Dos novelas

Hugo Burel vuelve con tramas de amor, intriga, espionaje, fraude y traición

La última ocurre en el vértigo del Carnaval de Río, con Orson Welles y Vinicius de Moraes como protagonistas; la anterior novela va en un balneario imaginario cerca del Chuy.

Hugo Burel
Hugo Burel. Foto: Nicolás Pereyra.

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Siempre hay algo nuevo de Hugo Burel. Su último trabajo, La misión Rockefeller, acaparó las librerías de todo el país. Plantea una trama compleja en la cual se explora el mundo del espionaje, más una infaltable dosis de intriga y suspenso. Sin embargo, no es ninguno de esos géneros el mayor atractivo del libro.

Previo a La misión Rockefeller, Burel salió al mercado con El árbol de la ambición. Otra vez una novela ambientada a mediados de siglo veinte, pero de un tenor muy diferente, con la mira puesta en las tinieblas de la condición humana. El título es más que elocuente, como bien se consigna en la contratapa del libro: “Ese sentimiento tan humano como devastador, la ambición”.

Viejo anhelo

En el año 83 Burel escribió un cuento que llamó “La alemana”. Sin sospecharlo, resultaría ser el primer esbozo de la novela que vino mucho después, y que heredaría varios elementos cruciales: el hotel de Vogel, la hija de Vogel, el balneario Marazul, y el señor Ernesto. Entre el cuento y la novela obraron algunos cambios mínimos, como la hija de Vogel, que pasó de ser Brigid a Ingrid; o como el apellido de Ernesto, Fuentes primero, Robles después.

Empero, mientras estuvo el cuento, Burel sintió desde siempre que la historia de la alemana no la había terminado, según explica en el epílogo. De modo que siguió desarrollando la trama en forma de guion de cine, aunque la película nunca llegó a cristalizar.

Hace un par de años volvió a la carga con los resquicios del guion, que, si bien tenía también formato de libro, al autor no lo convencía. Así que afiló la pluma y le buscó un final alternativo, y fue entonces que nació El árbol de la ambición, una novela de lectura ágil, con tres partes bien definidas y un montón de capítulos cortos, que permiten una breve reflexión al pasar de uno a otro.

Al principio se cuentan dos situaciones, al parecer muy distantes entre sí. Por un lado, estamos en Lucerna, Suiza, en junio del 45, donde la niña Ingrid (la Brigid del cuento, La alemana, como se titula la primera parte) está por emprender una larga travesía con su padre, Richard Vogel, luego que ambos escaparon de Alemania, con todos los horrores de la guerra, más el trágico recuerdo de la mujer de Richard, mamá de Ingrid, muerta en un bombardeo en Berlín. Por su oficio en una casa de subasta de Lucerna, el señor Vogel recibe un encargo que los llevará por una larga travesía europea, primero hasta Lisboa, “para aguardar allí la partida de un barco”, y luego cruzando el océano, hacia costas más seguras.

Por otro lado, algunos años después en Montevideo, un empleado de la casa central del Banco República —Ernesto Robles—, se apropia de dineros ajenos, lo que se llama desfalco. Para realizar la maniobra debe inventar firmas en boletas truchas, pertenecientes a un cliente que se encuentra fuera del país, pero de quien Robles espera que regrese en cualquier momento: es el tiempo que precisa para cometer el fraude y recluirse en Marazul. Al final a Robles le sale bien la jugada, pues logra escapar sin que nadie se dé cuenta.

En el balneario ya están instalados el alemán Vogel y su hija Ingrid, para quienes transcurrieron doce largos años desde que dejaron Europa; él es un señor mayor, y ella una joven reluciente. Pero Burel no indaga mucho en ese lapso, apenas un capítulo en el que pasando al año 57, se narran las memorias de uno y otro. Esto se conoce por algún corto diálogo, pero más que nada por la visión del narrador, ajeno y omnisciente a la vez. Lo cierto es que Richard estuvo trabajado en el hotel Nirvana (Colonia Suiza, hoy Nueva Helvecia), y que Ingrid se empleó como niñera en una granja de unos suizos. La granja distaba del hotel treinta kilómetros, pero aun así los encuentros padre hija se volvieron cada vez más esporádicos, y la relación se volvió fría, distante.

Sin embargo Ingrid y Richard se juntan de nuevo para otra aventura, para adecentar y poner a punto esa casa en ruinas a la que dan en llamar Hotel Marazul.

Escenarios de culto

Si alguna virtud ha de tener Burel, es la de pintar escenarios y lugares para hacer de ellos un verdadero culto literario, de tal forma que cuando se pasa por allí, resulta imposible no sentir la reminiscencia del libro. El caso de Marazul tiene algo de eso, aunque se trate de un balneario inventado en Rocha, cerca del Chuy, un sitio que, lectura mediante, se va armando con artificios de imaginación.

De igual modo, se tiene cierta sensación de estar viendo una de esas películas uruguayas de bajo costo, con sus típicos personajes, y los no menos típicos estereotipos: el visitante misterioso —Robles—, el dueño del hotel —Vogel—, la hija de este que hace de mesera —Ingrid—, más otros actores secundarios, que más que veraneantes son pobladores permanentes, marcados desde siempre por la mirada suspicaz hacia el visitante. La sospecha se instala apenas Ingrid lo ve llegar a Robles: “Traía una valija, y caminaba sin apuro y favorecido por el declive de la senda, un poco erguido de más, como si soportase algo que lo sostuviese, invisible y poderoso”.

No obstante, en esas noches solitarias del hotel, los guiños entre el huésped misterioso y la bella alemana se harán cada vez más frecuentes. Luego vendrán largas caminatas bajo la luna en la playa y otros encuentros furtivos, y tras eso los dimes y diretes de los vecinos de Marazul. Son personajes motivados en parte por el amor, pero mucho más por la ambición, en lo que termina siendo una travesía delirante por la costa uruguaya y aún más allá, hasta los confines de Novo Hamburgo en Brasil.

Novela histórica

La misión Rockefeller, si bien toma otro camino, tiene algunos puntos en común con El árbol de la ambición. Ambos libros tienen un formato similar, con partes tituladas y muchos capítulos cortos que permiten una lectura ágil, y con una prosa que no rebosa de florituras ni galanterías, sino que más bien es sencilla, efectista, y sobre todo muy clara. Al final podrá haber alguna vuelta de más que no agrega mucho a la trama, porque ya se dijo todo; lo cual no deja de ser un detalle.

En esencia, y aunque no lo parezca —ni se presente como tal— La misión Rockefeller es una novela histórica disfrazada de ficción. No en vano el autor se nutre de una cuidada revisión histórica, una serie de acontecimientos de los cuales seguramente el lector ávido querrá saber algo más. Desde siempre, mezclar realidad con ficción es una apuesta de riesgo, pero en este caso hay que decir que Burel tiene oficio, y que sale muy bien de la parada. No por nada se le tiene como un escritor avezado, un “eficaz constructor de máquinas narrativas” como dice la solapa.

La novela es contada en primera persona por el detective Guido Santini —personaje que anota todo para luego escribir el libro. Es un uruguayo que vive en Nueva York desde muy chico, ciudad que adopta como suya, lo mismo que el idioma inglés. Santini es el mismo fracasado detective de El caso Bonapelch (de 2014). Ahora vuelve por otra misión, la cual toma casi a regañadientes, aunque obligado por las circunstancias, ya que está separado de la mujer y debe encargarse a la distancia del hijo, y todo con el magro sueldo que recibe por su labor de vigilante en una tienda de Manhattan.

Santini es un poco como Robles: solitario, desconfiado, seductor, aunque no tan ambicioso. Su misión: vigilar los movimientos del joven cineasta Orson Welles, que meses atrás había deslumbrado a la crítica con la película El ciudadano Kane. Con la incursión japonesa en Hawái de 1941, Estados Unidos se metió en la guerra, y a partir de este hecho fundamental cambiaba el destino del mundo, y además urgía expandir los lazos de amistad por el continente; en este juego de la alta política, Brasil resultaba un enclave crucial. Por eso mandan a Orson a Río de Janeiro: para mostrar en un documental lo mejor del carnaval y de la sociedad brasileña, hacer saber al mundo de sus bellezas (y no otra cosa). La imagen de Brasil iba a quedar en lo alto, lo mismo que la de Estados Unidos como benefactor, siempre pensando en derrotar a los enemigos del Eje. La diplomacia americana tiene una cara visible, Nelson Rockefeller, quien ocupa el cargo de director de la Oficina de Asuntos Interamericanos. Es el gran promotor de la filmación en Brasil, a la cual le destina una importante suma de dinero.

Copacabana Palace

A principios de febrero del 42, en plena guerra mundial, Santini ameriza en un hidroavión próximo al aeropuerto de Santos Dumont. La anterior incursión a América del Sur la había hecho en barco, donde tuvo un affaire con una mujer llamada Miranda White, residente en Río de Janeiro, donde aún permanece.

Santini se instala en el famoso Copacabana Palace, centro del lujo de la capital de Brasil, punto de encuentro de la elite brasileña en todos los niveles. Es en ese mismo hotel donde se hospedará Orson Welles con su séquito de actores, productores y otros.

Al principio la tarea parece fácil, pero de repente aparecen personajes hostiles, con intereses cruzados. Lo que había empezado siendo una vigilancia normal, en poco tiempo deriva en un juego interminable de intrigas y juegos desleales, más algún asesinato a sangre fría. En rigor, a partir de que Santini va en busca de Miranda, descubre que nada es como se lo habían pintado, y que detrás de la huella de Orson Welles se esconden una maraña de siniestros personajes, desde funcionarios del gobierno de Getulio Vargas (y su recién instaurado Estado Novo) hasta mercenarios del régimen nazi. El detective no lo pudo imaginar; sin querer se mete en medio de una lucha encarnizada por dominar una mina al norte de Brasil. Una mina de uranio, clave para una bomba que se prevé sea devastadora.

Mientras tanto la ciudad vibra por el carnaval más famoso del mundo. Así como antes Burel nos pintaba el balneario Marazul con trazos de escritor punzante, lo mismo hace ahora con el desenfreno de los bailes y la samba, con la majestuosidad de un hotel, con la miseria de alguna favela, y con el calor asfixiante que invade todo.

La historia de espionaje resulta eficaz, con alguna marca registrada, como una muerte salvada a último momento, o hasta la forma protocolar de hablar. Pero más interesante resultan los acontecimientos que en verdad existieron, como por ejemplo el halo de estrella con que se movió Orson Welles a su paso por Brasil. O la semblanza que se hace de Vinicius de Moraes (amigo y consultor de Santini), ese hombre culto y listo para despuntar en la cultura de Brasil. Como bien cuenta Burel, Vinicius entonces andaba por Río como periodista de una revista, y su fascinación por Orson Welles era cierta, ya mostraba su afición a la música y a la poesía por igual. Vale la pena detenerse en la escena en que Vinicius hace de chofer de Santini y Orson Welles, para internarse en los morros de una favela, y todo por la obsesión del cineasta de mostrar el otro lado de Brasil: la pobreza, la miseria, las tradiciones de la macumba, algo que ni las jerarquías norteamericanas ni las brasileñas querían mostrar.

Maracanazo

Aunque la novela se desarrolla lejos de territorio uruguayo, hay alguna conexión escondida en la trama, y no solo por el país de nacimiento del narrador. En algún momento se comenta de un improbable plan nazi de invadir Uruguay, en donde podrían estar escondidas células clandestinas.

Luego una sospechosa casualidad: la mención al hotel Paysandú, el alojamiento de la selección uruguaya cuando el Maracanazo del 50. Se lo describe como “muy modesto, de seis plantas y cierto estilo, pintado de color amarillo y ocre”. Alejado y muy distinto del Copacabana, es el sitio donde deberá ocultarse Santini por unos días, porque seguro que allí ningún enemigo lo va a ir a buscar.
Es una ficción bien lograda y entretenida, que además retrata un par de personajes icónicos de la cultura y las artes. Sin olvidar la ciudad en pleno desenfreno, las vueltas del Copacabana, ni tampoco la exploración de los intereses de la política en aquellos años convulsos.

EL ÁRBOL DE LA AMBICIÓN, de Hugo Burel. Alfaguara, 2020. Montevideo, 219 págs.
LA MISIÓN ROCKEFELLER, de Hugo Burel. Alfaguara, 2021. Montevideo, 406 págs.

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