Poéticas de Milán

La noche que Eduardo Mateo, indigente, pedía limosna en la puerta del céntrico cine Plaza

Un símbolo de lo mejor de la cultura uruguaya, un símbolo en la calle, un músico y poeta en la miseria

Eduardo Milan
Eduardo Milán
(foto Leonardo Mainé/Archivo El País)

por Eduardo Milán
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Cuando a mediados del 79 vi a Eduardo Mateo pedir en la salida del Cine Plaza sentí una sensación muy extraña que no recordaba haberla sentido. Claro que no era ajeno a la realidad uruguaya de aquel momento. Por muchas razones era plenamente consciente. Esas escenas de indigencia eran frecuentes en el Uruguay militar. Pero eso no quiere decir que uno se acostumbre. A la penuria no hay acostumbramiento, ni a la propia ni a la ajena. Pero era Mateo el protagonista de la escena. Para mí Mateo era el gran músico uruguayo de candombe beat. Aparte de un ser real era un símbolo de lo mejor de nuestra cultura: un símbolo en la calle, un símbolo en indigencia. No sé qué hice. Supongo que nada, aguantar el derrumbe interior. Y hoy, cuando releo la gran colocación de Hölderlin de la “Elegía 9” que integra Las grandes elegías, su gran obra antes de la locura, cuando pregunta “¿Y para qué poetas en tiempos de penuria?”, entiendo algo que no pude, en aquel momento de ver a Mateo, entender. Y es el altísimo contraste entre el lugar simbólico otorgado a la obra de arte y el lugar del artista como sujeto productor de ese lugar. No se trata de que “los artistas no deben pasarla mal, es injusto, dado el lugar que tiene lo que producen en el cuerpo social”. Nadie tiene porqué estar en situación de penuria económica. Pero la caída de lo simbólico es lo perturbador, no la repetición de un estado de realidad humana en distintos escenarios. Es como comprobar el lugar de un símbolo cuando se le compara con el lugar miserable que puede tener la realidad. Cuando uno se informa de la “leyenda negra” en torno a la subsistencia de los poetas barrocos españoles —Góngora, Quevedo, sobre todo— o de los pactos o concesiones a las que estaban obligados los artistas bajo el socialismo real, uno concluye en que siempre hubo esa situación problemática. La diferencia con la época actual es, sin embargo, notable. Por lo menos los barrocos tuvieron la suerte post-mortem de ocupar un lugar en la “historia de la injusticia”. Desde antes de los populismos actuales nos hemos acostumbrado a la penuria económica del arte poético como a una “situación natural” dada la materia de lo que se trata. Pero eso no ha servido más que para que el ciudadano medio o de menor nivel económico —retumba la Revolución Francesa que tampoco supo qué hacer con el tema— plantee: “¿y por qué tendrían que tener especial consideración los artistas si hay mucha gente que la pasa mal?” Simplemente porque en algún momento uno puede ver a Eduardo Mateo mendigar o al mayor poeta romántico lamentar la condición indigente a que puede estar sometido un poeta.

Eduardo Mateo por Ombú.jpg
Eduardo Mateo por Ombú (original de tinta sobre papel, coloreado años más tarde con acuarela por el propio Fermín Hontou)
(Archivo El País)

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