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Amor y obsesiones de un "raro"

El sapo, la princesa, y el amor a distancia: las cartas de Mario Levrero a Alicia Hoppe desde Buenos Aires

Cartas que revelan al gran escritor uruguayo en su faceta más intima.

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ALICIA HOPPE, MARIO LEVRERO.JPG
Alicia Hoppe y Mario Levrero

por Juan de Marsilio
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A Mario Levrero (Jorge Mario Varlotta Levrero, Montevideo, 1940–2004), usando una categoría propuesta por el crítico Ángel Rama, corresponde ubicarlo entre los narradores “raros” del Uruguay. Con cierta fama en vida —que no le evitó problemas de dinero— a casi veinte años de su muerte su obra goza de buena salud, al menos entre cierto público sensible (y como el autor predijera, los editores ganan al publicarlo un dinero que él nunca llegó a ver junto). Entre 1987 y 1989 tuvo una relación amorosa con Alicia Hoppe. Se conocían de antes y al principio de la relación los separaba el Río de la Plata, porque Levrero vivía en Buenos Aires y Alicia en Colonia. En Cartas a la princesa, con edición de Ignacio Echeverría y la propia Alicia Hoppe, se publican cincuenta y nueve cartas de Levrero a la mujer que amaba, y que firmaba “Jorge” o “J”.

Levrero conocía a Alicia desde que ella tenía veinte años y estudiaba medicina, porque era la novia de un amigo suyo, Juan José Fernández. Al principio, y por mucho tiempo, tuvieron mala opinión uno del otro. Para Levrero, hombre de mala salud, fóbico, hipocondríaco y con tendencia a somatizar, todo cambió cuando se hizo paciente de Alicia, en quien llegó a ver poderes mágicos. Muchas veces se sentía mejor sólo por llevar las recetas en el bolsillo, sin necesidad de tomar los medicamentos. Levrero tuvo mucho peso en que Alicia, que era internista, se decidiese por una segunda especialidad, la psiquiatría. Tras el divorcio de ella, y a partir de un encuentro en Colonia donde Hoppe residía, la relación basada en cartas, llamadas telefónicas y visitas a Buenos Aires, tomó un cariz amoroso.

Jorge y Mario. Su nombre completo era Jorge Mario Varlotta Levrero. En la Introducción, Ignacio Echeverría explica por qué publicaba como Mario Levrero y firmaba “Jorge”, con su primer nombre, el no literario. La primera razón es que estas cartas ilustran el talante de Levrero en la parte más personal de su obra, la del Diario de un canalla y La novela luminosa, textos de autoindagación. En segundo lugar, en varias de estas cartas el autor le cuenta a la mujer que ama cómo siente el trabajo en una novela que escribe, La banda del ciempiés. Finalmente, la consciencia de Levrero de que su yo verdadero es el del escritor, incluso cuando firma como Jorge y se refiere a las cuitas de un tal Varlotta en Buenos Aires. Por otra parte, hay no pocos chispazos de estilo que hacen que estas cartas tengan valor literario propio.

Homenajes y reproches a la “Princesa” se alternan. Los primeros, dulces y tiernos, trasuntan sinceridad. Los segundos, igual de sinceros, muestran una exigencia fuerte y por momentos cruel para con la amada. Para ser el escritor que fue, Levrero pagó un precio altísimo, pues para abismarse en la búsqueda del inconsciente, que consideraba el yo verdadero y punto de contacto con el Espíritu, y volcar todo eso en su narrativa, necesitaba ocio, lo que le llevaba a sufrir penurias cuando no trabajaba, como también angustias. Porque al dedicarse a un empleo le quitaba tiempo a lo único que consideraba genuino: la escritura. Esto lo hace inestable, frágil y difícil a la hora de convivir, porque demandaba constante apoyo. Sorprende que la pareja durase, sobre todo cuando se leen largas cartas en las que el tema es el eccema de Levrero, o su mala digestión, tras los que casi siempre halla raíces parapsicológicas.

Erótico y analítico. En algunas de estas cartas, la celebración de la mujer amada y la intimidad entre los amantes adquiere valor literario, tanto que varios fragmentos podrían publicarse como poemas eróticos en prosa. Este tema se entreteje a menudo con la obsesión de Levrero por el análisis psicológico —en base a las teorías de Freud y Jung— que aplica de modo implacable a sus sueños y vivencias, así como también a las actitudes, los dichos y los silencios de Alicia, lo que tensa no poco la relación. Pero este análisis también trasciende a un plano más misterioso, lo parapsicológico, tema en el que Levrero siempre estuvo interesado, que permea toda su narrativa y del que tuvo sólidos conocimientos, tanto que publicó un Manual de Parapsicología. Estas cartas son, en este aspecto, otro testimonio de la coherencia entre vida y obra del escritor.

En estas cartas también está la relación de Levrero con Buenos Aires. Al principio la gran ciudad le dio una mejoría económica gracias al empleo en la revista de Cruzadas que le diera uno de sus directores, Jaime Poniachik, amigo personal en el que Levrero veía una figura paterna, aunque era menor que él. Asimismo Buenos Aires le dio una mayor notoriedad literaria. Pero nunca se adaptó: creía que los argentinos, y en especial los porteños, no son capaces de vivir de modo profundo lo cultural, y nunca se sintió comprendido por la crítica ni el público, incluso cuando recibía opiniones elogiosas. En buena medida la mudanza de Levrero a Colonia fue una huida de Buenos Aires.

Las cartas de Alicia Hoppe no se publican, por no revestir valor literario y para preservar su intimidad. Se citan o aluden en el aparato de notas, sólo en la medida en que son imprescindibles para aclarar algo, lo que termina siendo, con o sin intención de los editores, otro encanto del texto. Las cartas presentan a Hoppe maravillosa o mezquina, adorable o vilipendiable, pero siempre ejerciendo un influjo fortísimo sobre el amante, que sufre las ausencias incluso durante las breves visitas, que goza muchísimo con lo que halla en la mujer, pero padece mucho más por lo que ella le niega, por aquello en lo que se le resiste: la prioridad que le da a su trabajo, su hijo, su madre y su exesposo, en tanto que padre de su hijo. Levrero, que tanto amaba su soledad y su libertad de escritor, dependía de la mujer, a quien había vuelto la Princesa, sin nunca permitirle del todo dejar de ser la Doctora, con lo que ese rol implica de maternal.

El único defecto de edición es dar como distancia entre Montevideo y Colonia trescientos kilómetros, cuando en realidad son ciento ochenta. De seguro Levrero le habría dado algún significado al lapsus.

CARTAS A LA PRINCESA, de Mario Levrero. Random House, 2023. Buenos Aires, 336 págs.

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