Hugo Fontana
ALMA MARIE Schindler, Alma Mahler, Alma Gropius o Alma Werfel, según fuera su marido, nació en Viena en 1879 y murió en Nueva York en 1964. Su padre había sido pintor y falleció cuando ella tenía 13 años. Su madre, Anna von Bergen, volvió a casarse poco después con uno de los alumnos de su esposo, Carl Moll, también artista plástico. Creció, pues, en el por aquel entonces centro cultural de Europa, rodeada de creadores que estaban imprimiendo un nuevo rumbo al arte en todas sus expresiones. Seductora por naturaleza, ya en su temprana juventud estableció un verdadero sistema de flirteos con todos aquellos personajes que visitaban la mansión familiar. El primero y más importante de ellos con el pintor Gustav Klimt, el autor de El beso y líder de lo que dio en llamarse la Secesión vienesa, un grupo de artistas fundado en 1897 que, entre otras actividades de divulgación, publicaba un periódico llamado La Sagrada Primavera.
Era una época febril, en la que arte, diseño e industria parecían congeniar más de lo previsible. Se consolidaba una fuerte tendencia al minimalismo en el área de la arquitectura, de la gráfica y de la plástica que parecía ir aprontando esa segunda revolución industrial del siglo XX: la producción en cadena. El lema central de los secesionistas era "La forma sigue a la función", y también comenzaba a aplicarse al terreno de la literatura, en el que descollaba Karl Kraus, quien sostenía que "quien puede escribir aforismos no debe publicar artículos". La lucha contra el oropel era bandera.
Tras dos o tres romances platónicos, Alma, quien a los veinte años medía 1.78 metros y hacía gala de componer algunas piezas musicales de dudoso valor, conoció a Gustav Mahler, músico y compositor de origen judío que había asumido la dirección de la Ópera de Viena tras una forzosa conversión al catolicismo. Mahler era veinte años mayor que ella y apenas llegaba al 1.65 metros de altura. Se casaron el 9 de marzo de 1902. Ese mismo año nacería la primera de sus dos hijas, María, quien habría de morir cinco años más tarde a causa de una escarlatina complicada con difteria, y en 1904 Anna, que se dedicaría a la escultura. En sus primeros años el matrimonio fortaleció a los cónyuges: Mahler compuso lo más importante de su producción, cinco sinfonías y una serie de piezas más breves pero no por ello menos notables, y Alma se convirtió en una de las mujeres más influyentes y glamorosas del ambiente cultural vienés.
Pura pólvora. Pero a fines de aquella década la salud de Mahler comenzó a decaer. Al mismo tiempo en que su fama crecía en todo el mundo, conmovía al público con sus fastuosas obras (su Octava Sinfonía se estrenó en Estados Unidos dirigida por Stokowski con 1.068 músicos en escena) y pasaba a dirigir el Metropolitan Opera House de Nueva York, los médicos le diagnosticaron una afección cardiaca que lo llevaría a la tumba en 1911. Alma permaneció a su lado a pesar de haber mantenido un romance con el arquitecto alemán Walter Gropius, luego fundador de la Bauhaus, del que Mahler tuvo noticias por una equívoca carta que llegó a su hogar. Más pólvora que carne, Alma renunció por un tiempo al fuego, pero tras la muerte de su esposo los códigos del deseo pasaron a dominar su vida. Con Gropius en Berlín, adonde viajaba con frecuencia pero en secreto, Alma conoció en su ciudad natal al pintor Oskar Kokoschka, con quien durante dos años mantuvo un desenfrenado affaire. Fue, como antes lo había sido con el músico, musa y modelo de un individuo siempre al borde del exceso y de la locura, un amante tan tenaz como virtuoso, y uno de los iniciadores del expresionismo alemán.
Declarada la Primera Guerra Mundial, pintor y arquitecto fueron al frente de batalla, siendo herido el primero y condecorado varias veces el segundo. Pero el conflicto se extendió más de lo que las clases dominantes habían previsto, cobrándose millones de víctimas. Una vez concluido, las condiciones leoninas que los triunfadores impusieron a Alemania sumieron a aquel país en un caos económico y en un desconcierto ideológico que unos años después permitiría el irresistible ascenso del nazismo. Alma, para alejarse definitivamente de Kokoschka, se había casado con Gropius en 1915. En 1916 nació Manon, la hija de ambos, concebida entre permisos, viajes compartimentados y trincheras sangrientas. Pero una vez finalizada la guerra, el matrimonio demoró en establecerse, lapso en el que ella conoció al joven escritor Franz Werfel, quien entonces comenzaba una deslumbrante carrera literaria coronada luego con títulos como La canción de Bernadette y Una letra femenina azul pálido. Malas noticias para Gropius, nuevas llamas para la amante infatigable y líquida.
Otoño, invierno. La española Almudena de Maeztu, esposa del especialista en Mahler José Luis Pérez de Arteaga, y nieta del monárquico Ramiro de Maeztu, fusilado por tropas republicanas en Madrid el 29 de octubre de 1936, emprende esta biografía con una sólida base cultural. El libro tiene virtudes y defectos. Entre las primeras, caben destacar las múltiples referencias estéticas e históricas con que rodea a cada uno de los acontecimientos narrados, y que permiten al lector apreciar en su justa dimensión muchos de aquellos episodios. Entre los segundos, es necesario alertar sobre frecuentes caídas en amaneramientos y cursilerías de todo género, que la llevan a escribir frases imposibles como "El otoño se apropió del verano y el invierno, del otoño".
Tampoco queda demasiado claro por qué el libro se interrumpe en 1920, año en que Alma logra finalmente divorciarse de Gropius. Ella tardó nueve años en casarse con Werfel y dieciocho en escapar con él de la Europa nazi. Ambos se instalaron en Los Ángeles, California. Allí, tras ver algunas de sus novelas llevadas al cine, Werfel falleció en 1945. Alma se radicó en Nueva York, donde al poco tiempo obtuvo la ciudadanía estadounidense. Allí pasó el resto de su vida alimentando su propia leyenda. Hace un tiempo, el mayor biógrafo de Mahler, el francés Henry-Louis de La Grange, contó que en una conversación con Anna Mahler ésta le confesó que cuando su madre se desnudaba parecía una bolsa de papas.
ALMA MAHLER GROPIUS, de Almudena de Maeztu. JP Libros, 2010. Barcelona. Distribuye Océano, 330 págs.
Las cuentas claras
SEGÚN PALABRAS de su contemporáneo Karl Kraus, el fundador del psicoanálisis Sigmund Freud no era otra cosa que "el padre confesor de las millonarias histéricas de Viena".
En plena crisis afectiva y con evidentes muestras de deterioro en su salud, Gustav Mahler acordó encontrarse con Freud, el 26 de agosto de 1910, en Leiden, Holanda. Durante un paseo de cuatro horas, Freud llegó a la inevitable conclusión de que el músico había buscado en Alma una figura sustituta de su madre, lo que dejó a ambos más que satisfechos. Casi un año después, y a cinco días de los funerales de Mahler, Alma recibió una factura del médico por la abultada suma de trescientas coronas como honorarios de aquella caminata. Tardó siete meses en pagarle y desde entonces lo consideró un idiota.