La vida como historia perpetua

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Renzo Vayra

LAURA FALCOFF

EL ESCRITOR BRITÁNICO Anthony Trollope, que nació en Londres en 1815 y murió en la misma ciudad en 1882, escribió a lo largo de su vida más de sesenta libros de ficción, de viajes y de estudios críticos, además de innumerables artículos para revistas y periódicos sobre temas de una gran diversidad. Pero es especialmente su obra de ficción -de gran popularidad entre sus contemporáneos, muy admirada por León Tolstoi ("su maestría me mata", afirmaba), por Henry James y Nathaniel Hawthorne- la que continúa siendo leída hasta hoy por los lectores angloparlantes, en la misma medida en que se relee a Jane Austen y a Charles Dickens.

Anthony Trollope describió de manera inigualable la Inglaterra de su tiempo, y no sólo la Inglaterra rural -con su constelación de propietarios, aristócratas de distinta laya y complejas jerarquías de clérigos anglicanos-, a la que dedicó una porción importante de su producción. También supo describir brillantemente la vida parlamentaria británica, los personajes grandes y pequeños, las ambiciones políticas y sus consecuentes intrigas, miserias e hipocresías. La extraordinaria habilidad de Trollope para crear personajes hizo decir a Henry James, poco después de la muerte del escritor: "Si era en algún grado un hombre de genio, y yo sostengo que lo era, fue en virtud de su feliz, instintiva percepción de lo variado de la naturaleza humana. Su conocimiento de la materia de la que estamos hechos, su observación de los comportamientos de hombres y mujeres, no era razonado ni adquirido, ni siquiera particularmente estudiado. Todos los seres humanos le interesaban profundamente; la vida humana, para su mente, era una historia perpetua".

LAS REAPARICIONES. Una gran parte de los libros de ficción de Trollope continúan reeditándose, en especial los que corresponden a sus dos célebres series: la de Barchester y la de Palliser, cada una de ellas compuesta por seis novelas. En estos voluminosos relatos -que se extienden a lo largo de un promedio de setecientas páginas de dichosa lectura-, personajes que son centrales en algunos de ellos reaparecen como personajes secundarios en otros. A veces incluso de un modo tan secundario que figuran simplemente entre la lista de invitados de una comida. Pero también el protagonista de una determinada novela puede volver a presentarse de manera episódica en las que siguen y finalmente recuperar peso argumental en la última historia de la serie.

Así ocurre, por ejemplo, con el archidiácono Grantly, hombre rico, conservador, mundano, dueño de un temperamento irascible, que ocupa una posición relativamente alta de la jerarquía eclesiástica en una zona rural cercana a la ciudad catedralicia de Barchester (locación ficticia, inventada por Trollope). Grantly aparece por primera vez en The Warden, novela que da comienzo a la serie de Barchester, pero tiene un papel más importante en la segunda, Barchester Towers. Esta última historia comienza con las horas finales de la vida de su padre, el ya muy anciano obispo de Barchester. La ambición de Grantly es sucederlo en el cargo de obispo, y aunque quiere a su padre y le apena que muera, no hace otra cosa, al lado del lecho del moribundo, que calcular con desesperación el modo en que llegue con rapidez a Londres una carta para el primer ministro -de quien depende el nombramiento- y que así otro candidato no se le anticipe. Grantly, sin embargo, pierde luego frente al Dr. Proudie, un pelele enteramente dominado por su esposa. Proudie es el nuevo obispo aunque con un carácter nominal: el verdadero poder se concentrará en manos de Mrs. Proudie (uno de los mejores personajes trollopianos) y ella tomará la iniciativa en cuanto problema, eclesiástico o no, se suscite en Barchester y será la declarada enemiga de Grantly y su auténtica rival.

El archidiácono reaparece como personaje importante en la última novela de la serie, The Last Chronicle of Barset. Han pasado cerca de ocho años y en su carácter aparecen otros rasgos, un poco menos duros, más atractivos, que anteriormente no se habían revelado. Pero su rudeza de hombre seguro de sí mismo no ha cambiado -no hay complacencias sentimentales en Trollope- y así aparece en la manera en que reacciona cuando recibe la noticia de la muerte inesperada de su enemiga Mrs. Proudie. Se imagina, y lo comenta con su esposa, lo aliviado que se sentirá el flamante viudo. "¿Es de esta manera", dice ella, "como cumples el proverbio De mortuis?". "El proverbio De mortuis es una patraña", contesta Grantly. "Las patrañas puertas afuera son necesarias y ni tú ni yo saldríamos ahora a la calle para decir lo que pensamos de Mrs. Proudie. Pero supondría que entre nosotros dos no es necesario que seamos discretos. Era una mujer desagradable y no creo que nadie lamente su muerte. ¡Dios mío! Pensemos únicamente en que ya no está más. ¿Podrías servirme el té?."

A propósito de la muerte del personaje de Mrs. Proudie, hay una anécdota que el propio Trollope cuenta en su libro de memorias titulado Una autobiografía. Esta es la historia: "Me encontraba cierta mañana trabajando sobre una novela en el extremo del largo salón del Club Atheneum, tal como era mi costumbre cuando había dormido la noche anterior en Londres. Mientras estaba allí, dos clérigos, cada uno de ellos con una revista en la mano, se encontraban sentados a ambos lados de la chimenea, cerca de mí. Pronto comenzaron a criticar lo que estaban leyendo; por turnos leían alguna parte de una novela mía (como era habitual en la época, las novelas se publicaban por entregas en revistas literarias o de otro tipo). ¡El punto más importante de su queja residía en el hecho de que yo escribía sobre los mismos personajes con demasiada frecuencia! `Aquí -decía uno- está ese archidiácono a quien ya vimos en cada novela que ha escrito`. `Y aquí -decía el otro- está el viejo duque de quien habló tanto que todo el mundo ya está harto de él. Si yo no tuviera la capacidad de inventar nuevos personajes, no escribiría novelas en absoluto`. Entonces uno de ellos cayó de una manera vil sobre Mrs. Proudie. Fue imposible para mí no escuchar esas palabras y prácticamente imposible escucharlas y permanecer tranquilo. Me puse de pie y parado entre ellos, me identifiqué como el culpable. `En cuanto a Mrs. Proudie -les dije- iré a casa y la mataré antes de que termine la semana`. Y así lo hice. He lamentado a veces el hecho, tan grande era mi deleite cuando escribía sobre Mrs. Proudie, tan minucioso el conocimiento que tenía de todos los pequeños matices de su carácter. No era sólo una déspota, una bravucona, una pretendida sacerdote, una mujer muy vulgar, alguien que enviaría de cabeza al infierno más profundo a cualquiera que estuviera en desacuerdo con ella. También, y al mismo tiempo, era concienzuda, de ninguna manera hipócrita, realmente convencida del azufre con el que amenazaba y ansiosa de salvar de sus horrores a todos los que se encontraban alrededor de ella".

En un estudio preliminar de The Last Chronicle of Barchester, firmado por Laurence Lerner -que no parece simpatizar con Trollope-, el ensayista se muestra sorprendido por el relato: "Es imposible imaginar", afirma Lerner, "a grandes narradores como Jane Austen, Joseph Conrad o Henry James respondiendo de una manera tan servicial al comentario crítico de los clérigos en cuestión. Habrían preferido tirar lo que habían escrito y comenzar todo de nuevo".

EL DINERO ES VALIOSO. Es curioso que Lerner no haya pensado en que la anécdota podía ser enteramente inventada y que el libro de memorias de Trollope -quien había pedido a su hijo que lo publicara sólo después de su muerte- aparece en muchos pasajes como una verdadera provocación a las ideas establecidas sobre qué es o qué debería ser un escritor. Trollope, que en sus ficciones suele ejercer una ironía sutil pero feroz, se retrata allí a sí mismo bajo una serie de rasgos que molestaron a distintos críticos en diferentes épocas. En varias de sus novelas (pueden conseguirse con relativa facilidad en librerías de Buenos Aires que trabajan con ediciones en lengua inglesa) los estudios preliminares relativizan los elogios a su calidad de escritor con consideraciones tomadas de la propia autobiografía. ¿Cuáles son esos rasgos irritativos con que se retrata Anthony Trollope? En primer lugar es un hombre que valora mucho el dinero que ha ganado con su trabajo literario: "es un error suponer", escribe, "que un hombre es mejor porque desprecia el dinero". En el tramo final de su autobiografía, completada en 1876, cuando el escritor tenía sesenta y un años, detalla en libras, chelines y peniques el dinero que recibió por sus libros publicados hasta ese momento, cuarenta y seis en total.

En segundo lugar, destaca las posibilidades que le ha dado el dinero: comprar una casa en la campiña inglesa, hacerse socio de muy buenos clubs de Londres, viajar, tener sus propios caballos para salir a cazar. En tercer lugar, confiesa su estricta disciplina para abocarse a la tarea cotidiana de escritura: dos mil quinientas palabras con el reloj delante de sí, cada mañana entre las cinco de la madrugada y la hora del desayuno. Pero además atribuye su éxito a esa disciplina y la recomienda a todo escritor: "habiendo enseñado esa rutina a su mente, ya no le será necesario quedarse sentado, mordisqueando la pluma y mirando a la pared que está frente a él". El citado Laurence Lerner concluye en que es una reflexión repugnante y que la petulancia de Trollope contiene un desprecio por todos los Flauberts que han mordisqueado la pluma mirando al vacío.

Anthony Trollope vivió una infancia y una adolescencia muy desdichadas: su padre, un abogado que había poseído una pequeña fortuna, fue cayendo gradualmente bajo el peso de empresas cada vez más ruinosas. La madre partió en 1826 hacia Estados Unidos con tres de los hermanos de Trollope, para intentar establecer un negocio de pequeñas manufacturas inglesas. Allí permaneció hasta 1831. El muchachito cursó sus estudios en colegios en los que era recibido como un favor, gracias a antiguas relaciones del padre, pero su pobreza indisimulable lo hacía objeto del maltrato o de la indiferencia de sus compañeros con la conocida crueldad de las escuelas públicas inglesas: "algo de la desgracia de mis días escolares", escribió, "se aferró a mí para toda la vida". Cuando la bancarrota de la familia Trollope ya era completa, la madre regresó de los Estados Unidos y sin ninguna experiencia literaria previa se dispuso a escribir sobre la cultura norteamericana. Éxito fenomenal. De este modo, con su escritura, la señora Trollope emprendió una carrera literaria que le permitió mantener, de allí en más, holgadamente a su familia.

Su hijo Anthony ingresó como empleado a la empresa oficial de correos de Gran Bretaña a los diecinueve años de edad y abandonó el servicio civil treinta y tres años más tarde, cuando ya su fama como escritor y su fortuna estaban ampliamente aseguradas. Presentó su renuncia no sin pena: los muchos años en el correo británico, donde hizo una carrera destacada, le habían creado un cariño y un interés muy grandes por todos los aspectos de su trabajo: "llegué a imbuirme de un concienzudo amor por las cartas, me refiero a las cartas que son llevadas por el correo, y me sentía tan ansioso por su bienestar como si hubieran sido mías".

En muchos aspectos Anthony Trollope seguramente es un escritor característico de la era victoriana. Sin embargo, habría que preguntarse si este concepto no ha sufrido con el tiempo una simplificación excesiva. La manera en que Trollope compuso muchos de sus personajes femeninos -fuertes, independientes, originales, contrapuestos a sus más débiles e inconstantes congéneres masculinos- ; la sensualidad, podría decirse incluso el erotismo delicadamente filtrado pero muy genuino con que describe algunos encuentros amorosos; y finalmente su perspectiva duramente crítica de la política inglesa y de las jerarquías de la iglesia anglicana, no parecen corresponderse acabadamente con el llamado modelo victoriano.

Thackeray y Dickens

EN ALGÚN MOMENTO de su vida Anthony Trollope tuvo el ambicioso proyecto de escribir la historia de la literatura inglesa; nunca lo llevó a cabo. En sus memorias, sin embargo, incluyó análisis de varios autores de su época. Lo que sigue son algunos extractos de ese capítulo.

ANTHONY TROLLOPE

William Thackeray: "No vacilo en nombrar en primer lugar a Thackeray. Tiene un conocimiento supremo de la naturaleza humana y sus personajes se destacan en tanto seres humanos, con una fuerza y una verdad que, así lo creo, no ha estado al alcance de ningún otro novelista inglés del mismo período. No conozco otro personaje de ficción, a menos que sea Don Quijote, con quien el lector pueda tornarse tan íntimamente familiarizado como con el coronel Newcombe. ¡Qué fantástico es ser un caballero en todos los sentidos! ¡Cómo admiramos al hombre sobre el que tenemos la certeza de que tanto puede ser dicho con sinceridad! ¿Hay alguien de quien podríamos sentirnos más seguros en este sentido que del coronel Newcombe? Sin embargo, no es que el trabajo de Thackeray nos parece excelente porque el coronel Newcombe es un perfecto caballero, sino porque el autor ha tenido el poder de describirlo como tal y de forzarnos a amar a ese viejo débil y estúpido, debido a esa gracia de su carácter".

Charles Dickens: "No hay dudas de que el novelista más popular de mi tiempo -probablemente el novelista inglés más popular de todos los tiempos- ha sido Charles Dickens. Hace ya cerca de seis años que murió y la venta de sus libros continúa como durante su vida. La certeza de que sus novelas pueden encontrarse en cada hogar, la familiaridad de su nombre en todos los países de habla inglesa, la popularidad de personajes como Mrs. Gamp, Micawber, Pecksniff y muchos otros cuyos nombres han entrado en el idioma inglés y se han vuelto palabras famosas. La pena del país entero ante su muerte, y los honores que se le rindieron en su funeral, todo ello testifica su popularidad. (...) En cuanto a mi opinión, casi me parece que estaría equivocado si colocara a Dickens en tercer lugar después de Thackeray y George Elliot, sabiendo como sé que la gran mayoría lo pone por encima de estos autores. Mi propia idiosincrasia me impide hacerlo. Reconozco que Mrs. Gamp, Micawber, Pecksniff y otros se han vuelto términos domésticos en todos los hogares, como si fueran seres humanos. Pero a mi juicio no lo son, ni ellos ni ninguno de los personajes que Dickens ha retratado. La peculiaridad, la maravilla del poder de este hombre ha sido la de investir a sus marionetas con un encanto que le ha permitido prescindir de la naturaleza humana. Hay mucho ingenio y humor en ellos -a mi juicio, muy por debajo del humor de Thackeray-, por medio del cual, ha alcanzado la inteligencia de todos; mientras que el humor de Thackeray escapa a la inteligencia de muchos. Tampoco el patetismo de Dickens es humano; es teatral y melodramático. Pero está tan bien expresado que conmueve un poco a todos los corazones. No hay vida real en Smike (personaje de Nicholas Nickleby). Su desdicha, su idiotez, su devoción por Nicholas, su amor por Kate son exagerados e incompatibles unos con otros. Y sin embargo el lector derrama una lágrima por Smike. Todos los lectores pueden encontrar una lágrima para Smike."

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