Álvaro Ojeda
HUBO UNA GUERRA que duró algo más de cuatro décadas. Una guerra permanente, peleada en todos los rincones del planeta, absoluta, feroz y a la vez confusa, vidriosa y secreta. Fue conocida por medio de dos palabras engañosas, casi inocuas: "Guerra Fría". Se desarrolló entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y el 9 de noviembre de 1989 cuando decenas de miles de berlineses asaltaron un muro odiado y ruinoso. Un muro que era una anacrónica rémora feudal, una representación cabal de un mundo abolido, un desengaño sangriento. El desenlace de esta "Guerra Fría" nunca declarada, tuvo en Michael Meyer a un cronista excepcional. Periodista y editor de la revista Newsweek durante veinte años, fue designado corresponsal en Berlín entre 1988 y 1992. El año que cambió el mundo es el resultado de esa afortunada designación. En catorce capítulos y un jugoso epílogo, Meyer da cuenta de varias entrevistas a Vaclav Havel, a Lech Walesa, a toda la plana mayor del gobierno húngaro más un agregado formidable: una charla con Nicolae Ceausescu poco antes de su ejecución. A medio camino entre la crónica y la narración -con abundantes notas que justifican todo lo que se asevera- Michael Meyer es la pluma ideal para retratar el momento más trascendente del siglo pasado.
PANORAMA. Para el autor, la "Guerra Fría" tuvo un carácter radicalmente global. Fue en realidad la primera -y por ahora la última- guerra que puede ser considerada con propiedad como una guerra mundial. Se peleó en el Lejano Oriente (Corea, Vietnam, Laos, Camboya), se peleó en América del Sur y en América Central, se peleó en Europa, se peleó en el África sub-sahariana y en el centro de Asia. Millones de hombres y mujeres se vieron envueltos en ese tremendo esfuerzo bélico cuyo escenario involucró una larga lista de ciudades: Saigón, Hanoi, Seúl, Pyongyang, Kabul, Teherán, Phnom Penh, Budapest, Praga, Varsovia, San Salvador, Managua, Santiago de Chile, Buenos Aires, Berlín.
La guerra más larga en el escenario más vasto. Para dar una idea aproximada de la anterior aseveración, el autor aporta algunas cifras. La guerra dio cuenta de entre un cuarto y la mitad de todo el gasto gubernamental de los Estados Unidos, algo así como el 10% del PNB (Producto Nacional Bruto) de dicha nación durante cincuenta años. Según Meyer todo este despliegue significó un gasto de 51.6 billones de dólares. Ahondando en el delirio, Estados Unidos gastó, entre 1949 y 1996, 5.8 billones de dólares en armas e infraestructuras nucleares destinadas a una guerra que afortunadamente nunca se libró con este tipo de armamento. Semejantes cifras también produjeron un cambio cultural inmedible. La "Guerra Fría" generó desde el Plan Marshall hasta Internet (que fue en sus orígenes un sistema de comunicaciones militares para resistir un eventual ataque soviético), desde los Acuerdos de Bretton Woods y la creación del Banco Mundial y del FMI hasta la saga cinematográfica de James Bond o las novelas de Graham Greene o John Le Carré.
Del otro lado del Muro, la República Democrática Alemana no se quedó atrás en esta absurda carrera. La Stasi -la temible policía secreta del régimen de Erich Honecker- contaba con 97.000 funcionarios y 173.000 informantes en una población de 17 millones de habitantes. Para completar el cuadro, Meyer realiza un recuento aproximado y parcial de las vidas humanas perdidas durante el asordinado conflicto. Estados Unidos tuvo 32.629 muertos en Corea y 58.148 en Vietnam mientras que las víctimas vietnamitas se elevaron a 1.2 millones. Las "tablas de sangre" resultan espeluznantes. Medio millón de muertos en la guerra civil en Angola; 75.000 en El Salvador y otro tanto en Guatemala -acciones encubiertas de la CIA, escuadrones de la muerte, guerrillas de izquierda; 30 millones de chinos víctimas de la Revolución Cultural; el millón de muertos de Pol-Pot en Camboya y los millones de muertos de las purgas estalinistas más las acciones represivas soviéticas en Hungría, Polonia, Checoslovaquia y Afganistán. Debe consignarse que el autor no suma, en este recuento de barbarie, a los desaparecidos por la acción de las dictaduras del Cono Sur apoyadas por los Estados Unidos.
La "Guerra Fría" fue una catástrofe y el Muro de Berlín su ícono.
MALENTENDIDOS. El 12 de junio de 1987, con el Muro de Berlín a sus espaldas, el presidente Ronald Reagan pronunció una frase histórica: "Señor Gorbachov, derribe este muro". La serena convicción con que la pronunció hace pensar en una larga meditación y un minucioso ensayo. Nada de eso. Reagan ni siquiera iba a pasar por Berlín en su viaje rumbo a Venecia para asistir a una reunión del G7, el grupo de los países más industrializados. Invitado a la conmemoración de los 750 años de la fundación de la ciudad, Reagan olisqueó algo grande. Meyer demuestra que el autor de la frase, el asesor Peter Robinson, debió enfrentarse a los sectores más conservadores de la Casa Blanca que encontraban timorato el reclamo presidencial. Fue el propio presidente el que decidió incorporarlo al discurso. No resultó tan mal actor después de todo.
La primera confusión que esta frase acarreó para la política exterior estadounidense, aterriza más de veinte años después, durante el mandato de George W. Bush y proviene de la torpe sustitución de la palabra "muro" por las palabras "eje del mal". Reagan solicita un favor dirigido a un Mijaíl Gorbachov proclive a realizarlo. George W. Bush supone que sus rivales colapsarán con su sola presencia e interpretando mal a su maestro, embistió contra la historia. Habían cambiado los rivales y sobre todo había cambiado el presidente. Según Meyer entre ese acto de astucia de Reagan y la torpeza fundamentalista de Bush hijo, ha oscilado la política exterior estadounidense. En el medio del trayecto del péndulo se encuentra George H. W. Bush padre, el verdadero vencedor de la "Guerra Fría", el presidente que asistió a la caída del Muro, con su tono ponderado y cauteloso.
Bush padre intuía que Gorbachov había llegado para hacer historia y la forma en que lo confirmó no deja de ser sorprendente. En el momento de la caída del Muro: "Un único presentador de televisión estaba en la escena, Tom Brokaw de NBC. Ningún líder occidental estaba a mano para presenciar el evento o saludar a las víctimas de tantos años de opresión comunista en tanto estas, con mirada perpleja, encontraban su camino a la libertad y a Occidente. El canciller alemán Helmut Kohl estaba de visita oficial en Polonia. El presidente George H.W. Bush se enteró gracias a su consejero de seguridad nacional, Brent Scowcroft, quien lo escuchó en las noticias. Juntos, los dos hombres ingresaron a la oficina privada al lado del despacho presidencial y encendieron la televisión".
Parece increíble que la administración estadounidense no hubiese sabido interpretar las recientes elecciones en Polonia y la apertura democrática llevada adelante por los ex burócratas comunistas en Hungría. Es posible que cierto informe de situación mundial elaborado al asumir Bush padre, por una ascendente estrella en el firmamento de la seguridad nacional -Condoleeza Rice- y sus erráticas conclusiones, fuesen la causa de tamaña desinformación. También parece increíble que siempre haya halcones más rapaces entre los mismos halcones. Pero ocurrieron hechos más sorprendentes.
Comprensión lectora. El 9 de noviembre de 1989 Egon Krenz, el nuevo jefe del Partido Comunista de Alemania Democrática, llamó a Günter Schabowski -vocero del politburó- a sus oficinas. Hacía pocas semanas ambos habían desplazado del poder absoluto al histórico mandamás estalinista Erich Honecker (alias Papi), en una memorable y surrealista sesión del politburó en la que el viejo líder terminó votando contra sí mismo. El motivo de la entrevista consistía en la entrega de un documento a ser leído ante la prensa. El documento daba cuenta de la inminente expedición para la población de Alemania del Este, de pasaportes que permitiesen el libre pasaje hacia occidente. Pocas palabras, promesas ciertas, un estado de situación: la cosa no daba para más.
Cuando Schabowski se enfrentó a los periodistas una suma de elementos fortuitos (un lapsus del vocero, la urgencia por terminar con todo ese asunto, la tensión que se palpaba en el aire) se confabularon en su contra. Es posible imaginar la escena. Murmullos, desorden, comentarios, humo. Meyer la describe con maestría: "Para una nación tanto tiempo encerrada tras la Cortina de Hierro, era en efecto una gran noticia. En la rueda de prensa, sin embargo, se hizo un súbito silencio seguido de una oleada de susurros. Schabowski continuó su sonsonete. Entonces, desde la parte trasera de la sala, al tiempo que las cámaras rodaban transmitiendo en vivo para la nación, un periodista lanzó en voz alta la pregunta crucial: `¿A partir de cuándo?`. Schabowski hizo una pausa y levantó la vista, de súbito confundido. `¿Qué dice?` preguntó."
La pregunta fue repetida y Schabowski luego de divagar sobre cuestiones técnicas, alzó los hombros y en lugar de pronunciar las palabras "a la brevedad", lanzó un claro y contundente "Ab Sofort" (De inmediato). Sabía qué decir pero dijo otra cosa. La sala hizo erupción. No es que no se intuyera la caída del Muro, es que una conferencia de prensa que pretendía poner orden en la situación, había sido sobrepasada por el mismo régimen que reconocía con su error de enunciación, la poderosa marea de la historia. Analizar la caída de un régimen desde la perspectiva de un juego de lenguaje coloca a Meyer en una categoría de cronista superior.
EL AÑO QUE CAMBIÓ EL MUNDO. La historia secreta detrás de la caída del Muro de Berlín, de Michael Meyer. Norma, Bogotá, 2009. Distribuye América Latina, 254 págs.