REEDICIÓN URUGUAYA

Inés Bortagaray: sobre el arte de viajar y decir

Una novela de 2006 que viajó mucho, fue muy traducida, y vuelve reeditada. La confirmación de Bortagaray como una autora valiosa en el panorama narrativo local.

Inés Bortagaray
Inés Bortagaray. Un libro corto con mucho por descubrir.   Foto: Fernando Ponzetto

Mientras aún se encuentra fresca la vuelta de Inés Bortagaray (Salto, 1975) al ambiente literario local, gracias a la publicación de la novela Cuántas aventuras nos aguardan (2018), en el correr de 2019 se produjo la reedición de un libro anterior, prontos, listos, ya, publicado en 2006. Traducido y reeditado en varias oportunidades fuera de Uruguay, se ha dicho bastante sobre este pequeño y estimulante libro que hizo un viaje bastante largo para llegar de nuevo, vivito y coleando, hasta hoy. Un viaje personal y atemporal, sí. Tanto la palabra como el concepto de viaje tienen una importancia determinante dentro de la obra de la escritora salteña y en especial en esta nouvelle, donde se comporta como múltiple llave de lectura.

La anécdota, para quienes no la han leído, es simple: irse en auto de vacaciones con la familia a la playa cuando se es niño. Lo que no es simple es la composición del camino que prepara Bortagaray: la construcción de sucesivas capas de significado con las que acolchona los asientos del vehículo (para que nos recostemos), con las que infla sus ruedas (para sentir que nos movemos), o con las que mapea un recorrido lleno de vacas, chistes, postes, miedos, canciones y despedidas, porque finalmente siempre es bueno llegar a algún lugar.

Adelante van papá y mamá, gurús universales, y en el asiento de atrás van cuatro hermanos (tres mujeres y un varón), apretados tripulantes que se disputan las ventanas para soñar. No hay muchos nombres propios, no es un cuaderno de viaje. El lector conoce la historia a través de la hermana del medio, quien asume el punto de vista de una narradora tierna y divertida, sabia y sensible. Es interesante apreciar la hibridez de su registro vocal y cómo la edad no es restrictiva para generar verosimilitud o mantener intacta la riqueza sensorial y descriptiva que, párrafo a párrafo, se reanuda. A su vez, lo vocal se apoya en la cadencia rítmica de una prosa mansa que sabe adónde va, que es goce de sí misma y se deja apreciar sin apuros.

Esto puede emparentarse con la que plantea una narradora niña/adulta en otro libro sobre viajes, Guía para un universo de Natalia Mardero (2004). Si bien el libro de Mardero —nacida el mismo año que Bortagaray— es previo cronológicamente, se corresponden desde varios lugares y pueden leerse de manera paralela. En ambos se produce el borramiento de los límites cognitivos del hablante (el de Mardero en clave fantástica y el de Bortagaray en clave realista con roces filosóficos): a veces niña, a veces adulta, a veces vieja, no importa en realidad, el rasgo identitario de este tipo de narradores radica en la continuidad de la experiencia y del acto de la palabra. Así, viajar y decir se transforman en profundas metáforas del acto de vivir, un acto que solo la escritura puede traducir con meditado análisis y fuerza original.

La huella atemporal del viaje que guía prontos, listos, ya explica también su comienzo in media res. El lector ingresa al libro (o al vehículo) como por una escotilla, dado que el viaje —el propio y el de los demás— empezó en algún lado y solo quien cuenta la historia tiene el poder de conectar esos mundos: el pasado (la infancia, los sueños), el presente (el recuerdo evocado y convertido en anécdota, la palabra), y la proyección al futuro (la literatura como el acto de fijar ideas que perduren).

Dada la corta extensión del libro y de todo lo que hay allí por descubrir, no conviene revelar mucho más. Cabría destacar ciertos guiños relacionados a textos consagrados y a los que esta escritura suscribe, como parte de esa tradición. Por ejemplo, durante el viaje la narradora establece una especie de acuerdo tácito de no avanzar en el discurso de manera lineal, lo cual quita del centro la posibilidad de llegar al destino como meta real del viaje (llegar a la playa, en este caso). Esto genera un pacto con el lector, que también juega su papel: nos gusta ser pasajeros, nos encariñamos con las modalidades alternativas de la realidad. Entonces, ¿para qué llegar? Llegar significa terminar el viaje y por eso hay que demorarlo.

Este efecto recuerda el que utiliza Cortázar en  La autopista del sur (1964), donde se produce la suspensión momentánea de los objetivos “reales” de los pasajeros, o bien a la inversa, como en Los autonautas de la cosmopista (1983), donde la bitácora de viaje se agranda o enriquece, no tanto por la vivencia subjetiva del escribiente, sino gracias al registro múltiple de las rutinas y de los lugares que le dan sentido al recorrido de los que viajan. Lo bueno de prontos, listos, ya, además de la posibilidad de identificarse a destiempo con esa historia, es que si eso no ocurre, se puede formar parte del viaje de alguien más. Y allí, la banda sonora la pone uno mismo.

PRONTOS, LISTOS, YA, de Inés Bortagaray. Criatura editora (Artefato, 2006, reed. 2019). Montevideo, 65 págs. Distribuye Escaramuza.

Yo me caso

Inés Bortagaray

Esteban Venturini era el primero en despedirse del resto de los varones (a mí me ignoraba; los ojos resbalaban sobre mi cara y apuntaban siempre a otro lado). Vivía cerca de la escuela. Se iba sin saludar. Tiene el pelo más negro, la cara más blanca y la lengua más roja que vi en mi vida; se relame demasiado, no puedo comprender por qué hace así. La boca parece un pescado rojo y mojado por la saliva. Yo no le veía tanto la cara, porque él siempre caminaba adelante, con los pantalones que le quedaban cortos. Pero a veces lo veía de costado y le miraba la piel blanca con espanto; qué horrible ser tan blanco como él, pensaba. No quiero un novio así. José Enrique es más castaño, pero no me dice nada y además está lo de los dientes. Yo quiero un novio con rulos y que le encante nadar en el mar y que tenga los labios paspados por el sol. Me gustaría que tuviera hombros huesudos y una clavícula que casi se le transparente como a mí, que casi podría guardar semillas (unas semillas equilibristas) en los huecos que se me extienden a los costados de la tráquea. Que las manos sean grandes y misteriosas. Si sabe a tocar la guitarra, mucho mejor. Si no le importa que el pulóver tenga pelotitas y lo sigue usando aunque esté viejo, mucho pero mucho mejor. Si le pone coderas en los codos, mucho, pero mucho, mucho mejor. Si para darme un beso me sostiene la cara en el límite que comparten la mandíbula, la bajadita que se desliza el oído y el cuello, qué lindo. Si le gustan los misioneros, los hermanos, la palabra esporádico, las vacas que miran con tristeza, el olor a sándalo, los números perfectos, Colmillo Blanco, la palabra crepúsculo, los montes Apalaches, los confines, los bichos de luz, la feijoada, el otoño, el viento del sur, el arroz con espinaca y huevo frito, los mechones de pelo cobrizo, Tom Sawyer, los árboles caducos, los perros dormidos, las panderetas, yo me caso.

(tomado de prontos, listos, ya)

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