La decencia como mínimo

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VEINTICINCO siglos de reflexiones sobre el bien y el mal no pueden haber pasado en vano. Así lo creen Graciela Vidiella, doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, y Osvaldo Guariglia, Doctor Philosophiae por la Universidad Eberhard-Karl de Tübingen, Alemania. Este Breviario de ética es una propuestadensa pero didáctica, seria pero clara, actualizada para universitarios que no portan meramente su título, empresarios responsables y lectores no especializados pero exigentes.

Claro que esto no es un manual de autoayuda. Los autores no se hacen demasiadas ilusiones al explicar los distintos fundamentos de las doctrinas éticas, ya se trate de clásicos como Aristóteles y Kant, o de filósofos más recientes, como Alasdair MacIntyre, John Rawls o Richard Hare. Pero precisamente ese pensar atento a la experiencia y la abrumadora crueldad del mundo es lo que genera más expectativas. Por ejemplo: "El amplio reconocimiento que la necesidad de establecer con claridad normas de conducta para el ejercicio de la actividad profesional ha logrado, no demuestra que se haya progresado en el respeto efectivo de esa reglas, como la reciente crisis financiera y bancaria, producida por inescrupulosos directivos de las más grandes instituciones (...) ha suficientemente demostrado".

Si las normas en general son apenas emergentes marginales de relaciones de poder previas, o al contrario, constituyen aspiraciones que una vez formalizadas dan mayores chances al David de la moral, en la lucha con la bestia de Goliath, que todos llevamos dentro, es un problema de varias pipas. El escenario puede plantearse de modo aun más inquietante si se considera que la ética, que tiende a actuar por autoconvicción, es más frágil que el Derecho, que tiene al menos la compañía de la sanción. Y si incluso las normas legales son violadas pese a las penas asociadas a su incumplimiento, parecería que la influencia de la ética es casi nula en el mundo real. Un ejemplo de ello lo configura la prohibición de la tortura. El Artículo 7 del Acuerdo Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos estipula que "nadie será sometido a torturas ni a penas por tratos crueles, inhumanos o degradantes". Es triste pensar que esa norma entró en vigor en 1976, el mismo año en que fueron asesinados los ex parlamentarios uruguayos Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini, quienes precisamente luchaban a favor de los Derechos Humanos y habían denunciado "torturas, tratos crueles, inhumanos o degradantes". Contra toda la resignación que podrían destilar los anteriores reparos, el Breviario de Guariglia y Vidiella destina trece capítulos para remontar la tentación de abandonar la pelea.

La primera parte del libro señala algunas bases de la disciplina: conceptos, métodos, lenguaje, tipo de argumentos usados para emitir juicios morales, procedimientos de decisión y peculiaridades del conocimiento moral. La segunda parte se concentra en dos grandes estrategias éticas: las deontológicas y las teleológicas. Por último, la tercera parte aborda algunos ámbitos clásicos o muy en boga de la ética aplicada (la felicidad, el derecho a la salud, globalización y Derechos Humanos). Sería aconsejable para una próxima edición del Breviario la incorporación de las ideas ético-políticas del montevideano Carlos Vaz Ferreira (1872-1958), quien se adelantó varias décadas a la mayoría de los teóricos de la búsqueda de "mínimos" en Sobre la propiedad de la tierra (1918) y Sobre los problemas sociales (1922). Por motivos inefables, parte de la academia es reticente a admitirlo.

Más en general, a la cuidadosa exposición, palmo a palmo, minuciosa, de las sutilezas de cada nombre grande de la historia filosofía, el Breviario rega el tono de ese tipo de expositor o profesor que no intenta en absoluto agradar a su auditorio (Tomás Abraham, hombre afortunado que asistió a las clases de Michel Foucault, recordaba de ese modo al pensador francés). Resultar como "políticamente correcto" no parece interesar en absoluto a la dreupla autoral. Por ejemplo, cuando se quejan con una mueca de desagrado: "No todos los desarrollos contemporáneos de la virtud han recreado a Aristóteles. Hay quienes, como la filósofa británica Phillipa Foot, renegando de la idea de razón práctica, optaron por inspirarse en la escuela de los sentimientos morales de Hutcheson y Hume". Es más, no les perturba en lo más mínimo lanzar desde las primeras páginas este uppercut a las modas posmodernas todavía hegemónicas hoy en día: "Por la repetida interacción con estudiantes los autores son conscientes de que tanto el escepticismo como el relativismo moral que se cultiva en general en la cultura filosófica de lengua española y, lamentablemente, también en la enseñanza tanto secundaria como superior, son un duro obstáculo que es necesario superar, si el expositor, sea como docente o como autor, quiere ser atendido y comprendido". Varias décadas de enseñanza en las universidades de La Plata, Buenos Aires y del Litoral avalan esta imperdible, adusta y muy sólida invitación a la ética de los autores, sin "prevenciones ni prejuicios", incluso los de aquellos que se jactan de no tenerlos.

BREVIARIO DE ÉTICA, de Osvaldo Guariglia y Graciela Vidiella. Edhasa, 2011. Buenos Aires, 251 págs. Distribuye Gussi.

El caso de la salud

ALLEN BUCHANAN, filósofo de ascendencia marxista que participó en la confección de Securing Access to Health Care, defiende un decent minimum al cuidado de la salud, pero no como un derecho sino como un deber de beneficencia (o caridad) al que entiende como una obligación colectiva que debe coordinar el Estado.

Si bien existe consenso entre los especialistas en defender un derecho a un mínimo decente a la atención de la salud, hay, también, un gran desacuerdo respecto a su contenido. Pese a ello, cualquiera podría admitir que dicha idea involucra estos dos aspectos: el decent minimum es relativo a cada sociedad, es decir, su contenido dependerá de los recursos sociales disponibles, así como también de cierto consenso otorgado por los ciudadanos; en segundo lugar, resulta una idea atractiva porque evita afirmar un derecho igualitario en sentido fuerte, en cuyo caso todas personas, sin discriminación y acorde con sus necesidades, tendrían derecho a usufructuar de todos los servicios disponibles.

Reconocer un derecho implica admitir que su infracción justifica sanciones o acciones coactivas a fin de forzar su cumplimiento. De manera que afirmar un derecho al decent minimum es más fuerte que afirmar que todos deberían tener acceso por lo menos a cierto mínimo, y que cualquier sociedad debería proveerlo siempre y cuando no le demandase excesivos sacrificios. Debido a la fuerza moral que posee el concepto de derecho, otorgar ese carácter al decent minimum al cuidado de la salud, requiere una explicitación y delimitación de su contenido, en qué casos resulta lesionado y qué relación guarda con otros derechos. Sólo una teoría general de la justicia, que provea de principios de los cuales derivar derechos y establezca criterios para jerarquizarlos, podría satisfacer los requisitos antedichos.

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