Elvio E. Gandolfo
ANTES DE QUE la barbarie civilizada del hitlerismo fuera recibida con bombos y platillos en Austria (1938), no sólo Viena era un semillero de gran parte de las tendencias artísticas y culturales del siglo XX. Además los judíos se veían, tanto a punto de integrarse a una "patria" ideal, como advertían (los más lúcidos o hipersensibles) la cercanía de la masacre. Ese es uno de los ejes de Pútrida patria. El alemán W. G. Sebald hizo del caminar mirando o pensando, y del montaje de sectores distantes en el tiempo y el espacio de la cultura, dos de sus rasgos característicos. El otro fue "ilustrar" sus libros con imágenes alternadamente lógicas y misteriosas, en una serie de volúmenes que están entre lo mejor de la literatura europea de posguerra: Los emigrados, Los anillos de Saturno, Vértigo, Austerlitz.
En Pútrida patria recoge sus trabajos críticos sobre literatura de lengua alemana. En la segunda parte de ese recorrido, se centra en Austria. Aquí no hay montaje, ni ilustraciones, ni literatura en sentido estricto. La primera parte, titulada "La descripción de la infelicidad", da una idea del campo elegido. Para él la cultura austriaca de entreguerras estuvo plagada de superficies de fricción. De ellas nació "tanto la llamada cultura austríaca como el malestar por ella, una cultura, pues, cuya característica consistía en elevar a principio la crítica de sí misma." No en vano la totalidad de los grandes autores del país, hasta llegar a la reciente premio Nobel Elfriede Jelinek, basaron sus mundos creativos o críticos sobre una actitud de contrapelo respecto al ensalzamiento de los rasgos patrióticos. "Sin duda", dice Sebald, "autores como Grillparzer, Stifter, Hofmannsthal, Kafka y Bernhard consideran que el progreso es un negocio ruinoso." Y agrega, como experto que es en ese estado de ánimo: "La melancolía, el reflexionar sobre la infelicidad existente, no tiene nada en común (...) con el ansia de muerte. Es una forma de resistencia."
Sin embargo sus trabajos sobre autores como Elías Canetti, Franz Kafka, Peter Handke, Joseph Roth, Thomas Bernhard, Jean Améry o Hermann Broch no son solo textos críticos, lecturas cuidadosas de una obra. Hay un esfuerzo gozoso por respetar las bases intrínsecas de los libros leídos, que se comunica al lector (sobre todo si conoce al autor estudiado). Poco a poco surge además una idea de la literatura como forma de conocimiento. En el trabajo sobre Schnitzler (que vivió cerca de Freud y fue admirado por él), afirma: "Si es cierto que no se debe leer a Schnitzler sin leer a Freud, lo contrario no es menos exacto." Ese cruce lo realiza él mismo cuando analiza El miedo del portero al penalty de Handke como un ejemplo único del momento en que nace la esquizofrenia, poco investigado por médicos o psiquiatras.
En el caso de Kafka hace dos incursiones por El castillo, que se destacan por su originalidad. La primera describe la unión del sexo y la muerte, en los niveles bajos (K. y sus conocidos y amantes) o altos (los funcionarios hieráticos, congelados). La segunda elige la familia que recibe a K. como expresión magistral de la dialéctica inserción/ persecución entre los judíos.
En Elías Canetti el doble eje es el poder total y el peso progresivo y negativo de la Obra. Ambos están vistos sobre todo a través de sus aforismos: "Me alegro de todos los sistemas, cuando son bien abarcables, como un juguete en la mano. Sin embargo, cuando se hacen extensos, me dan miedo."; "Lo más difícil es encontrar un agujero por el que salir de tu propia obra." El ideal de Canetti, subraya Sebald, no es el del profeta sino el del maestro, para quien el aprendizaje nunca acaba.
El trabajo más admirable por su dificultad es el dedicado a El maleficio, novela final inconclusa de Hermann Broch. Primero Sebald expone el carácter monolítico y acrítico de la germanística (un canon local) respecto a Broch, a quien él mismo admira en gran medida. Después demuestra (otra vez el empleo sólido de las citas) cómo su intento de una obra gigante sobre el nazismo terminó por morderse la cola. Cayó en la trampa a través del empleo agobiante del paisaje, y sobre todo de la tautología ("oh dios de lo mismo/ danos siempre lo mismo", diría Gabriel Zaid), base de un orden burgués que culmina a menudo en la dictadura, o en la enfermedad y muerte del amor (descriptos por Schnitzler).
Los textos sobre Thomas Bernhard ("un mochuelo que da la lata", según él mismo), Joseph Roth (antena sensible del ghetto y el desastre inminente) o Jean Améry, completan un libro de crítica imprescindible, al mismo tiempo contundente y sutil.
PÚTRIDA PATRIA. Ensayos sobre literatura, de W. G. Sebald. Anagrama, Barcelona, 2005. Distribuye Gussi. 228 págs.