparta sus lecturas con el tono original que le ha permitido presentar a El último lector como el libro "más íntimo de todos los que he escrito".
Es la confesión de un escritor que, como quería Jorge Luis Borges, se reconoce en su vocación de leer. Nacido en Adrogué, Provincia de Buenos Aires, en 1940, Piglia encarna una tradición literaria permeable a las demandas de la realidad y de la imaginación, templada en la figura, a un tiempo irresuelta y absoluta, del intelectual. Este es el libro de un hombre que lee entre líneas y ha hecho de la interpretación un género de la creatividad. En un registro tan amplio y con ideas tan maduras, que logra reunir en el punto ciego del lector la probidad dispersa y provocadora de la literatura.
Los seis ensayos del libro asedian diferentes modos de leer con un recorrido minucioso y arbitrario por textos clásicos, revisitados por el autor a lo largo de muchos años. Comparecen los cuentos de Borges en los que la lectura cumple un papel en la trama y sus personajes encarnan una dimensión agónica. Afirma Piglia que Borges inventa al lector como héroe en la literatura contemporánea, el más imaginativo que haya existido desde Don Quijote y el más trágico, puesto que de la persecución de la cita a la dispersión de la biblioteca, encarna la imposibilidad de cerrar la lectura. A esta posición añade su legado de leer la realidad como ficción, lo que invertiría el bovarismo (la experiencia de Emma Bovary en la novela de Flaubert), donde la ficción es leída como más real que lo real. Son éstas algunas de las interpretaciones que Piglia dedica a la obra de Borges, colmada de personajes que unas veces leen por defensa frente a la hostilidad del mundo, otras a modo de aventura o con fines criminales, como Scharlach en "La muerte y la brújula", situación homologable, afirma, al ejercicio de la crítica literaria en tanto utiliza el texto con fines propios.
LECTORAS CÓMPLICES. Dedica Piglia otro capítulo a revisar la correspondencia de Kafka con Felice Bauer, a quien el checo conoció una noche en casa de su amigo Max Brod. Con ella inició Kafka una relación amorosa a través de cartas postales, en la que la lectura ofició de lugar de encuentro, resignificación y anticipación de la experiencia vivida y por vivir. La lectura y la escritura mancomunadas en descubrir las relaciones de lo real que nadie ve, ocupan el centro de su interpretación sobre la obra de Kafka y del papel que cumplieron muchas lectoras como copistas de los manuscritos de sus amantes o esposos (Sofía Tolstoi, Anna Grigorievna, la secretaria y luego esposa de Dostoievski, Véra Nabokov, entre otras).
La aparición de Auguste Dupin en una librería de la calle Montmartre, escena de "Los crímenes de la rue Morgue" con la que Poe inauguró el género policial en 1841, abre un magistral ensayo sobre la deriva del género. Desde que lectura y crimen quedaron entrelazados —Dupin resuelve el caso leyendo los diarios— afirma Piglia que se abrió el camino a la figura del detective privado, quien condensa la historia del paso del hombre de letras al intelectual comprometido en la acción. Si en la tradición inglesa el detective apelaba al arte de la interpretación para hallar al asesino en el anonimato de la sociedad industrial, en la tradición norteamericana es el sujeto que produce pruebas. El recorrido que va de Dupin a Marlowe (personaje de las novelas de Raymond Chandler), también permitiría reconocer dos posiciones de las mujeres: víctimas, en los inicios del género, encarnación sexual del poder del dinero y criminales, en la misoginia de Chandler.
ÉTICA PERSONAL Y LECTURA. El ensayo destinado al Che Guevara elude los caminos más transitados para presentar al héroe revolucionario como lector. Entre los muchos episodios biográficos que lo respaldan, dos son emblemáticos: cuando herido en el desembarco del Granma, para morir con dignidad recuerda un cuento de Jack London, y cuando es atrapado en Bolivia, sin otra pertenencia que su fusil y un morral cargado de libros. Cita Piglia una idea de Lionel Grossman que resume buena parte de su análisis: la lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal.
Resulta atractiva la idea de que el joven Guevara encarnó, en su viaje inaugural de 1950, los ideales de la beat generation norteamericana, con su voluntad de reunir el arte con la vida y escribir sobre sus experiencias de viaje, ya no por Europa sino por América. Entonces Guevara buscaba la experiencia pura y la literatura (quería hacerse escritor fuera del circuito tradicional de la literatura, como Kerouac), "pero encuentra la política, y la guerra". Las ideas de Piglia en torno al camino que llevó al Che Guevara al foquismo y su trágico final, ofrecen al lector la imagen de un héroe atrapado en la honestidad de sus equívocos.
VIDA Y NOVELA. El quinto capítulo del libro reflexiona sobre las tensiones entre ficción y realidad en obras emblemáticas como Anna Karenina de Tolstoi, "Continuidad de los parques" de Cortázar, Don Quijote de Cervantes, Madame Bovary de Flaubert y Robinson Crusoe de Defoe. Piglia interroga el modo en que las novelas critican a quienes leen novelas para buscar en la vida la intensidad de los héroes de ficción. La linterna con la que Anna Karenina lee, mientras viaja en tren, una novela inglesa, es el punto de apoyo con el que revelará la intención de Tolstoi al llevarla a morir bajo las vías del tren, iluminada por el foco de la locomotora. Si las lectoras ocupan un lugar destacado en sus reflexiones es porque Piglia asume que el público de la literatura es, en su gran mayoría, femenino. Señala que vistas desde los varones que escriben historias, son las mujeres las que han encarnado de un modo privilegiado el malestar por la distancia entre experiencia y sentido. Anna Karenina, Madame Bovary, Molly Bloom, integrarían una serie. "En la ficción —afirma—, la salida de esa perturbación ha sido, tradicionalmente, el adulterio... Si tuviéramos que acuñar una fórmula, irónica, podríamos decir que el modelo perfecto del lector masculino es el célibe, el soltero a la Dupin, mientras que el modelo de la lectora perfecta es la adúltera, a la Bovary".
En la contracara de esa finalidad de la lectura se encontraría Robinson Crusoe, el hombre que descubre en la Biblia un instrumento práctico para sobrevivir al sinsentido de su naufragio y organizar su vida en la isla. Pero en la imagen de unos y otros estaría presente el germen de una consecuencia señalada por Roger Chartier: "la novela ha definido nuestra manera de leer otros libros que no son novelas". Un nuevo modelo del lector de ficciones, que ya no lee para descifrar signos como Dupin, sino que lee para creer y confiar.
LECTURA Y CREACIÓN. El Ulises de Joyce es, desde hace años, uno de los centros de la atención de Piglia y el último capítulo está dirigido a analizar de qué modo el autor derivó al lector la función ordenadora de su sentido. Sobre la palabra clave que dispara la narración, "metempsicosis", escrita en un libro que Molly Bloom lee en la cama, Piglia despliega la estrategia de Joyce al escribir el relato y abre interpretaciones en muchas direcciones. Su propio libro está escrito de esta manera articulada y abierta, de forma que es el lector quien ordena, en definitiva, su propia lectura sobre un vasto tejido crítico.
El Facundo de Sarmiento, Macedonio Fernández, Onetti, el Hamlet de Shakespeare, Philip K. Dick y un gran número de obras y autores se entrelazan en el pensamiento de Ricardo Piglia con una soltura y una pertinencia asombrosas. No es frecuente que un texto de crítica literaria sea expresivo de la pasión lectora, al grado de hacer brillar la inteligencia con sutiles vibraciones dramáticas. El prólogo de El último lector es de carácter narrativo y sin embargo, es en la interpretación y el análisis donde Piglia logra los momentos más intensos. Desde hace muchos años es profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, pero con sabia decisión ha eludido los academicismos, el rol del registrador de obras y tendencias, para dialogar en libertad con la literatura y sus lectores.
El escándalo del premio Planeta por su novela Plata quemada pudo difundir la imagen de un escritor expuesto a la desprolijidad del mercado editorial, pero este libro recuerda que es uno de los críticos más brillantes y rigurosos que ha dado Argentina. Acaba de entregar un libro, en muchos sentidos, extraordinario. l
EL ÚLTIMO LECTOR, de Ricardo Piglia, Anagrama, Barcelona, 2005. Distribuye Gussi. 190 págs.