Imágenes gastadas

Soledad Platero

ES MISTERIOSA la radical incompatibilidad de opiniones que puede provocar un mismo libro. Leyendo la contraportada de este volumen -sí: ya se sabe que las contraportadas tienen una finalidad descaradamente publicitaria- un lector incauto podría inclinarse a creer de buena fe que está, efectivamente, ante un texto que le ofrecerá "una trama intrigante y emotiva cuyas revelaciones perduran en el lector como un oleaje". Y aunque el lector fuera un poco más desconfiado y sospechara de semejante afirmación, difícilmente podría escapar a la trampa final, en la que Enrique Vila-Matas, una autoridad instalada cómodamente en el mundo literario, declara que esta novela le parece "extraordinaria".

Si algo no es El mar de todos los muertos es, precisamente, extraordinaria. Por el contrario, desde el comienzo se muestra como algo ya escrito muchas veces, y si se salva e invita a avanzar por sus páginas es porque todo lector de literatura tiene, en el fondo, la tentación de dejarse atrapar. Y esta novela promete restituir algo de las grandes novelas, aunque no lo logre.

El comienzo no podría ser más convencional: un escritor en período de sequía acepta la oferta de su editor y se instala en una vieja casa en una isla poco habitada, a la espera de que le vuelvan las musas. En este caso, el escritor tiene decidido que no volverá a escribir, pero juega por un tiempo a que lo hará y, en rigor, es notorio que lo hace, porque el texto, que en algunas partes se revela como una carta, es el relato de lo que le pasa en la isla.

El clima es, desde el comienzo, muy cercano a La invención de Morel (A. Bioy Casares, 1940), y tal vez en esa reminiscencia consista todo su encanto. Pero lo que en la novela de Bioy era una trama perfecta, redonda, en ésta es un mero estirarse de las cosas hacia un final cantado desde el primer minuto.

Por otra parte, la escritura de Argüello (argentino, nacido en 1972), aunque correcta, se vuelve incómoda para un lector más o menos exigente, y ahí se revela otra de sus grandes fallas: la prosa es literaria del modo más plano, más obediente que se pueda concebir. Los sustantivos y sus correspondientes adjetivos parecen sacados de un kit de herramientas de escritura "libresca" (espesas columnas de humo, ojos que se abren como platos, extraños malestares, pasos lentos y algodonados) y las oraciones se resuelven con corrección pero al borde del solecismo. Da la impresión de que un escritor más ducho hubiera resuelto la misma historia -aunque un escritor más ducho hubiera escrito otra historia- con oraciones más precisas, con imágenes menos gastadas, con una personalidad que este texto no tiene.

El comienzo del último capítulo -que más bien funciona como un epílogo- es lo único sorprendente. La confesión del narrador puede resultar ligeramente turbadora si nos esforzamos en el pacto de lectura y asumimos que dice "la verdad". Sin embargo, el final es exactamente el que cabría esperar, y la ilusión de algo más jugado vuelve a perderse.

El mar de todos los muertos parece una novela sin propósito, que se pierde por todos lados, aunque antes Argüello había publicado una colección de cuentos (Siete cuentos imposibles, Lumen, 2002) que recibió buena crítica.

EL MAR DE TODOS LOS MUERTOS, de Javier Argüello. Lumen, 2009. Barcelona, 248 págs. Distribuye Random House Mondadori.

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