LA MEMORIA DE LA IZQUIERDA

Enzo Traverso: por qué acechan los espectros de las revoluciones

El historiador italiano Enzo Traverso entiende que la izquierda no se relaciona bien con su pasado, en particular con las revoluciones fracasadas. Y lo fundamenta.

Enzo Traverso
Enzo Traverso. Rigor, consistencia y claridad en la prosa.  Foto: Leandro Martínez UNSAM

En la heterogénea y brillante colección de ensayos que integran Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria, el historiador italiano Enzo Traverso indaga sobre la memoria de la cultura de izquierda tal como se construyó y afirmó en el siglo XX. Lo hace a través de testimonios, artículos, cartas, fotos, afiches de propaganda, películas y monumentos en el entendido de que su objeto de estudio se reconoce mejor en “las expresiones de la imaginación socialista que en las producciones doctrinales y las controversias teóricas”.

En particular examina la transformación del concepto de memoria luego de la caída del Muro de Berlín. La interpretación que propone es que si para el marxismo la memoria siempre fue un acumulado estratégico proyectado a un futuro de emancipación, las sociedades que surgen de las ruinas del socialismo real están marcadas por el eclipse de las utopías. Resignadas al capitalismo, se obsesionaron con el pasado: “Las víctimas de la violencia y el genocidio ocupan el escenario de la memoria pública, en tanto que las experiencias revolucionarias asedian nuestras representaciones del siglo XX como espectros”, sostiene.

LA IZQUIERDA VENCIDA.

Uno de los capítulos más potentes del libro es el que historiza la cultura de la derrota pues, como afirma Traverso, “la historia del socialismo es una constelación de derrotas que lo alimentaron durante casi dos siglos”. De ellas surgía la resistencia, la autocrítica y la certeza del triunfo.

En esa cultura se inscribe la más gloriosa de las derrotas: la Comuna de París. El autor da la palabra a dos de sus protagonistas, el novelista y periodista Jules Vallès y la escritora anarquista Louise Michel. Están también presentes la derrota del espartaquismo alemán, la del gueto de Varsovia y la de la Unidad Popular en Chile. Sin embargo para el socialismo no existían derrotas definitivas, solo había batallas perdidas. “No podemos renunciar ni a una sola de ellas, pues de cada una extraemos una parte de nuestra fuerza, una parte de nuestra lucidez”, proclama Rosa Luxemburgo poco antes de su asesinato, afirmando el carácter de laboratorio que tenían los reveses, además de ser una prueba que templaba a los revolucionarios. Las derrotas eran anuncio del porvenir: “Mucho más temprano que tarde de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir la sociedad mejor”, dice Salvador Allende horas antes de morir.

La derrota que surge de la caída del socialismo real, en cambio, no puede ser motivo de orgullo y, por otro lado, más que batalla perdida podría interpretarse como una derrota definitiva. Junto al Muro de Berlín no solo cayó la “historia monumental del comunismo” sino que este quedó reducido solo a su dimensión totalitaria.

MARXISMO Y MEMORIA.

Con la expresión “entra la memoria sale Marx”, Traverso sintetiza el divorcio entre el marxismo y la memoria. Si el primero se afilió a la separación, propia del positivismo, entre Historia y memoria (del lado de esta última solo había subjetividad y recuerdos), los estudiosos de la segunda han ignorado al marxismo.

Lo que le interesa indagar al autor son las representaciones colectivas del pasado tal como se concibieron en la cultura marxista, y como se plantean hoy que las sociedades han abandonado el “principio de esperanza”. Para examinar aquellas apela a la iconografía y la simbología socialista y comunista: el mito del “Hombre Nuevo”, el cuadro El cuarto Estado de Pellizza da Volpedo (1901), el proyecto “Monumento a la Tercera Internacional” de Vladimir Tatlin (1919), los murales de Diego Rivera, los afiches que muestran a Lenin con el brazo extendido y el índice apuntando al porvenir. La memoria marxista era una memoria optimista y de emancipación. Así, un sindicalista británico de la década del treinta se dirige a un representante del partido conservador, diciéndole: “su clase representa el pasado, mi clase representa el futuro”.

BENJAMIN.

Los dos últimos capítulos de la obra están dedicados a Walter Benjamin: uno aborda la relación con el filósofo Theodor Adorno y el otro ofrece una mirada crítica sobre el ensayo “Walter Benjamin, centinela mesiánico. A la izquierda de lo posible” del intelectual y militante francés Daniel Bensaïd.

La correspondencia de Benjamin con Adorno permite seguir la historia de dos filósofos excepcionales. Ambos son judíos, de familias acomodadas. Cuando se afirma la amistad, Benjamin es un hombre maduro, vive con la precariedad de los emigrados políticos, casi no tiene trabajo y acaba de perder su biblioteca. Once años menor, Adorno todavía no tiene obra pero sí una influencia creciente en su amigo mayor del que llegará a ser mecenas y censor.

Respecto a Bensaïd, aunque su obra apareció en medio de una ola de conmemoraciones a Benjamin en ocasión de los aniversarios de su nacimiento y muerte, a la que siguieron decenas de encuentros y publicaciones académicas, Traverso distingue a ese ensayo del conjunto de elogios y obras canónicas sobre aquel. A contra corriente de ese movimiento, dice Traverso, Bensaïd presenta a un Walter Benjamin político.

Riguroso, de una prosa consistente y clara, Traverso revela, además de una sorprendente libertad en la elección de sus fuentes y materiales, una singular creatividad en la manera en que los hace dialogar. Es un trabajo imprescindible para todos quienes se interrogan sobre el siglo XX y, por qué no, sobre el XXI.

MELANCOLÍA DE IZQUIERDA. Marxismo, historia y memoria, de Enzo Traverso. FCE, 2018. México, 412 págs. Traducción Horacio Pons. Distribuye Gussi.

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