Novela de un minuano

“Escribo para dejar huellas psicológicas en la gente que quiero” afirma el escritor Leonardo de León

También para no morir de aburrimiento

Leonardo de León (1).JPG
Leonardo de León
(foto Jessica Marmo)

por Gera Ferreira
.
Leonardo de León (1983) nació en Minas. Es profe de literatura y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Letras. Es obsesivo de la escritura y por eso en su día libre vino a la capital a charlar sobre literatura.
.
De la vida al texto.
Sos un escritor profuso que ha editado en varios sellos y contextos. ¿Hay más?
—Sí, tengo varias cosas abiertas y lo que quiero es quitármelas de encima. Uno nunca sabe cuánto tiempo va a estar en la vida.

Existencialismo puro.
—Es una consciencia que tengo muy presente. Me tocó perder a mi padre en seis meses con sesenta y seis años. A partir de ahí se coló a un primer plano algo que siempre había estado relegado: la consciencia de muerte y la fragilidad del cuerpo, que se enferma al margen de tu voluntad.

Lamento. No solo el cuerpo, también la mente, ¿no?
—Ese es otro de los grandes temores: envejecer y perder lucidez. Más vale irse antes.

La neurosis hace mella.
—Sí, una neurosis horrible pero en algún punto me define, me vertebra y ayuda a escribir, porque me mantiene en un grado de intensidad de trabajo permanente que invita a justificar el día.

A que te concentres.
—Y que sea absolutamente consciente de que tal vez no nos veamos de nuevo. Imaginemos que esto siempre termina mal.

En vez de La vida intrusa, la vida al extremo.
—(ríe y se toma unos segundos) No sé bien cómo vivir. Hago lo que puedo, trato de trabajar y hacer lo mío. Sabemos que tenemos que crear sentido, ficción. Me he creado la mía y estoy bastante convencido de ella. Trato de buscar coartadas intelectuales para justificar la existencia y sentir un poco menos de miedo. Además, vas dejando huellas.

¿Tus proyectos buscan eso?
—Trato de dejar huellas psicológicas en la gente que quiero.

Cuando entro a tus libros siempre voy primero a las páginas finales o introductorias para ver si encuentro un manual de instrucciones y ver cómo lo hiciste.
—Te habrás dado cuenta de que en La vida enferma (2023) la idea no era contar una historia ya decantada en su resolución, sino que apareciera un autor y un aprendiz para contar cómo una fábula vive en la piscología del autor y trata de evitar la visión de muerte de la que habla Barthes. ¿Por qué conducir a los personajes a un destino esencial? Para eso está la vida, no la literatura.

Los datos sobre los que se construye el diálogo aprendiz-autor funcionan como sostén, y la novela transcurre solo en los sectores en los que dialogan.
—Yo hacía lo mismo, marcaba en negrita las partes vinculadas al argumento.

El resto es un murmullo.
—Sí. Destiné cinco años y medio de mi vida a gastar mis aguinaldos en libros autobiográficos, memorialísticos, diarísticos y epistolares para subrayar lo que solo un obsesivo de la literatura marcaría y un lector tradicional pasaría por alto.

Para ese lector, acostumbrado a una pulsión de lectura lineal, le implica un desafío y pone a tu literatura en un lugar diferente.
—Es que mientras fabricaba esta novela sabía que los personajes estaban enfermos de literatura. Entonces decidí reunir un montón de fragmentos sobre datos anodinos en la vida de los escritores.

Trabajo de campo.
—Sí, luego pensé en un argumento de cómo podía ser la vida de esos personajes en un universo distópico, en 2068, en un pueblo suburbano.

Cincuenta años después de La vida intrusa, se indica.
—El verdadero desafío fue encontrar la dialéctica entre el argumento y los datos.

El lector debe encontrar el hilo.
—Sí. Confío en eso.

El argumento es escurridizo, porque permanentemente saltea cosas.
—Sí, a mí me gusta generar esa deriva en trance. Glosan-do a Walter Benjamin y su concepto de flâneur: para conocer mi libro vas a tener que perderte en él. La estructura de La vida enferma sigue muy de cerca la de un libro de David Markson, La soledad del lector. El aprendiz que va detrás del autor. En realidad soy yo que voy detrás de Markson.

Jaja.
—A su vez, quería resignificar la escena de la reapropiación, del plagio, de la reescritura o remisión dentro del campo literario y de cómo uno se inscribe en una tradición personal, en una biblioteca privada para escribir en contra de sus maestros. La fuerza del libro creo que está en esa amalgama.

¿Leíste Escritura no-creativa de Kenneth Goldsmith?
—Me agarraste.

Ahí está todo.
—Qué bueno que hables de ese libro. Me dio muchísimas ideas.

Creo que lo tuyo todavía está controlado por el microambiente uruguayo. A excepción de Me acuerdo, que se suma a una consigna universal.
—Cierto. Soy absolutamente consciente de que el campo literario es bastante irrisorio, pequeño y que no le vas a cambiar la vida a nadie. Yo no escribo para figurar sino para desfigurar, y principalmente para no morir de aburrimiento.

Del texto a la vida.
El tema del tiempo está presente en toda tu obra. Hablabas recién de vivir intensamente el presente, pero tu propia praxis literaria te hace juntar durante cinco años un material que podría haber quedado irresuelto.
—Sí. Una vez le pregunté a Alicia Torres qué hacer con este libro (La vida enferma) y cuándo parar, porque la colección de datos se extiende al infinito, y me dijo (evocando a Juan Rulfo): “cuando el coleccionista ya no puede más”.

Eso pensaba Georges Perec sobre sus protocolos de escritura. Me gustó el epígrafe de Édouard Levé a Me acuerdo: “Si una obra que se me ha ocurrido ya se ha realizado, no la abandono, la obra no es la idea”.
—Cuando escribí No vi la luna ensayé un tipo de narrativa que estábamos escribiendo todos, y lo hice para agradar a mis amigos. Más tarde, cuando volví a escribir narrativa, vi que no me salía así, entonces me fui a los campos de la poesía y me recluí en una especie de ostracismo poético durante casi diez años. Y una vez leyendo El autorretrato de Levé dije: yo puedo. Escribí La vida intrusa en tres meses pensando en ese libro.

Tu literatura intenta salirse de los márgenes.
—No soy tan autoconsciente. Cuando termino de escribir trato de buscar los caminos para deshacerme de eso y luego concentrarme en lo siguiente.

¿Con quién hablás sobre tus proyectos no-creativos?
—Con Martín Aguirre, exalumno, Licenciado en Letras. Hay un escritor que me interesa mucho, Eric Schierloh, que escribió M sobre Herman Melville. Lo que hizo fue tomar una biografía de Melville en dos tomos gigantescos y subrayó pequeñas partes, armando una especie de biografía fragmentaria de Melville a partir de esas. Osvaldo Baigorria escribió Según. Una autobibliografía, con una selección de los subrayados de los libros que tenía en su biblioteca.

En lo local has alcanzado un espacio propio. ¿En lo internacional?
—No sé. Nunca probé demasiado, ni mandé nada al Herralde. Mandé La vida enferma a La bestia equilátera y quedó entre las diez finalistas. Probé, pero de las seis editoriales a las que escribí, no me contestaron excepto una, Blatt & Ríos, que tenían el catálogo completo por los próximos años.

¿La vida enferma sin La vida intrusa se puede leer?
—Se defienden solas. Y después viene La vida incierta.

Completás la trilogía.
—Sí, tiene la misma extensión que la intrusa pero es un libro específicamente de preguntas: las de un padre con su hija al cabo de un día. Una especie de micro Ulises en clave interrogativa.

Dijiste que después de No vi la luna te abocaste a la poesía y no habías trabajado con prosa y lo no-creativo, pero creo que no fue tan así.
—A ver…

En Otra piedra de sol lo hacés.
—Verdad. Es Octavio Paz llevado a un territorio minuano nocturno.

Su poema tiene 584 endecasílabos.
—Exactamente, que equivale a la revolución sinódica de Venus, que son 584 días. Yo reproduje los 584 endecasílabos pero blancos, y no tienen rima asonante como los de él.

¿Cómo fue ese trabajo?
—Uf, fue la primera vez que estuve mucho tiempo con un texto. Lo más difícil fue buscarle unidad. El mecanismo de escritura fue exasperante.

Casi no hay mención del pasado sonetista/haijin en La vida intrusa. Como si aquel escritor hubiera sido borrado.
—Es cierto.

¿Por qué?
—Es una excelente pregunta que no sé cómo responder. Pienso que al momento de indagar sobre mi biografía decidí jerarquizar otros acontecimientos y no los ligados a la construcción de ciertos libros que me ha tocado en suerte o en mala suerte hacer.

Hay desmarque voluntario de una parte y afianzamiento de otra…
—Es coherente ese pensamiento. Siento que al volver a la narrativa me olvidé de todo lo anterior, de alguna manera, y decidí empezar de nuevo.

—Si de algo carece La vida intrusa es de linealidad.
—Soy muy obsesivo para escribir. Esa novela fue desesperante y la escribí muy rápido. Pero cuando un libro me está llevando trabajo quiero creer que va bien.

Es difícil para el lector también.
—Que labure. Confío en eso, porque uno sale gratificado de sus lecturas, precisamente luego de las más esforzadas. Los libros que me cambiaron la vida son aquellos que llevaron al límite mis capacidades.

¿Se te ocurre algo sobre el vínculo entre el contenido y lo relacionado con la autoría en tu obra?
—La gente por lo general no tiene en cuenta lo que dice Barthes: el que narra no es exactamente el que escribe; y el que escribe, a su vez, no es el que es. Y cuando sentí que el reversionismo sobre mi propia personalidad era realmente un sofoco, decidí zafar de eso inventando algunos datos al personaje, en contra de lo que soy.

No quedar preso de la escritura.
—Exacto. ¿Qué partes son las de uno y cuáles las del personaje? No corresponde esclarecerlo. Aporta una capa más de complejidad al libro.

El tema de la libertad de quien escribe y termina de escribir se hace presente al final.
—En La vida intrusa a mí me interesaba el capricho de decir que es una novela. Sobre todo porque el propio libro dice que es una novela escrita por quien jamás será novelista. Obedece a ese juego. Querer escribir una novela y que te salga un artefacto. La vida enferma también toca ese punto.

Sí, retoma el final de la otra y supongo que es un pie a la tercera, donde imagino darás respuesta al asunto de la libertad.
—Respuestas no hay, Gera, hay solo preguntas.

LA VIDA ENFERMA tapa_A IMPRENTA

Muchos libros
.
Leonardo de León fue galardonado con diversos premios literarios: Narradores de la Banda Oriental, Neruda para jóvenes poetas, Premio Nacional de Literatura (MEC), Premio Ariel y Casa de los Escritores del Uruguay. En narrativa publicó No vi la luna (2010, cuentos) y las novelas La vida intrusa (2019; 2021), Me acuerdo (2021) y La vida enferma (2023). En poesía, Confirmación del aliento (2012), Otra piedra de sol (2015), El bardo bifronte (2019) y El santo horror (2022), entre otros.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

premium

Te puede interesar