Hugo Fontana
LA LITERATURA POLICIAL diluyó el homicidio como debate ético hasta convertirlo en un problema lógico. Y simultáneamente difuminó el atormentado mundo interior del asesino, constituido como el peor de sus castigos, hasta levantar las gruesas paredes de una cárcel. "El género no nace con el crimen sino con la desaparición del crimen", dice el argentino Pablo de Santis en una reseña que escribió a propósito de la reedición del ensayo La novela policial, escrito entre 1922 y 1925 por el alemán Siegfried Kracauer. Y agrega después: "La característica del relato policial no es el crimen; es la conversación. No nace con una muerte violenta: nace con dos hombres que conversan sobre una muerte violenta".
Raymond Chandler, uno de los maestros del noir, planteó en su breve y brillante trabajo El simple arte de matar, que "el asesinato, que es una frustración del individuo y por consiguiente una frustración de la raza, puede poseer -y en rigor posee- una buena proporción de inferencias sociológicas". Ya en el policial de enigma que analizaba Kracauer en su momento, discierne acerca del atajo puramente intelectual del crimen. La escuela estadounidense agrega una suerte de profesionalización del homicida y un componente de violencia a la solución de los casos. En ambas estrategias siempre están presentes elementos de un discurso político: críticas a una época en particular, a las diferencias de clase, a las persecuciones étnicas, a ciertos modelos de corrupción más o menos consensuados colectivamente.
Maestro vivo de la escuela de la brutalidad, a veces conocido como "el perro furioso de las letras", James Ellroy nació en Los Ángeles en 1948 y se ha abocado justamente a retratar esa gigantesca ciudad en un período que va de la década del 30 del siglo pasado a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. No es el Los Ángeles posmoderno de Blade Runner pero una misma sensación de multitud imposible, de mezcla infinita, de neblina turbia invade cada página de sus libros, que ya han pasado largamente la veintena. Las editoras españolas cada tanto van en busca de algunos de sus títulos aún no traducidos. Ahora le llegó el turno a los cuentos de Noches en Hollywood, publicados originalmente en 1994.
Peligrosas y frágiles. "Empecé escribiendo novelas policíacas más modestas a las que con los años añadí esa latitud histórica que tanto me gusta", declaró Ellroy hace unos meses en España. Promocionaba su última novela, Sangre vagabunda, que completa la trilogía iniciada con América y Seis de los grandes. Hizo saber además que ya tenía pronto un nuevo libro que se editará a fines de este año: La maldición de Hilliker, en el que relata en tono autobiográfico (como en Mis rincones oscuros a propósito del asesinato de su madre), su relación con las mujeres, verdadera obsesión de su vida privada que ahora resolvió hacer pública. En esa gira también sostuvo que desconocía el presente y que hace veinte años decidió ignorar todo lo que lo rodea, "porque quiero ser lo más eficaz posible en mi trabajo".
En Noches en Hollywood reúne siete cuentos, el primero de ellos prácticamente un prólogo en el que advierte al lector acerca de la estructura y los motivos de "El blues de Dick Contino", un relato que excede las cien páginas y que narra las desventuras de un acordeonista de música country que simula con torpeza e infelicidad su propio secuestro. "Memoria: el lugar donde las evocaciones personales colisionan con la historia", dice Ellroy. Y comienza su embestida.
El multimillonario Howard Hughes, el jefe del FBI Edgard J. Hoover, el capo judío Mickey Cohen, Johnny Stompanato, el mafioso que acabó sus días a manos de su esposa Lana Turner son algunos de los personajes reales que transitan por estas historias. Del otro lado, los mismos policías que el lector acólito ya encontró en novelas como La dalia negra, LA Confidential o A causa de la noche, fauna donde todo está permitido menos el perdón y la misericordia. Y las mismas, idénticas mujeres: solitarias, peligrosas y frágiles.
"Yo era el prototipo de policía-atleta que encantaba a los altos mandos", dice el detective Blanchard, del Departamento de Policía de Los Ángeles, "el ex boxeador que un periodista angelino había calificado de `la buena -pero no la gran- esperanza blanca del sur del estado`." Unas líneas más adelante presenta a su jefe: "Davis vivía, comía, bebía, suspiraba y respiraba por los coches bonitos. Su cubículo en Citaciones estaba empapelado de fotos de Duesenbergs y Pierce Arrows y de Cords, Cadillacs y Packards, junto a elegantes modelos extranjeros. Como robaba toda la ropa que vestía a los detenidos, extorsionaba a las prostitutas para que se lo hicieran gratis, comía de fiado y vivía en la habitación libre de una casa de huéspedes del condado para presos recién salidos con la condicional, tenía mucho dinero para gastárselo en ellos".
Una herencia mayor. La ciudad de Ellroy está llena de japoneses recién salidos o a punto de ser confinados en los campos de reclusión, está llena de campesinos de Oklahoma (los oakies de la novela Viñas de ira de John Steinbeck), está llena de "espaldas mojadas" traídos y devueltos a las localidades fronterizas de México. Todos son sistemáticamente explotados, a no ser cuando se alían entre sí y conforman pequeñas pandillas a las que hay que perseguir a sangre y fuego. La ciudad está llena de amores no correspondidos, de mujeres que cantan jazz y que abandonan a sus novios, de millonarios blancos o negros que se guarecen en villas y mansiones estrechamente vigiladas, de pobres que deambulan de un lado a otro sin más esperanzas que poder dar un buen golpe y hacerse con una buena cantidad de dinero, de abogados deshonestos a la orden del acusado más poderoso y desagradable.
La velocidad de Ellroy es otra vez vertiginosa: un lenguaje seco, sincopado, que suele viajar más rápido que sus propios personajes. Un viaje a las cloacas en un jet súper sport. Un humor ácido, negro, descacharrante, como el que despliega en "El momio", acaso el mejor cuento de la colección, donde un matón de poca monta es contratado por mil dólares a la semana para cuidar a Basko, el perro de un mafioso muerto al que éste le dejó una herencia de 25 millones de dólares, y que pronto se ve enredado en una estrafalaria historia donde pululan asesinos, hijas naturales, estafas, pornografía, benzedrina, fastuosas balaceras y una mujer con los dientes tan pero tan afilados que hasta son capaces de provocar desconfianza y temor a su amante.
"Mi trabajo es escribir fragmentos de la historia de Estados Unidos", dijo en uno de esos reportajes. Interrogado acerca de la cantidad de libros que lleva escritos, contestó: "la vida no es barata, dos ex mujeres, una asistente, pago mis impuestos. Alquilo, no poseo. Tengo que ganar dinero".
NOCHES EN HOLLYWOOD, de James Ellroy. Ediciones B, 2009. Barcelona, 288 págs. Distribuye Ediciones B.