César Fernández Moreno
BUENOS AIRES SIGUE siendo la pampa, aunque cubierta de casas. Sigue siendo el paisaje que consiste en no serlo, y nada se ha hecho para suplir ese no ser. Al contrario: el río ha sido ocultado cuidadosamente tras los diques y los grandes edificios burocráticos; el trazado de la ciudad es estrictamente geométrico; esa plaza de Mayo que nació con la fundación ha sido apenas imitada por desérticas plazas de la que es alto exponente la del Once; y sólo hace excepción a este no paisaje el parque 3 de Febrero, que es a Buenos Aires lo que el monte a una estancia.
Buenos Aires, plano, plano, es así una invitación a licuarse, a derramarse en su planicie y ser absorbido por ella. El único medio de resistir a esta ley física es trabajar en forma incesante y maníaca, plegándose como una pieza más al desordenado movimiento de las bielas porteñas. (...) Ahora bien, esta tensión inhumana necesita compensaciones: el alcohol, el juego, el desborde sexual, entre las más sensacionales o perjudiciales; y válvulas de escape más tranquilas, módicas: el deporte, el cine… y las peluquerías.
Las peluquerías brindan al porteño, en el seno de sus horas de más opaco trabajo, la más atenuada versión de una orgía romana. El tiempo pierde en ellas su urgencia, y el porteño que no desperdiciaría cinco minutos en su oficina, espera cincuenta con toda paciencia para que su peluquero establezca el debido nivel de sus patillas. Durante esta misma espera, la peluquería comienza su benévola labor relajante ofreciendo la lectura de revistas dedicadas a las más intrascendentes formas de vida banal.
Se accede por fin al sillón barberil, donde el porteño se deja caer como en un verdadero trono, entregándose entonces a una distensión donde se mezclan el narcisismo y el festín de poder. Entrega que abarca por lo menos la cabeza, habitualmente la cabeza y los pies (estos en manos del lustrabotas), y suele reunir simultáneamente la cabeza, manos y pies, abandonados sin reserva al terceto peluquero-manicura-lustrador. En esta extrema ocasión, sólo le queda al cliente como bien propio, vacante de adoración y pulimento por otros seres humanos a él subordinados, el llamado tronco, o sea su parte más visceral, arbórea y vegetativa, con lo que el relax es total.
Examinemos un poco a estos tres servidores de nuestro narcisismo. El primordial -por su situación de pie, por el objeto de sus cuidados, por las herramientas aceradas y prestigiosas que esgrime, por su colateral conversación- es el peluquero. También él -como el barman- sabe algo de todo y puede cambiar ideas sobre cualquier tema con su cliente, que acepta gustoso la distensión que significa la floja exigencia del diálogo propuesto. Porque en general el peluquero, como todo conversador frívolo, se especializa en el relato de hechos; y lógicamente en el de los suyos propios, que son los que mejor conoce; y tales hechos suelen ser tan grises e intrascendentes como los conceptos que elabora sobre ellos o sobre la actualidad deportiva o política. (...) Ilustre excepción a esta intrascendencia fue Bartolomé Hidalgo, el peluquero uruguayo (cuándo no) que fundó nuestra poesía gauchesca.
Físicamente por debajo del peluquero está la manicura, sentada en su taburetito, ofreciendo al cliente y a los que esperan las mejores perspectivas posibles de sus líneas y las máximas permitidas transparencias de su delantalito de muselina. Ella realiza con gracia suburbana una versión disminuida de lo que es en general la mujer para el hombre, y hay siempre un atisbo de erotismo y una promesa a desarrollar en el contacto de sus manos, nunca del todo profesionales. El más inepto don Juan, con las manos de la más recalcitrante doña Inés entre las suyas, está en buena posición para ensayar algún avance (análoga oportunidad de seducción, aunque más típicamente argentina, es la entrega y devolución del mate a la cebadora).
Más abajo aún, el lustrador lustra y, también, habla. Habla en cocoliche ítalo-argentino, pues hay una extraña unanimidad de lustradores italianos en las peluquerías. Lustrarse mientras uno se afeita es una manera de eludir esa humillante subordinación de toda la personalidad humana, no digo al pie, sino al zapato, que se produce cuando el transeúnte entra a un salón de lustrar con ese exclusivo fin. Por regla general, el lustrador de peluquería asume el papel de bufón, no sólo por su posición terrera (su oficio es justamente el opuesto al de aviador), sino también por su psicología: sus dichos pintorescos (que los bufos populares extremarán en los tablados de la calle Corrientes), son el eje grotesco de la conversación, así como los del fígaro son el eje serio. El dúo, una descansada versión de las dos carátulas. El lustrador suele jugar, en pareja con el peluquero, el papel del hombre que engrana; acepta ser su partenaire, el objeto de esa tradicional cargada porteña (una pesada especialización de la cachada) que parte del supuesto de que es deleznable el hombre que se apasiona y admirable el que provoca a propósito esa pasión, pero manteniéndose frío, irónicamente fuera de la pugna, no metiéndose sino en la forma.
Transcurrido el tiempo de rigor, el acto barberil se clausura con el pago y la satisfactoria distribución de propinas. Al salir, los habituales negocios ajenos a la peluquería dan todavía al transeúnte otras posibilidades livianas, placenteras: los sedantes cigarrillos, las viriles pipas, o bien el azar bajo la forma de lotería, fichas y cartas. El tiempo peluqueril ha transcurrido aliviante, sin tensión; implacable y lento como el crecer del pelo y barba que precisamente la peluquería tiene por misión contrarrestar. Convenientemente pulido, perfumado, bien armadito, el porteño toma envión y se lanza de nuevo al desordenado movimiento de las bielas ciudadanas.
El autor
CÉSAR FERNÁNDEZ MORENO (1919-1985) nació en Buenos Aires y falleció en París. Hijo de padre poeta y famoso (Baldomero Fernández Moreno) supo distinguirse de él por la temática y el estilo. Publicó entre otros Gallo ciego (1940), Sentimientos (1960) y Argentino hasta la muerte (1963). El texto sobre las peluquerías de Buenos Aires fue incluido por Julia Constenla en su antología Crónicas de Buenos Aires (Jorge Álvarez, 1965).