ANDREA BLANQUÉ
HAY UNA frase que se repite muy a menudo: "Los uruguayos descienden de los barcos". Se dice eso para argumentar que lo que conforma la identidad nacional es una mixtura de españoles e italianos en una sociedad homogénea, altamente europeizada y sin conflictos raciales. Otra frase que resuena entre los uruguayos cuando intentan explicarse a sí mismos es "a los indios los mataron a todos".
Mucho de este mito del Uruguay blanco, europeo y uniforme -la Suiza de América- ha sido promovido desde la propia educación pública, donde concurren los menos privilegiados. Como paradoja, surge la evidencia de que los descendientes de indígenas y de africanos han recibido en las aulas estereotipos y muy poca información sobre la relevancia y el aporte que sus antepasados confirieron al conjunto de la identidad nacional.
UN LIBRO. Multiculturalismo en Uruguay es el resultado de un apasionante trabajo realizado por el Taller de Cultura del Departamento de Sociología de la Universidad de la República, integrado por 27 estudiantes y coordinado por los editores del libro, Felipe Arocena y Sebastián Aguiar.
Está estructurado en una primera parte y un epílogo que, a manera de ensayo, demuestran que el Uruguay es una diversidad que, durante décadas, los propios uruguayos se han negado a mirar. En el corazón del volumen están las 22 entrevistas realizadas a integrantes de 11 diferentes comunidades distribuidas por el territorio nacional y pertenecientes a distintos sectores sociales. La parte ensayística del libro es valiosa por su rigor, su información y la amenidad con que está escrita, pero las entrevistas, realizadas por chicos y chicas que preguntan lo que los uruguayos nunca se han animado del todo a preguntar, son un delicioso encuentro con la historia viva y con sus protagonistas.
Para el palestino que vive en el Chuy, Mustafá Salim, es difícil hablar de "nación uruguaya" porque formar una nación lleva tiempo:"¿qué son 200 o 300 años?", dice. Coincide en cierto sentido con Saúl Gilvich, judío hijo de lituano y de polaca que considera que es "racista decir que hay una cultura uruguaya". Para Gilvich, hay multiculturas, "un país con distintas vetas, inserto en un panorama latinoamericano, con mayor tendencia blanca".
Arocena y Aguiar sostienen que el Uruguay es de una y otra forma según el interés de quien lo describa y analice. Las cifras fisuran la idea del Uruguay batllista blanco y laico, atemperador de los extremos. Si bien en la encuesta de hogares del Instituto Nacional de Estadística el 93% de los uruguayos dice pertenecer a la raza blanca, cuando la pregunta varía y se dice en cambio -como en una encuesta de Cifra-: "¿Cree tener antepasados indígenas?", el 12% de los uruguayos contesta SÍ, y un 13% dice SÍ PROBABLEMENTE. Son más aún que los que contestan afirmativamente a la posibilidad de tener antepasados negros: aquí el 8% contesta que SÍ, y un 7% dice PROBABLEMENTE SÍ. Podrá argumentarse que no es lo mismo "ser" que "descender", pero Arocena y Aguiar se ocupan de demostrar que "la percepción que tiene una sociedad sobre sus antepasados es un componente fundamental para la constante construcción de su identidad".
Las nuevas generaciones de uruguayos son mucho más receptivas a aceptar esta diversidad y salirse de la matriz europea homogénea: entre los menores de 30 años, un 37% cree tener ancestros indígenas, y lo declara con orgullo, mientras que en las más veteranas generaciones, quizás haya vergüenza de aceptar su pasado.
A estos miles de descendientes de indígenas y de afrodescendientes, hay que sumar las importantes cifras que manejan las colectividades que descienden de inmigrantes: alrededor de 10.000 descendientes de suizos (en Colonia) y de rusos (en Río Negro); 50.000 libaneses distribuidos en todo Uruguay; 16.000 armenios; 20.000 judíos, (casi todos en Montevideo); 500 árabes que viven en la frontera y 2.500 peruanos. No puede soslayarse tampoco la gran cantidad de personas que tiene nacionalidad italiana, los descendientes de vascos, etc.
INDIOS Y NEGROS. Las entrevistas que se realizan a lo largo del libro son jugosísimas, y hay ciertas cuestiones que se repiten y que transgreden la convención del Uruguay tolerante. Los entrevistadores enfatizan en los objetivos que tienen los entrevistados como comunidad. El profesor de Historia Alberto Douredjian, descendiente de armenios, habla con cierta amargura de que el "destino de todo inmigrante es disolverse en la sociedad uruguaya". Por eso, sabe que las manifestaciones culturales, la formación de centros educativos, la creación de iglesias, es parte de una "lucha desesperada" por conservar el grupo étnico y su cultura.
En el caso de los descendientes de indígenas (hay cierta polémica sobre si en verdad el peso de los charrúas fue más importante que el de los guaraníes y viceversa), la "lucha desesperada" debe enfrentarse a la tabla rasa que hizo la historiografía nacional con la cuestión indígena. Para los descendientes de charrúas (en el libro son entrevistados Ana Barboza, tataranieta de una india sobreviviente de Salsipuedes, y Bernardino García, bisnieto del cacique Sepé), es fundamental que se reconozca oficialmente el genocidio charrúa, así como Uruguay lo hizo con el genocidio armenio y el judío. (Uruguay fue el primer país de Sudamérica que denunció la matanza de armenios a manos de turcos y su voto fue fundamental en las Naciones Unidas para la creación del Estado de Israel). Una forma de reconocerlo sería recuperar los cadáveres de la Laguna del Silencio adonde fueron echados los indígenas aniquilados, pero también aceptar que muchas mujeres y niños ("la chusma") no fue incluida en esa suma de 500 aniquilados, sino que fueron enviados a la capital. Otra forma de recuperar a los indígenas sería incluir ciertas preguntas en los censos, donde la persona pudiera profundizar sobre sí misma y sobre la raza de la que desciende.
En el caso de los afrodescendientes, jamás como ahora la comunidad negra había estado tan organizada. Las entrevistas realizadas al historiador Oscar Montaño (que manifiesta con orgullo ser mezcla de negro, indio y blanco) y al licenciado en Relaciones Internacionales Javier Díaz, explican que hubo 60.000 africanos que llegaron a estas tierras, y que necesariamente hay que considerar su aporte a la sociedad que va mucho más allá del estereotipo del candombe. Es notoria la necesidad de apuntar a la educación para que los afrodescendientes salgan del círculo de la exclusión social. Un gran porcentaje de ellos están por debajo de la línea de la pobreza. Otro objetivo sería la eliminación del estigma de las religiones afro, por ejemplo, pero sobre todo la elaboración de una legislación que contemple la discriminación tácita, que hace que en diferentes estructuras los afrodescendientes no asciendan socialmente.
OTROS "EXTRAÑOS". Uruguay no ha generado una política oficial antidiscriminatoria, y a pesar de que el racismo no ha tenido el carácter explosivo de otros países, no deja de llamar la atención que un tercio de los uruguayos considere que el aporte de los judíos al Uruguay ha sido negativo. O, por ejemplo, que durante la dictadura militar los rusos de San Javier no pudieran prácticamente salir de sus casas, que eran allanadas sin contemplaciones; o que los libaneses, como asiáticos, tuvieran que impugnar la ley que prohibía la inmigración de "indeseables" o "razas inferiores"; o que la Casa del Inmigrante de la Ciudad Vieja, que ayuda y hospeda inmigrantes peruanos mientras intentan conseguir trabajo en los barcos, haya recibido pintadas, balaceras y agresiones de grupos de jóvenes. Los armenios, que son un ejemplo de ascenso social y de identidad "con guión" (armenio-uruguayo o uruguayo-armenio), recuerdan los tiempos en que les gritaban "gringos, vinieron a robarnos el pan" y le tiraban piedras o naranjas al sacerdote de larga barba blanca, vestido de negro.
La inmensa mayoría de las historias que se cuentan son sin embargo emocionantes relatos de esfuerzo, trabajo y aceptación de la diversidad. Este libro toma la bandera del multiculturalismo, concepción que promueve la integración de las distintas comunidades manteniendo en lo que sea posible su propia cultura. Señala la urgencia de que Uruguay comience una nueva manera de verse a sí mismo y a construirse como un espacio diverso y multicolorido.
MULTICULTURALISMO EN URUGUAY. Ensayo y entrevistas a once comunidades culturales, de Felipe Arocena y Sebastián Aguiar (editores), Trilce, Montevideo. 2007. Distribuye Gussi. 230 págs.