Una guerra imaginaria de consecuencias reales

El soldado japonés que siguió luchando durante 30 años es el protagonista de la primera novela de Werner Herzog

El director alemán conoció al teniente Hiroo Onoda, comprendió la esencia del problema, y lo desarrolla en "El crepúsculo del mundo"

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Hiroo Onoda se rinde en Filipinas en 1974, casi treinta años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial.
(foto KENZO SATO)

por László Erdélyi
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El 17 de marzo de 1974 el teniente Hiroo Onoda del Ejército Imperial del Japón depuso armas ante su jefe, el Comandante Taniguchi. Pero algo no cerraba porque Taniguchi era un anciano de 88 años, encorvado y canoso, el teniente Onoda vestía un uniforme andrajoso, remendado, y la guerra había terminado hacia casi 30 años, en 1945. Pero Onoda solo iba a rendirse ante uno de sus superiores.

Finalizó así una de las historias más asombrosas del siglo XX, la de un soldado dejado atrás por su ejército en 1944 en una isla de Filipinas con órdenes de llevar adelante una guerra de guerrillas. Onoda luego se reintegró a la vida civil, fue condecorado, agasajado e incluso reverenciado por cierto Japón ultranacionalista. El mundo conoció su historia, pero en realidad no, apenas la conoció. El titular de prensa de entonces, anunciando su rendición, e incluso los obituarios ante su muerte en 2014, apenas arañaban la esencia.

Hasta que la historia se encontró con el director y escritor alemán Werner Herzog, famoso por sus enfoques que descolocan, que rompen con los relatos establecidos. El propio Herzog cuenta que estaba en Japón en 1977 para dirigir una ópera en Tokio, que en cierto momento vino un empleado a decirle que el Emperador quería verlo. Pero rechazó la invitación, acto que dejó a todos los presentes helados y que a él lo terminó avergonzando. Entonces le preguntaron a quién desearía ver y no dudó un instante, “a Hiroo Onoda”, dijo. De ese encuentro surgió El crepúsculo del mundo (2022), la primera novela de Herzog, que llega un año más tarde al universo lector hispanoamericano traducida por Marina Bornas.

Soldados en la niebla. La esencia de la historia estaba en lo ocurrido durante esos 30 años, los hechos concretos, las circunstancias y las decisiones en un contexto de humedad, hambre y muerte. A pesar de que se ha dicho que Herzog romantiza la naturaleza, nada más alejado de la verdad. Lo que a él lo seduce, desde las aventuras del loco Aguirre en el Amazonas en Aguirre, La ira de Dios, hasta sus innumerables documentales (Grizzly Man, o el dedicado a la sobreviviente en la selva Juliane Kopcke, entre muchos otros) es la violenta desnudez con que se expresa la naturaleza. Su autenticidad. Claro que, para narrarla en un film, un documental, o en una novela, hace falta un estilo, una forma de acercarse que no traicione esa esencia. Así, la novela sobre Onoda es puro Herzog, pues asume esa distancia irrepetible, única, muy de él, para no traicionar. No es algo menor que advierta, de entrada, que en el relato hay detalles correctos y otros no, y que lo importante para él era otra cosa. Algo que no nombra, pero tampoco hace falta nombrar.

Esa esencia está en el ser japonés, en los tabúes y mandatos ancestrales sobre la guerra y el honor que dominan el inconsciente nipón. En esa guerra que peleó durante 30 años, Onoda —oficial de inteligencia del ejército— sobrevivió a un total de 111 emboscadas para matarlo o capturarlo, sea por soldados norteamericanos, por el ejército filipino o policías rurales que buscaban proteger a los aldeanos. Porque Onoda y sus hombres necesitaban comer y bajaban de la selva a tiro limpio, y mataban gente inocente y soldados. Nunca rindió cuentas por esas muertes; creía sin fisuras que la guerra seguía a pesar de los múltiples indicios en contrario que un ser normal habría tomado en cuenta. Pero Onoda no era normal, la realidad que él eligió era la que imponía ese enemigo imaginario, una realidad matizada también por la violencia de la propia naturaleza, que fungía de estímulo. Cuando las armas y las municiones comenzaron a oxidarse por la presencia implacable de la humedad, pudieron extraer el aceite del coco mediante un proceso artesanal. Entonces cubrieron los metales con capas de aceite que los protegieron durante todas esas décadas. Sobre todo el metal de la espada samurai que Onoda llevaba consigo, de fuerte simbolismo. En el imaginario tradicional japonés, el sable samurai representa la última arma honorable, luego desplazada por la modernidad del arma de fuego. De eso hablaba con sus hombres en las interminables charlas sin tiempo que se perdían en la nada.

Cuando los diarios del mundo publicaron en 1974 que habían encontrado a Onoda solo, como llegado de otra galaxia, pocos se preguntaron cómo eso había sido posible. En Japón siempre se supo, por la prensa, que Onoda seguía luchando. No fue olvidado. Para ciertos sectores del Japón representaba el honor perdido pero todavía vivo, y necesario. Claro que de eso mejor hablar bajito, como también del éxito de público que tuvo en Japón la película Otoko-tachi no Yamato (2005), sobre el hundimiento del poderoso acorazado japonés Yamato en una misión suicida (1945), donde sin rodeos se afirma que Japón entró en guerra en 1941 por culpa de los Estados Unidos. Según ese relato, ningún japonés tenía la culpa de nada. Como aquel científico que afirmó que los virus en Japón eran todos extranjeros, foráneos, venían siempre de afuera.

Cordura. Herzog no pierde la oportunidad de plantear en El crepúsculo del mundo sus preguntas predilectas. “¿Y la guerra en sí, acaso no tiene una especie de vida propia? ¿Sueña la guerra consigo misma?” Es la misma pregunta que le hizo a Elon Musk en el documental sobre el origen de Internet, Lo and Behold (2016), sobre si Internet era capaz de soñarse a sí misma, lo que dejó al empresario tartamudeando, sin palabras (y Herzog, pillo, dejó rodando la cámara). Así, el director alemán es el duro, el malo que hace las preguntas incómodas en un tiempo donde hay poca crítica, se busca la uniformidad del discurso, prevalece la mentira y la decencia se pierde en la niebla, esa misma niebla que protegió en la selva a Hiroo Onoda. Que haya aparecido en papeles de malo en The Mandalorian (2019, parte del universo Star Wars) o Jack Reacher (2012), para los fans de Herzog no es más que pura justicia poética.

EL CREPÚSCULO DEL MUNDO, de Werner Herzog. Blackie Books, 2023. Buenos Aires, 181 págs.

Werner Herzog
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