Andrea Blanqué
SI EN 1933, en lugar de emigrar a Holanda, Otto Frank hubiera conseguido emigrar al Río de la Plata, tal vez hoy Anna Frank sería una de esas señoras que toman té y comen strudel en el Oro del Rhin de Montevideo. Tal vez su hija menor tendría ahora 74 años y probablemente un marido, algunos hijos y varios nietos. Hablaría en español, no en holandés, y quizás fuera escritora. En su adolescencia montevideana, tal vez hubiese escrito un diario, como tantas otras niñas y púberes, en donde habría volcado y sondeado su "corazón sobre toda clase de cosas".
Pero Otto Frank no tomó un barco desde Hamburgo para atravesar el Océano Atlántico, sino que tomó un tren y llegó a Amsterdam. No adivinó que, apenas un puñado de años más tarde, en 1940, los ejércitos nazis ocuparían también, en una operación relámpago, Holanda, Bélgica, Francia.
UN CUADERNO Y UNA VOCACIÓN. Cuando Anna Frank comenzó a escribir su diario, el 14 de junio de 1942, aún era libre, aunque en un mundo peligroso. Su familia todavía no se había enterrado a sí misma para salvaguardarse en lo que sería más tarde un tristemente célebre escondrijo. La niña cumplía trece años y había recibido como regalo un cuaderno de tapas a cuadros naranjas.
Muy poco tiempo después, el 9 de julio, bajo una lluvia torrencial, Anna se encaminó con su familia al lugar donde estarían escondidos durante más de dos años. En todo ese tiempo el Diario sería una ventana de libertad, un soplo de aire puro en la cargada atmósfera de ocho personas encerradas intentando no hacer ruido para no ser descubiertas. Es fácil suponer que en esta vida bajo presión, conviviendo en la penumbra y el silencio y frente a la posibilidad de la llegada de los nazis, una adolescente redactara un diario como forma de descarga y rebeldía, protestando contra los adultos y confesando sus primeras emociones sexuales.
Sin embargo, antes de entrar al escondrijo, cuando aún Anna iba a la escuela y caminaba por los canales de Amsterdam, en su cabeza de pelo oscuro sonaba una frase que alguna vez había escuchado: "El papel es el más paciente de los hombres". Era, desde siempre, una niña fascinada por las palabras, por la escritura. El encierro, la vida clandestina, no hizo más que acelerar ese don prodigioso que ella sabía tener.
La vocación de escritora de Anna Frank aparece una y otra vez en el Diario: una página entera, que figura con la fecha 4 de abril de 1944, habla de ese sino, de esa condición ineludible. "Quienes no escriben desconocen cuán maravilloso es" dice, con su característico entusiasmo por las cosas que le dan placer, por el mundo que disfruta. Anna reescribía y perfeccionaba su escritura, de ahí la compleja coexistencia de distintas versiones del diario. Era consciente de su capacidad de llevar la vida al papel: "mis descripciones no carecen de agudeza, hay párrafos elocuentes en mi diario". Vivía a los catorce años el drama de todo escritor aún inédito: "Y si no tengo bastante talento para ser periodista o para escribir libros, me queda la opción de escribir para mí misma".
Poseía una condición ineludible del artista, que es el fantasma del futuro, la certeza de la posteridad, la sensación de permanencia de la obra en este mundo transitorio: "Además de un marido y varios hijos, necesitaré otra cosa. Quiero seguir viviendo, aun después de mi muerte. Por eso le estoy agradecida a Dios que, desde mi nacimiento, me dio una posibilidad: la de desarrollarme y escribir, es decir, la de expresar todo cuanto acontece en mí. Al escribir me libero de todo, mi pesar desaparece y mi valor renace. Confío en que algún día podré escribir algo importante, ser periodista o escritora".
MUERTE Y SALVACIÓN. Sin embargo, podría haber sucedido que ese extraordinario documento social y humano que es el Diario de Anna Frank hubiese sido consumido por las llamas. El Diario se salvó de perecer, pero no su autora, quien sucumbió de tifus y seguramente de inanición, junto a su hermana —en 1945— en el campo de concentración de Bergen-Belsen, unas pocas semanas antes de que el ejército inglés lo liberara. La promisora escritora aún no había cumplido los dieciséis años.
Que el Diario de Anna Frank exista y que no haya quedado reducido a cenizas se debe a la maravillosa intermediación de una mujer austríaco/holandesa, Miep Gies y, de algún modo, al mágico azar. Las posibilidades de que el Diario de Anna se perdiera en la nada eran muy altas y, sin embargo, no fue así.
Miep había llegado, en la infancia, desde la hambrienta Viena, a ser alimentada y protegida por una familia adoptiva holandesa. Al crecer, quiso quedarse en Amsterdam y ser una holandesa más. Cuando el señor Otto Frank, en 1933, la tomó como empleada de su oficina, no podía saber que aquella chica rubia y bajita, que sabía hablar alemán afablemente, sería, durante el encierro posterior, la persona clave que actuaría de intermediaria entre el mundo y el escondrijo.
En efecto, Miep Gies y varios empleados y socios de la empresa de Otto Frank (una oficina especializada en productos para fabricar mermeladas), horrorizados frente a la locura antisemita nazi, ayudaron a esconderse y mantenerse ocultos a ocho judíos durante dos años: Otto, su esposa Edith, sus hijas Margot y Anna, un matrimonio con un chico adolescente —Peter— y un dentista.
Paradójicamente, Otto Frank había sido el jefe de sus protectores hasta poco tiempo atrás: era un hombre hábil y cultísimo, muy serio y respetado. De pronto, se convirtió en un fugitivo, con el curioso detalle de que aquel gerente que se había escapado de los nazis estaba allí, muy cerca, detrás de una puerta giratoria camuflada en una estantería llena de biblioratos.
Sin Miep Gies, sin su marido y los colegas de la oficina, el grupo de judíos nucleados alrededor de Otto Frank jamás habría podido ganarle a la vida esos dos años de, valga la contradicción, "libertad encerrada". Anna Frank jamás pierde de vista, ni en los momentos de mayor desesperación que, comparado con los campos de concentración, aquel refugio en los depósitos de una oficina de Amsterdam era un verdadero paraíso.
Recientemente Emecé ha publicado en español un libro que complementa al Diario de Anna y llena sus vacíos, pero no con el tono de un estudioso o un filólogo, sino a través de un testimonio apasionante. Se trata de los recuerdos de Miep Gies, aquella mujer tan común y tan extraordinaria que, no sólo formó parte del grupo de holandeses que protegió y salvó durante dos años a sus amigos judíos, sino que es la responsable directa de la salvación del Diario de Anna Frank.
En efecto, cuando la Gestapo vino finalmente a buscar al "Anexo" —delación mediante— al grupo de judíos escondidos, Miep Gies, que se hallaba trabajando en su oficina, en la parte delantera del edificio, fue encañonada por un policía. No le permitieron moverse en ningún momento. Mientras tanto, allí arriba, sucedía lo tan temido.
Inmediatamente que los "verdes" se llevaron a sus amigos, Miep subió y vio el Anexo presa del caos del saqueo: entre los objetos desparramados, vio tirado el pequeño cuaderno naranja de Anna. Lo tomó. Así, salvó con total conciencia el Diario de Anna, lo ocultó en un cajón sin leerlo, y lo mantuvo allí presintiendo de algún modo que aquello era un texto casi sagrado. Un par de días más tarde la policía vendría a buscar los muebles de los judíos apresados y terminaría de arrasar con todo.
Cuando el papá de Anna volvió de Auschwitz (fue el único sobreviviente de todo el grupo), Miep y su marido lo recibieron no sólo con amor, con su protección incondicional, sino con algo inesperado. Aquella secretaria fiel y eficiente le dejó en las manos el diario íntimo de su hija muerta, aquel cuaderno que la niña escribía durante los dos años del encierro.
Otto se instaló en su despacho, con la puerta cerrada, y así fue leído por primera vez el diario de su hija. Resulta sobrecogedor imaginar los sentimientos de aquel hombre, en aquellas cinco horas de lectura vertiginosa.
EL DIARIO Y LAS MEMORIAS. En Mis recuerdos de Anna Frank, una lúcida anciana, Miep Gies, rememora todo aquello. Es un libro profundamente humano, no sólo por la información que aporta, complementando uno de los documentos más estremecedores de ese negro período de la Historia, sino porque muestra la otra cara de la moneda de la Guerra. Así como miles y miles de hombres se dedicaban a matar, destruir, torturar, robar y delatar, había también millones de seres humanos intentando preservar el amor, el trabajo, la paz y el alimento. Miep Gies fue una de ellos. Su marido era miembro de la Resistencia Holandesa. En el libro se citan multitud de personas que ayudan, que dan de comer, que curan, que esconden perseguidos. También gracias a esa gente pudo escribirse y leerse el Diario de Anna Frank.
MIS RECUERDOS DE ANNA FRANK, de Miep Gies, Emecé, Buenos Aires, 2003. Distribuye Planeta. 256 pág.
Controversia
La autenticidad del Diario de Anna Frank fue discutida y finalmente confirmada. Una extensa nota sobre esa investigación fue publicada en este suplemento, No. 167, de enero 1993.