La intérprete de los niños

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Laura Gandolfo

FRANÇOISE DOLTO fue la mujer que revolucionó la técnica psicoanalítica infantil en Francia. Pero antes debió sobrevivir al odio de una madre desequilibrada y a la despiadada educación burguesa y culpabilizadora de principios del siglo XX. "Eres un monstruo. No puedes hacer nada, está dentro tuyo", solía decirle Suzanne Marette a su cuarta hija, Françoise Marette, nacida en 1908 en París. Después de la muerte de su hija primogénita Jacqueline, Suzanne, ama de casa reprimida y misógina, vio agravada la melancolía que la aquejaba ahora con crisis casi alucinatorias en las que gritaba "víboras" a sus hijos.

Nombrada miembro adherente de la Sociedad Psicoanalítica de París en 1939, Françoise Dolto obtuvo gran reconocimiento después de 1950 y realizó aportes fundamentales al trabajo con niños y psicóticos, aunque nunca fue partidaria de que sus teorías hicieran escuela. Este fue uno de los factores que la diferenciaron de su colega Jacques Lacan, hombre preocupado por el brillo intelectual de teorías eruditas.

Dolto, en cambio, prefería sumergirse en el trabajo clínico para aliviar el sufrimiento de sus pequeños pacientes. Quería devolver sentido a las vidas desarraigadas de niños huérfanos o rechazados y explicar a los padres los motivos del padecer infantil. Las anécdotas reunidas en el libro de memorias Infancias son claves para entender el genial desempeño de esta analista que mezclaba el tajante sentido común con las acertadas interpretaciones.

NIÑA INMORTAL. Françoise tenía 12 años cuando Suzanne le pidió que rezara para curar el cáncer óseo de su hermana Jacqueline. La joven murió de todos modos a los pocos meses, a los 18 años de edad. "¿Ves? No has sabido rezar", dijo su madre a Françoise. "Me sentí totalmente culpable, y mi madre me lo confirmó. (...) No quiso verme durante quince días: no por la ineficacia de mis rezos, sino porque yo era su otra hija", relata Dolto en Infancias.

Françoise era una niña traviesa, baja, gordita y de cabellos castaños, al igual que su madre. La glamorosa Jacqueline en cambio, era rubia, alta y de ojos claros. Reunía los rasgos físicos de los amores infantiles de los Marette: se parecía al padre de Suzanne y a la hermana preferida de su esposo, Henry Marette.

Cuando murió Jacqueline, Suzanne pidió a Françoise que leyera libros de espiritismo para ayudarla a comunicarse con ella en el más allá. No descansaría y tampoco daría tregua a Francoise hasta que Jacqueline volviera de entre los muertos. Atemoriza a la hija, convertida a los doce años en su única confidente. Ahora bien, una situación como ésa es un frecuente preludio de la vocación de psicoanalista: las confidencias de una madre a un hijo demasiado chico para soportarlas, demasiado cercano para rechazarlas, señala con lucidez Jean-François de Sauverzac, discípulo amigo de la analista y autor de una excelente biografía de Dolto.

Dolto se convirtió primero en enfermera y luego en médica. Esta vocación por profesiones asistenciales, en las que se sanan las heridas del prójimo, tenía que ver con su necesidad de expiar las culpas inoculadas por la violenta educación victoriana en una niña con un espíritu inquieto.

La psicoanalista que pudo comprender las fantasías y lógicas infantiles nació de la niña desobediente que mentía y hacía preguntas impertinentes. La niña inmortal que fue durante toda su vida le permitió hablar de igual a igual con los más pequeños y los más "locos".

AMAR LO MISTERIOSO. Además de relatar anécdotas, Infancias contiene deliciosas reflexiones sobre las vivencias infantiles. La propia Dolto dice haber pertenecido a un tipo de niño "poeta" que se forma a partir de la primera desilusión del chico al darse cuenta de las limitaciones de los grandes para explicar la muerte. Desde ese momento hay niños que "simulan comprender todas las pequeñeces de cada día para interesarse en eso y huir, como los grandes, o bien permanecen en estado de poetas, y todo lo misterioso forma parte de lo que los hace vivir: aman lo misterioso, lo que no se puede tocar, lo que no se comprende".

Dolto había atravesado el umbral de los 70 años y seguía respondiendo qué deben hacer los adultos con las preguntas difíciles de los niños. Las más escabrosas tienen que ver con la muerte. Cuando ya había fallecido su marido, el médico kinesiólogo ruso Boris Dolto, la psicoanalista decía que morir es "ser esperada en otro lado". "Es eso vivir, con ese límite que le da sentido a la vida (...) Cada uno de nosotros sabrá cuándo habrá terminado de vivir. Los demás dirán que está muerto, pero el que muere, muere de haber vivido tanto que ya no hay de qué vivir", afirma en "Hablar de la muerte", una conferencia publicada recientemente por editorial Trilce.

Los fallecimientos de seres queridos marcaron la niñez de Dolto. La tapa de Infancias la muestra a los dos años con una cara redonda que insinúa una sonrisa cómplice, típica de los niños que anhelan descubrirlo todo. En el interior del libro hay otra foto casi idéntica. Pero han pasado ocho años y no hay rastros de aquella sonrisa. La mirada se pierde, vacía. Es un rostro marcado por la muerte de las ilusiones.

La baja en el frente de batalla de su tío-padrino-novio Pierre durante la primera guerra mundial dejó huellas lacerantes en Françoise. Con sólo ocho años se sentía la viuda de guerra de Pierre Demmler, un hermano de su madre, capitán de un batallón de cazadores alpinos que murió en 1916 luego de mantener con la niña un "noviazgo" por carta y jurarle casamiento a su regreso. La familia alentaba las ilusiones de compromiso y la niña estaba convencida de la veracidad de su tío. "Durante todo ese período la marcó la germanofobia, el racismo y el antisemitismo que eran el pan espiritual de su familia", señaló la historiadora Elisabeth Roudinesco.

AÑOS DE NADA. Infancias se construye en un diálogo con su hija Catherine Dolto, quien alienta a la casi octogenaria psicoanalista a hablar con su particular frescura. Relata cómo su acceso a la adultez fue marcado por los valores de la gran burguesía francesa que predestinaba a la mujer al matrimonio y la maternidad. Además de casarse y ser madre de tres hijos, Françoise se las arregló para perseguir otras pasiones.

Su padre, Henry Marette, tuvo un papel importante en esto. Ingeniero metódico obsesionado con el ahorro, a veces aterraba a sus hijos con accesos de cólera o enigmáticos silencios. Sin embargo, era un hombre de gran curiosidad intelectual que alentó a la niña a acercarse al conocimiento. Ella por su parte no se demoraba en responder con hechos: a los ocho años fabricó un aparato de radio, luego que Henry la llevara a una conferencia sobre las ondas Marconi. La anécdota marcó el preludio de su pasión por la radio.

Henry traía al hogar publicaciones de ciencia e historia y puso en manos de Françoise el primer libro sobre psicoanálisis. Incluso le sugirió que hiciera una cura psicoanalítica, que comenzó en 1934 con René Laforgue. Tres sesiones semanales durante tres años alcanzaron para transformar a Francoise en otra mujer. La inclemente guerra materna redundó en severas perturbaciones. "Obsesionada por un principio de obesidad, invadida por pulsiones violentas, era incapaz de encarar la menor relación con un hombre, pensar en una verdadera profesión o construirse una identidad", describe Roudinesco.

En sus años de análisis pasó por momentos de depresión en los que anotaba "nada" en la agenda, tenía problemas para asumir su feminidad y las relaciones amorosas le eran ajenas: dejó de ser virgen después de los 30. Françoise cargaba con la cruz de las culpas que su madre le endilgaba. En terapia consiguió valorizar su feminidad y alcanzar una imagen de sí más positiva y cercana a la realidad. También terminó por aceptar las sugerencias de Laforgue de que trabajara con niños.

Alejada de los intereses sexuales y frívolos, la joven Françoise se dedicó a los quehaceres manuales e intelectuales. Buscaba el reconocimiento de talentos como la cerámica, en la que dibujaba lechuzas con ojos muy grandes, nada casuales.

Cuando era adolescente hacía anuncios publicitarios y su pasión infantil por los periódicos se transformó más tarde en la atracción por la radio y la televisión de los que hizo uso intenso para divulgar el psicoanálisis. Crecer sin libertad para pensar ni hablar fue motivo suficiente para convertir a la niña en una mujer ávida por comunicarse.

LA MUÑECA-FLOR. Su historia infantil la dejó con una especie de minusvalía, confiesa en Infancias. "Hay algo extraño en mí, que la gente me reprocha sin saberlo, es que en efecto es un poco aberrante, esta falta de maldad. Hay una falta de imaginación para suponer la maldad, o una falta de agresividad frente a los demás, en mí. Es como una enfermedad. Me siento siempre lista para comprender el punto de vista o las motivaciones de los otros: lista para cooperar, pero no para rivalizar", relata.

Esta bondad imposible la llevó a pensar vías para expresar la agresividad humana que puede causar síntomas más o menos severos. Finalmente inventó la "muñeca-flor", un artilugio técnico que servía para descargar el odio, la rabia, lo que no se puede decir de los afectos.

Este híbrido simbólico, a medio camino entre vegetal y humano, fue creado en los años ’40, cuando atendía a dos de sus pacientes más célebres: Bernardette, una niña psicótica con fantasías destructivas que gritaba sin articular palabras y Nicole, una niña que tampoco podía hablar.

El cuerpo de la muñeca-flor era de tela verde y en lugar de rostro tenía una margarita artificial. Este objeto "catalizador" era un chivo emisario, un blanco de proyección de las pulsiones agresivas no toleradas y servía para tratar tanto a niños psicóticos como a adultos esquizofrénicos.

Dolto siempre fue perceptiva a las formas de maltrato que los adultos infligen a los niños al menospreciar su inteligencia o sensibilidad. Cuando comenzó la primera Guerra Mundial la familia Marette se encontraba en Deauville, un balneario cercano a París que su padre visitaba los sábados en el "tren amarillo", el tren de los "cornudos". Françoise era castigada cuando festejaba su llegada. "Los amantes de las mujeres venían a visitarlas durante la semana y yo no sabía lo que significaba y repetía: ’vamos al tren amarillo’. Para mí, el tren amarillo era el tren de los papás. (...) Es extraño que nunca me lo hayan explicado, yo seguramente habría guardado el secreto", reflexiona Dolto.

Durante la guerra Françoise ejercitó a la fuerza la paciencia, la habilidad manual y la inventiva. Su abnegada madre se hizo cargo de una sala de heridos de guerra y la niña debía hacer bufandas para los soldados. "Los echarpes tenían un metro, metro veinte de largo; (...) A la noche los ataba con agujas dobles o con horquillas para el cabello en la tela de los sillones y tiraba del tejido para que se estiraran hasta un metro veinte, y los mojaba para que se extendieran; pero al secarse volvían a ser pequeños, a veces se desenganchaban o los sillones se caían, y al día siguiente había sillas tiradas". Si no cumplía con la tarea le decían que "había un pobre poilu —soldado francés— en las trincheras que estaba esperando mi echarpe y que moriría de frío (...). Era un poco sádico tratar así a un chico", recuerda la analista.

Los métodos educativos eran salvajes, humillantes. "Nuestra institutriz recapitulaba el día con todo lo que yo había hecho mal: una larga lista. Y lo que había hecho bien: nada de nada", cuenta en Infancias. En una oportunidad en que la niña ofendió a su abuela materna debió comer durante un mes en una especie de pelela sobre una alfombrilla con las iniciales WC.

OJOS DE LECHUZA. La pequeña Françoise sobrevivió a la opresión familiar llevando al máximo su capacidad para observar y comprender. Este predominio de lo escópico (la pulsión de mirar) no la abandonó nunca y fue la base de su excepcional mirada clínica. Esta avidez por ver no era casual. Dolto pudo reconstruir en su análisis, con datos proporcionados por la madre, un hecho traumático que la llevó a tener los ojos azorados ante la vida, siempre alerta, como los de las lechuzas que dibujaba. Unos sueños recurrentes en los que aparecía una calle de París, una cortina de cabellos rojos perfumados y copas de champagne hicieron que interrogara a Suzanne. Ésta, atónita, le contó que hasta los ocho meses de vida estuvo a cargo de una niñera irlandesa cocainómana que usaba los vestidos y las alhajas de Suzanne para visitar un prostíbulo de lujo.

Un día siguieron a la nodriza y vieron el cochecito de la pequeña Françoise en la puerta del lupanar. La niñera fue devuelta a Irlanda y Françoise, quien la extrañaba mucho, sufrió una bronconeumonía doble. Dolto solía contar, en un esfuerzo de redención de una madre terrible, cómo Suzanne la rescató de una muerte segura cobijándola durante toda una noche.

Esta angustiosa enfermedad que puso en riesgo su corta vida la volvió hábil para "leer" el sentido inconsciente de los padecimientos En libros de divulgación como Trastornos en la infancia, Dolto se refiere a los significados inconscientes de afecciones como los disturbios del sueño, la enuresis y la anorexia. Dolto también tenía gran pericia para descifrar los dibujos infantiles, habilidad que le sirvió para tratar a niños con mutismo casi total.

Gracias a su trabajo en instituciones de asistencia pública con niños psicóticos, autistas y huérfanos Dolto tuvo una amplia experiencia que volcó en el relato de sus casos y en sus propuestas técnicas.

Una de las innovaciones técnicas doltonianas fue la inclusión de los padres al comienzo del tratamiento, lo que permite recabar exhaustivos datos sobre el niño y la familia. Durante los últimos 15 años de su práctica instauró el "pago simbólico" por el cual el niño o adolescente le entrega al analista una piedra, un boleto o una chapita. El recurso resultaba particularmente fecundo con chicos huérfanos. El objetivo último de la analista era humanizar el vínculo terapéutico, en este caso con niños que se sentían no queridos, sin derecho a transferir en la analista el amor y el odio.

A contrapelo de lo que suele pensarse del psicoanálisis —que solamente funciona con un proceso lento y extenso—, Dolto se caracterizó por su excelencia para los casos graves con intervenciones relámpago que desterraban síntomas rápidamente. Esto fue particularmente útil en el trabajo con bebés: entendía las razones del dolor de los lactantes que dejaban de comer luego de ser abandonados o porque sus madres estaban deprimidas.

Dolto prestaba palabras a quienes todavía no podían articularlas para inscribirlas en un orden simbólico que adjudicara sentido a las emociones y las pulsiones agresivas. Permitía así que estos bebés se hicieran cargo de su deseo de vivir. "No es desvalorizante haber tenido padres que no pudieron asumir un hijo más allá de su nacimiento, y después lo abandonaron. Pero el niño es el objeto de las proyecciones desvalorizantes de los otros. Casi se podría decir que están celosos de que un niño pueda vivir sin padre y sin madre", dice Dolto, con estilo desafiante. Contar la verdad sobre los orígenes de un niño es restituirle su narcisismo, su amor propio.

En una conferencia de 1984 Dolto relató el caso de una bebé de 15 días que no quería ser amamantada "por ayudar a su madre". La mujer que la dio a luz se angustió mucho por el fallecimiento de su propia madre ocurrido dos años antes. Sin ella le estaba resultando difícil hacerse cargo de su prole. "Le dije entonces a ese bebé que había perdido ya una cantidad considerable de su peso de nacimiento y que era como una ratita anidada en su madre, que su nacimiento había hecho notar a su madre cuántas dificultades había, que estaba inquieta por sus otros hijos, y añadí: si haces como si estuvieras todavía en el vientre de tu madre, es decir, si finges que no tienes necesidad de mamar, no arreglas las cosas. Tú crees que las arreglas, pero eso no es verdad". Para asombro de su madre, la niña comenzó a alimentarse al poco tiempo.

ROSTRO IMPOSIBLE. El caso Dominique es un texto paradigmático que muestra el estilo de trabajo de la analista. Para lograr la primera sintonía con el paciente apelaba a interpretaciones directas, intuitivas, con palabras que resonaban de manera clara y veraz.

"Yo no soy como todo el mundo, a veces al despertarme pienso que me ha ocurrido una historia verdadera", dijo Dominique de manera enigmática en su primera sesión. "Qué te ha vuelto no verdadero", le replicó Dolto, apelando a las vivencias de irrealidad características de los trastornos psicóticos. El chico le preguntó cómo ella podía saber eso. Otra vez la mirada: "No lo sé, lo pienso al verte", dijo la analista. "Tenía un rostro que no era posible, un rostro que no era verdadero", le comentó Dolto a de Sauverzac.

Este joven de 14 años atendido por Dolto en 1964 tenía tendencias esquizofrénicas graves, retraso escolar e incontinencia urinaria y de esfínteres. Dolto constató que Dominique se retraía para protegerse de un ambiente familiar incestuoso y consiguió trabajar los síntomas más graves, pero el tratamiento se interrumpió al año cuando el padre se negó a seguir pagándolo.

La analista relató que volvió a ver al joven cuando la madre vino a buscar un certificado de internación por la homosexualidad de Dominique. Dolto disuadió a la mujer de hacer la internación y alentó al muchacho en su gusto por la cerámica. Con el dinero que obtuvo con la publicación del caso y sin que Dominique lo supiera, financió su estadía en un taller de cerámica. Tiempo después regresó al hogar materno donde fue literalmente enclaustrado por su madre para protegerlo —nuevamente— de su homosexualidad.

ETICA Y RELIGION. Dolto sentía una intensa fe cristiana y simpatizaba con las filosofías orientales. Esta atracción por lo desconocido la ayudó a tener una cabal comprensión de las vivencias psicóticas: podía creer en los "mundos paralelos" del psicótico donde los muertos pueden hablar. Cuando en sus primeros años supervisó el caso de un arquitecto que hablaba con una voz alucinatoria, Dolto le aconsejó al terapeuta que formulara una simple pregunta: "¿la voz de quién?" "La voz de mi hermana", respondió el paciente. Se trataba de una hermana que falleció cuando él era pequeño y cuyo duelo no pudo procesar.

Las principales metas de la práctica de Dolto fueron la psicoprofilaxis y la prevención de la patología mental. En 1979 fundó la primera Casa Verde en París, una institución que se extendió a varios países y que recibe a niños menores de tres años con sus padres para trabajar sobre el ingreso al jardín de infantes y prevenir posibles traumas.

Dolto fue una militante por "la causa de los niños, una postura ética que tuvo como premisa principal considerarlos personas con derechos propios. El primer derecho del niño es saber la verdad, decía la analista a quien de pequeña le dijeron que los bebes nacen de cajas enviadas por el Sagrado Corazón de Jesús a la tierra.

Dolto sostenía que el contexto psicoanalítico es el ámbito ideal para comunicar las verdades difíciles que avergüenzan o entristecen a los adultos. La anciana-niña que terminó siendo Françoise Dolto conoció los efectos del secreto y la tergiversación sobre la sensibilidad infantil. Por eso nunca dejó de crear espacios para comunicar las historias familiares que estructuran la identidad humana, permitiendo un desarrollo más auténtico y libre.

INFANCIAS, de Françoise Dolto, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2001. 121 págs.

FRANÇOISE DOLTO. Itinerario de una psicoanalista, de Jean-François de Sauverzac, Colección Personas. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1998. 490 págs.

TRASTORNOS EN LA INFANCIA. Reflexiones sobre los problemas psicológicos y emocionales más comunes, de Francoise Dolto, Guías para padres Paidós, España, 1997.

EL NIÑO EN LA CIUDAD, La ciudad y el niño, El niño y la fiesta, Hablar de la muerte, de Francoise Dolto, Serie del Mundo de Ediciones Trilce, Montevideo 2002, 94 págs.

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