Raquel Guinovart
LA HISTORIA religiosa es una especie particular, que puede adquirir la forma de una ortodoxia asfixiante. La historia de las naciones, también, pero de otro modo. La historia del judaísmo es de las más complejas, porque reúne las dos condiciones. Una característica insólita del judaísmo es que se puede adherir a él sin tener creencia alguna en Dios, lo que hace que un judío sea, más que cualquier otra cosa, el miembro de una nación.
Una nación es una comunidad cultural, lo que abarca un idioma, una literatura, una historia y una religión. Suele estar asociada a un Estado, es decir un territorio preciso. La nación hebrea, sin embargo, durante un intervalo de más de 2.000 años careció de enclave físico. Tuvo por contraste una cohesión cultural que le permitió pervivir a lo largo del tiempo. Esa supervivencia, de por sí asombrosa, fue acompañada por una discriminación incluso criminal en varios períodos de la historia, particularmente en Europa.
Es difícil escribir una historia crítica del judaísmo sin que se acuse al historiador de antisemita, en caso de ser gentil, o de judío lleno de auto-odio, en caso de no serlo. Esa es una de las opiniones fuertes del libro del profesor Israel Shahak Historia judía, religión judía; el peso de tres mil años. Esta obra intenta ser una revisión crítica del pasado y de los supuestos religiosos que están ejerciendo sobre el presente un peso del que no se habla pero que pueblan lo que él llama "ideología judía". Shahak considera imprescindible esta tarea porque "el antisemitismo y el chovinismo judío sólo se pueden combatir de manera simultánea".
Israel Shahak (1933-2001) nació en Varsovia de padres judíos ortodoxos y sionistas. Tras sobrevivir al internamiento en los campos nazis de Poniatowo y Bergen-Belsen, emigró a Palestina en 1948. Hasta su jubilación fue profesor de Química orgánica en la Universidad Hebrea de Jerusalén. A través de conferencias y artículos en los más prestigiosos diarios occidentales Shahak adquirió una notable presencia como intelectual enfrentado a la política expansionista israelí, un enfrentamiento que se intensificó a partir de la guerra de 1967 y la subsiguiente ocupación israelí de Cisjordania y Gaza. Presidente desde 1970 de la Liga de Derechos Humanos y Cívicos, Shahak trabajó por la defensa de los derechos de todos los ciudadanos (judíos, cristianos, musulmanes, árabes, drusos, etc.) al mismo tiempo que se dedicó a la investigación histórica y la reflexión teórica sobre el sionismo y el judaísmo. Su libro fue escrito bajo la égida del gran marrano, Baruch Spinoza, quien dijera en el siglo XVII "en un estado libre cualquier hombre puede pensar lo que quiera y decir lo que piensa". Que así sea leído.
SOBRE LA TOLERANCIA. La actividad política de Shahak como judío israelí comienza en 1965 con una protesta. Había presenciado personalmente cómo un judío ultrarreligioso se negaba a permitir que se usara su teléfono durante el Shabbat (sábado en hebreo) para pedirle una ambulancia a un no-judío que se había desmayado en su barrio de Jerusalén. El Shabbat es el día de descanso para los judíos en los que no deben realizar ningún trabajo. Shahak en vez de limitarse a hacer público el incidente en la prensa, solicitó una reunión con los miembros del Tribunal Rabínico de Jerusalén, integrado por rabinos nombrados por el Estado de Israel. Les preguntó si esa conducta era consistente con su interpretación de la religión judía. Respondieron que sí, que el judío en cuestión se había portado de forma correcta, incluso virtuosa. "Añadieron mucha palabrería beata, en el sentido de que si las consecuencias de un acto así ponen en peligro a judíos, se permite por el bien de éstos que se viole el Shabbat". El resultado de su consulta no le agradó. Durante la guerra había escuchado una conversación entre dos jóvenes polacos. Uno defendía a los alemanes señalando que estaban limpiando Polonia de judíos, cuando el otro le interrumpió con la pregunta: "¿acaso no son también seres humanos?". Israel Shahak nunca olvidaría aquella frase.
Empezó a estudiar las leyes talmúdicas que rigen las relaciones entre judíos y no judíos y "se me fue haciendo evidente que ni el sionismo, incluida su parte aparentemente secular, ni la política israelí desde el comienzo del Estado de Israel, ni, en especial, la política de los defensores judíos de Israel en la diáspora se podían entender sin tener en cuenta la profunda influencia de esas leyes y de la visión del mundo que a la vez crean y expresan".
JUDAISMO CLASICO. Shahak considera que no es posible una interpretación social o mística de los judíos como un todo, puesto que la estructura social del pueblo judío y la estructura ideológica del judaísmo han cambiado profundamente a lo largo del tiempo. Distingue cuatro fases fundamentales.
La primera es la de los antiguos reinos de Israel y Judá, hasta la destrucción del primer templo (587 a.C.) y el exilio babilónico. Socialmente estos antiguos reinos judíos eran muy similares a los reinos vecinos de Palestina y Siria. Las ideas que habrían de llegar a ser típicas del judaísmo posterior —inclu¦dos, especialmente, el segregacionismo étnico y el exclusivismo monoteísta— estaban limitadas en esta época a pequeños círculos de sacerdotes y profetas, cuya influencia social dependía del apoyo monárquico.
La segunda fase es la de dos centros, Palestina y Mesopotamia, (desde 537 a.C) que duraría unos mil años. Se caracteriza por la existencia de estas dos sociedades judías autónomas (ambas basadas, sobre todo, en la agricultura), a las que mediante la fuerza y la autoridad del imperio persa se les impuso la "religión judía" tal y como se había elaborado previamente en círculos de sacerdotes y escribas.
Entre la segunda y la tercera fase (la del judaísmo clásico) hay un hueco de varios siglos. En la actualidad se sabe muy poco sobre los judíos y la sociedad judía de estos siglos, y la poca información de que se dispone deriva de fuentes no judías.
La fase del judaísmo clásico o judaísmo rabínico abarcó el período comprendido entre aproximadamente el 800 d.C. hasta finales del siglo XVIII. Este judaísmo ha conocido muy pocos cambios desde entonces, y en forma de judaísmo ortodoxo sigue siendo hoy en día una fuerza poderosa.
Las características sociales de este período lo distinguen de las fases anteriores en varios aspectos. Uno de ellos es que la sociedad judía clásica carece de campesinos. En esa sociedad los judíos disfrutaron de las mismas condiciones de toda la pequeña minoría no campesina y que a pesar de las persecuciones a las que estaban sometidos, formaban una parte integral de las clases privilegiadas. Recuerda que "su función social más importante fue mediar a favor de la nobleza y de la Corona en la opresión de los campesinos". Agrega que en todas partes el judaísmo clásico desarrolló odio y desprecio a la agricultura como ocupación y a los campesinos como clase, aún más que a otros gentiles. "Esto es evidente para cualquiera que esté familiarizado con la literatura yiddish o hebrea de los siglos XIX y XX".
Otro rasgo de la sociedad judía clásica es que dependía de modo especial de los reyes o de nobles con poderes reales. Cuando se visita en Europa las llamadas juderías, convertidas en curiosidad histórica, el visitante sudamericano suele asociar la palabra y el concepto al de ghetto, que alude a una cosa muy distinta. El ghetto supone una segregación del Estado sobre su población judía, que queda circunscrita a un sitio determinado. Las juderías son exactamente lo contrario. Significan una auto-segregación que tiene como fin mantener la nación, y como autoridad a los rabinos. La situación jurídica de ese pequeño Estado dentro del Estado, tenía grandes riesgos, y también grandes beneficios, al menos para ciertas castas sacerdotales, que asumían de portavoz de los suyos, y al mismo tiempo de disciplinador por derecho exclusivo. El estatuto legal de una comunidad judía en el período del judaísmo clásico se basaba normalmente en un "privilegio", un fuero concedido a la comunidad judía por un rey o príncipe que le confería derechos de autonomía. Esto es, investía a los rabinos con el poder de mandar sobre los demás judíos. Una parte de estos privilegios es la creación de un Estado clerical judío que está exento de pagar impuestos al soberano y tiene permiso para fijar impuestos a la gente que tiene bajo su control en beneficio propio. La comunidad, aparte del Estado clerical, igual pagaba impuestos al soberano.
En cada país, hubo acuerdos similares durante todo el período clásico. No obstante, sus efectos sociales sobre las comunidades judías variaban según el tamaño de cada comunidad. Allí donde había pocos judíos solía ser escasa la diferenciación social dentro de la comunidad, que tendía a estar integrada por judíos ricos y de clase media que, en su mayoría, poseían una educación rabínico-talmúdica considerable. Pero en los países en que el número de judíos fue aumentando y apareció una clase numerosa de judíos pobres surgió una división, viéndose cómo la clase rabínica, en alianza con los judíos ricos, oprimía a los judíos pobres en beneficio propio así como en beneficio del Estado, esto es, de la Corona y la nobleza. Esta última a su vez, ayudaba a mantener el orden dentro de las juderías por lo que durante el período clásico los rabinos fueron los más leales seguidores del poder de turno.
Dentro de las juderías los rabinos imponían una estricta y muchas veces cruel disciplina para mantener unido al rebaño, y una ritualidad cuya observancia desafía la memoria. Un castigo era el anatema. Un judío que hubiese faltado a su religión en determinado grado podía ser expulsado de la comunidad, el único lugar en el que tenía derechos civiles. Se volvía invisible (así fue castigado Spinoza, pero tuvo la suerte de estar en Holanda, el país más tolerante de Europa). Se punía también con la muerte, la tortura y otras prácticas comunes a todas las naciones de la época, afirma Shahak. Aunque siempre se escucha hablar de las víctimas judías de los gentiles, se escucha mucho menos sobre las víctimas judías de los judíos. Cuenta Shahak paradojas históricas como la del régimen de Metternich de la Austria anterior a 1848, que tenía fama de ser reaccionario y muy hostil hacia los judíos, pero que salvó la vida de muchos de ellos, al prohibir en todo su reino la pena de muerte. Cuando ese período antisemita pasó lo primero que hicieron los rabinos ortodoxos fue envenenar a un rabino liberal, afirma Shahak, aunque hay versiones diferentes de este episodio.
La apertura de esa verdadera sociedad cerrada, como la describe Shahak en el sentido de Popper, llegó desde fuera y no desde dentro de la autoridad judía. Cuando en la época de la Ilustración, a la que contribuyeron numerosos judíos liberales, se les otorga derechos civiles y nacionalidad, la influencia de la ortodoxia fue menos efectiva. Los judíos ya no estaban protegidos únicamente bajo la férula de su comunidad.
PERSECUCIONES. Durante todo este período los judíos sufrieron frecuentes persecuciones y esto sirve hoy como argumento principal del sionismo. Pero —puntualiza Shahak— hay que establecer una clara distinción entre las persecuciones de los judíos durante el período clásico, por un lado, y el exterminio nazi, por otro.
Hay que señalar que en todas las peores persecuciones anti-judías del período clásico, es decir aquellas en las que se mataron judíos, la elite dirigente —el emperador, el papa, los reyes, la alta aristocracia y el alto clero, así como la rica burguesía de las ciudades autónomas— siempre estuvo de parte de los judíos, aunque el bajo clero a nivel popular fomentaba el odio. Todas las masacres de judíos formaban parte de rebeliones campesinas o de otros movimientos populares en tiempos en que el gobierno estaba especialmente debilitado. Estas rebeliones solían ser muy violentas, y Shahak cita casos de otras revueltas campesinas que tuvieron similares características de salvajismo sangriento y en las que no había población judía. Sin embargo ha quedado grabada en la conciencia de los judíos de la Europa del este hasta nuestros días como actos de antisemitismo gratuito dirigido contra los judíos como tales, en lugar de verla "como una revuelta campesina, como una revuelta de los oprimidos, de los verdaderos condenados de la tierra, ni siquiera como una venganza infligida a todos los sirvientes de la nobleza".
El período clásico termina con la Ilustración, etapa en la que los judíos adquieren derechos fuera de su comunidad. Los judíos más lúcidos aplaudieron las ideas ilustradas con entusiasmo. Su estado de ánimo era optimista, como describe Shahak, al punto de que gran cantidad de judíos, sobre todo en los países occidentales, sencillamente abandonaron el judaísmo clásico, "aparentemente sin grandes remordimientos, en la primera o segunda generación después de que esto fuera posible". Se formó también un movimiento cultural que se llamó la Ilustración judía (Haskalah) con una fuerza social considerable.
EL SIONISMO. El choque estrepitoso de este optimismo ante el crecimiento del antisemitismo a principios del siglo XX es tomado por los sionistas como un argumento para volver a la postura segregacionista del judaísmo clásico, sosteniendo que "todos los gentiles odian y persiguen siempre a todos los judíos", con notorias excepciones.
Esa postura segregacionista hizo que coincidieran de manera radical en los fines, aunque no en los medios, con las posturas más antisemitas. Los rabinos ortodoxos no protestaron ante las primeras medidas discriminatorias en la Alemania nazi, como el uso de estrellas amarillas, o la prohibición de matrimonios mixtos, porque ellos perseguían el mismo objetivo de pureza, aunque en este punto tampoco había consenso, pues dentro del judaísmo alemán había ramas muy diferentes. No obstante, "tal vez el ejemplo más escandaloso sea el placer con que algunos líderes sionistas de Alemania saludaron el ascenso de Hitler al poder, porque compartían su creencia en la primacía de la "raza" y su hostilidad a la asimilación de los judíos con los "arios". Felicitaron a Hitler por su triunfo frente al enemigo común: las fuerzas del liberalismo". A ese respecto, el rabino sionista Joachim Prinz en 1934 celebraba que: "la única forma de vida política que ha contribuido a la asimilación judía se ha hundido".
Shahak define al sionismo como una reacción al antisemitismo y una alianza conservadora con él, a pesar de que no llegaron a ser plenamente conscientes de con quién se estaban aliando. Con respecto al papel que le cabe al sionismo en la actualidad, su opinión es muy clara. El sionismo "tiende a la combinación de todos los antiguos odios del judaísmo clásico a los gentiles, y al uso indiscriminado y ahistórico de todas las persecuciones de los judíos a lo largo de la historia con el fin de justificar las persecución sionista de los palestinos".
CONSTRUCCION DEL PRESENTE. Para Shahak el pueblo de Israel tiene que dar una respuesta frente a una situación histórica que la pide. Ante el desafío, propone: "nuestra respuesta ha de ser universal, aplicable en principio a todos los casos comparables. Y para un judío que verdaderamente busque liberarse del particularismo y el racismo judíos y de la mano muerta de la religión judía, esta respuesta no es demasiado difícil." A pesar de la rudeza con que Shahak describe la religión judía, lo que está pidiendo no es otra cosa que lo que ya había pedido Kant en el siglo XVIII: la consideración universal de todos los seres humanos. Para el filósofo la base de la inmoralidad reside en considerarse a sí mismo como excepción. El sionismo presenta la historia del pueblo judío como excepcional, lo que lo exime de un tratamiento igualitario para con otros pueblos. La base de ética occidental y del liberalismo político es exactamente la contraria. Si este principio de siglo, revuelto y contradictorio, lleva a pensar que la tolerancia, el respeto del otro y el imperio de la justicia son el norte al que debemos aspirar, es necesario señalar los males del fundamentalismo allí donde este se encuentre. Para Shahak estamos frente a un caso. Su posición, fundamentada con ejemplos y con una lectura minuciosa del Talmud, puede ser discutible. Pero toda discusión argumentada será saludable y necesaria.
HISTORIA JUDIA, RELIGION JUDIA: EL PESO DE TRES MIL AÑOS DE HISTORIA de Israel Shahak. Editorial Mínimo tránsito, Madrid, 2003, 251 págs.
Contra los rabinos
L.E.
DICEN EN Israel que la lectura de Shahak equivale a entrar en un "campo minado". Alcanza con leer su libro clásico Jewish Fundamentalism in Israel (1999, reedición 2004, Pluto Press) para entender de inmediato el asunto.
Con los ánimos crispados por la Segunda Intifada, con los fundamentalistas judíos clamando por expulsar a todos los extranjeros de la tierra sagrada y con los fundamentalistas islámicos buscando destruir el Estado de Israel, la siguiente frase de Shahak no puede ser bien recibida: "Creo firmemente que si el judaísmo fundamentalista llega al poder en Israel, trataría a los judíos que no están de acuerdo con sus propuestas peor que a los propios palestinos". El libro parte de los casos de Yigal Amir, asesino de Rabin, y de Baruch Goldstein, autor de un atentado terrorista en 1994 contra fieles musulmanes, para comprender la complejidad del fenómeno fundamentalista judío, su historia, sus motivaciones, los diferentes sectores que lo integran, y cómo inciden en la política interna israelí, entre otros temas. Su estilo es contundente, de una retórica envolvente, aunque a veces conviene estar precavido ante alguna de sus generalizaciones, que como toda generalización suele ser tramposa.
Resulta pertinente la introducción a esta reedición que realiza Norton Mezvinsky, actualizando muchos elementos sobre la realidad fundamentalista judía desde 1999 a la fecha. Los colonos israelíes, estereotipados en los flashes de las cadenas internacionales de televisión, son algo más que señores de negro con fusil clamando por tierra sagrada. Los fundamentalistas son lo más pobre de una sociedad que entre 1985 y 2000 alcanzó grados de riqueza de Primer Mundo, los primeros afectados por el desempleo, por las empresas israelíes que se instalan en Jordania para bajar costos. La sociedad que se enriquece cambia, adopta nuevos estilos de vida, muchos ya no se casan mediante rabino, el homosexualismo se hace público, mientras los fundamentalistas denuncian esta pérdida de fe, y ciertos rabinos hablan de traición al judaísmo. Este crecimiento del fundamentalismo también se dió de bruces con la creciente libertad de expresión en la sociedad israelí. El 99 % de los diarios en hebreo son seculares, no religiosos, y tienen una tirada diaria promedio de 5 millones de ejemplares, para una población de seis. Los editores han descubierto que atacar a los fundamentalistas y publicar artículos escandalosos sobre rabinos vende diarios, llegando a afirmar que el verdadero peligro para el Estado de Israel no son los árabes, sino los rabinos. Pero esta es apenas sólo una parte de la historia, no toda. Porque en Israel nada es simple, todo es complejo.