La escritura o la vida

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EUSEBI LAHOZ (desde Barcelona)

CADA NUEVO libro de Enrique Vila-Matas es un reto para el lector y para el autor. En esta ocasión se trata de un título enigmático, lleno de personajes al borde de un precipicio.

FECUNDIDAD DEL VACÍO

-Exploradores del abismo es un libro de relatos. ¿Cómo es que ha vuelto al cuento?

-Porque todo tiene un límite. Después de la trilogía, que algunos han llamado de la antología de la escritura (París no se acaba nunca, El mal de Montano, Doctor Pasavento), me vi en un callejón sin salida. Me encontré al borde de un abismo y empecé a dar vueltas a un título, éste, y descubrí que yo también soy un explorador de mi propio abismo. Así que los cuentos surgen del título… El cuento me distanciaba de la novela, lo cual es muy importante. Hay que separarse de lo anterior, incluso, a menudo, odiarlo.

-Pese a ser un libro de cuentos mantiene gran coherencia temática.

-Todo gira en torno a la idea de dar contenido al vacío. Cualquier historia que me contaras que te ha pasado podría conectarse con la idea de vacío. Es una carta segura. Si en lugar de "vacío" la palabra fuera "alfiler" sería más complicado.

-Y más delgado…

-Mucho más, (el libro, quieres decir ¿no?) (se ríe). Ahora que todo en el mundo está conectado se pueden poner en juego desafíos de lo más contradictorios.

-Después de leer lo suyo con la artista plástica francesa Sophie Calle (el cuento "Porque ella no lo pidió"), queda clarísimo. Ese relato hubiera sido imposible sin Internet.

-La historia con Sophie Calle es totalmente cierta. Recibí una llamada suya. Me dijo que tenía algo que proponerme pero que tenía que ser en directo. Nos encontramos en el Café de Flore (París). Me comenta que está en un callejón sin salida… Menuda casualidad, pensé, y, como sabe mi interés por mezclar literatura y vida, me propone un año de conexión… Que le escribiera una historia para que ella misma la viviera. Enseguida puse manos a la obra. Me pareció un gran inicio. Luego vinieron complicaciones, demoras, ahí empecé a sospechar… tal vez me iba a arrebatar la escritura.

-Los personajes utilizan Google y se envían e-mails con frecuencia, ¿qué le aportan las nuevas tecnologías a la hora de crear?

-Vienen muy bien, sin duda. En París no se acaba nunca necesitaba una información sobre un director, Benoît Jacob, y nadie era capaz de decirme nada. Sin Internet hubiera sido imposible.

-Los viajes están muy presentes en este libro y en el resto de su obra. Además, usted no para de viajar. ¿Qué representa el viaje en su obra? ¿Existiría la literatura sin el viaje?

-La mayoría son viajes mentales. Es cierto que mi vida se divide entre viajes y Barcelona. Narro muchos viajes, pero imaginarios. A la hora de escribir me cuesta reproducir la realidad. El viaje es muy importante en la literatura, permite acotar el espacio, porque siempre hay un arranque y un final. Por ejemplo, París no se acaba nunca es un viaje de dos años. Sabía cuándo llegué y cuándo me marché. Si hubiera tenido que hablar de los años ochenta no hubiera podido, pues esa época no la tengo cerrada.

-Pero para trabajar lo hace aquí. En este rincón, rodeado de libros, fetiches y frente a la pared.

-No podría escribir en otro lugar. Cuando viajo tomo notas. Las ideas surgen cuando sales, estás más abierto. Pero no trabajaría jamás en otro espacio que no fuera mi escritorio, no podría, por ejemplo, ir a trabajar a un bar.

-Le quedarían lejos los libros, los amuletos. Este llavero con el cuadro de Munch "El grito" es fantástico.

- Me encanta. Lo traje de Estocolmo, del Museo de Arte Contemporáneo. Cuando volví a esa ciudad fui a comprar otro, pero ya no quedan, ya no hacen más.

-Desde aquí (en el sofá) se ve el mar.

-A lo lejos, ¿eh?

-Sí, pero se ve… no obstante, desde su mesa, no.

-Es que una buena vista no ayuda. Si hubiera puesto la mesa ahí donde estás tú, toda mi obra hubiera salido diferente. Una vez conocí a un joven de familia muy rica que quería escribir. La familia le construyó un espacio maravilloso, circular, con vistas al mar… luego se sentaba a escribir y no salía nada.

-Entonces es de los que prefiere el trabajo antes que la inspiración.

-Creo que eso de la inspiración ya está pasado de moda. Tabucchi decía que las musas también tienen sindicato y se ponen en huelga.

LA FELICIDAD Y SU RIESGO.

-En sus personajes hay cierta desolación. Hay frases (en el cuento "Materia oscura", por ejemplo) como "todo en la armonía general parecía haberse desbaratado". ¿Ve la felicidad como algo frágil?

-Es que la felicidad es algo inquietante, e indeseable. Cuando es plena inquieta porque de un momento a otro se va a escapar. Es mejor la serenidad. La felicidad lleva consigo la proximidad del final… al igual que la absoluta infelicidad tampoco es buena, no te asustes… ¿quieres agua?

-Vale.

(En ese momento suena el timbre. Como Vila Matas anda por la cocina me pide que abra la puerta. Un mensajero me tiende un inmenso paquete. El remitente es Anagrama. Vila Matas lo ve y se le enciende en la mirada: "Son los libros". Rápido, impetuoso, atropelladamente, como un niño que destapa los regalos de Reyes, desembala la cinta adhesiva y el entusiasmo se instala en su rostro al palpar por vez primera un ejemplar de Exploradores del abismo. Nos regala uno, encantado.)

-En la mitad del libro aparecen varios micro relatos. ¿Cómo se lleva con ese género?

-Me gusta. Ya lo había cultivado antes. Estos microrelatos están muy trabajados. Me parece divertido calcularlos cuidadosamente. La historia del viejo profesor ("Vacío de poder") es la esencia del libro.

-También hay mucho cine. En el cuento "El día señalado" (una pieza de orfebrería, perfecta) tienen mucha importancia la cámara y el cine.

-Sale la película El Álamo (de 1960, producida, dirigida e interpretada por John Wayne). La idea del cuento viene de lejos. Nos fuimos de vacaciones a Veracruz. Allí empecé a tomar notas, pues nos pilló la amenaza de un ciclón. El cine ha influenciado mucho a toda mi generación. Una vez leí un reportaje en el que numerosos escritores confesaban su aprendizaje con el cine. Entonces escribí un libro, Nunca voy al cine (Laertes, 1982) cuyo personaje nunca había ido al cine, pero muchas situaciones que vivía eran de película, y él sin saberlo.

-¿Nunca va al cine?

-Aquí, como mucho, dos veces al año, y de incógnito (risas). Es que me da vergüenza… desde que escribí ese libro, temo que me descubran. Voy más en el extranjero. Cuando salgo, aprovecho. Las posibilidades de ser descubierto son menores.

-Lo suyo es de película.

-Además, no sé, es que vivo en un mundo tan de ficción, que luego ir al cine como diversión, me parece redundante. ¿Y sabes qué? Aquel libro sólo tuvo una crítica. En la página de reseñas de una revista cultural salía mi libro y los datos… y debajo la crítica de una sola frase: "Usted se lo pierde" (risas de nuevo).

-¿Viviría lo que ha escrito?

-Sería divertido… además desaparecería mi escritura. A veces escribo cosas y luego me pasan. Hay que ir con mucho cuidado con lo que se dice y se escribe porque puede pasar. Otras veces dejo escrito antes de irme lo que voy a hacer.

-El narrador de "Porque ella no lo pidió" confiesa que "La literatura siempre será más interesante que la vida" ¿lo corrobora?

-Lo sostengo, sí, pero es relativo. A veces la vida puede ser mucho más interesante, depende de qué lectura sea… Pero sí que es indudable que la literatura puede ser mucho más agradable que una de esas comidas en el campo aburridísimas en compañía de… bueno, mejor no digo con quien.

-¿Mantiene el mismo entusiasmo que cuando empezó a escribir?

-Tengo más entusiasmo ahora. Cuando empecé, escribir era una coartada, la excusa ante mi padre. Entré en la literatura porque era una manera de hacer algo. Inconscientemente, con el tiempo ha ido aumentando mi pasión. La literatura es un lujo. Por un euro puedes comprar un libro de Shakespeare.

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