Letras de Italia

"El lenguaje es el que produce la realidad" dice el narrador italiano Andrea Bajani, de paso por Montevideo

"Me encuentro muy bien con todos aquellos escritores y escritoras que ponen en discusión cualquier versión oficial"

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Andrea Bajani
(foto Elena Martín)

por Gera Ferreira
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—¿Cómo fue el proceso de elaboración para El libro de las casas?
—Se construyó a lo largo de muchos años. Empecé haciendo una lista de casas y después cada día escribía una distinta; escribía algo que era al mismo tiempo un pequeño relato ambientado en un año preciso.
—¿Hay algo entre la vida en una de estas casas y la historia que luego desarrollas en El aniversario?
—Cuando escribí El libro de las casas pensé: se terminó, no escribiré nunca más, este es mi último libro. El aniversario lo empecé a escribir como un desafío a mis estudiantes. Sucede que di un curso que se titulaba “Escribir las familias”, y ellos hacían todos relatos de familias encerradas en casa, como si fuera un destino no poder salir. Y yo les dije: me pongo a escribir también, pero relatos en los que se sale.
—Pensando en la memoria a partir de los espacios, ¿tenías los planos de las casas?
—Esas plantas de las casas son documentos oficiales, pero falsos. Es decir, esas plantas son, en el fondo, la mejor declaración poética de lo que significa para mí escribir. De estar en relación con el lector, con la verdad y con la ficción, porque son plantas hechas por mí a mano, en parte sobre casas en las que viví y en parte sobre las que inventé, y que luego un arquitecto transformó en un documento oficial. Es decir, la falsificación que el acto mismo del dibujo, como el de la escritura, produce —que es una realidad nueva—, luego se convierte en una realidad que es ficcional pero real. El punto de partida de El libro de las casas, el experimento, nació cuando fui a ver en Roma la casa donde había vivido de niño, que ya no pertenecía más a mi familia: había sido vendida y vivían dentro otras personas desde hacía diez años. Y fui hasta allí y había un señor viejo en el jardín fumando y mirándome; teníamos una reja en el medio y él no confiaba en mí, no creía que fuera verdad que yo hubiera vivido allí.
—Claro, y éste quién es.
Además yo tengo cara de buen chico, y no es que confíen más, confían menos. Entonces me hacía preguntas y después en un momento me dijo: “¿Querés ver la casa?” Y dije: “Sí, me gustaría ver la casa”. Y desde la ventana de atrás estaba la mujer, la esposa, mirando, y probablemente pensando: “Mi marido es un idiota. Hace entrar a este tipo, que tiene cara de buen chico, y nos va a matar a todos”. (jajaja). Lo que me había impactado era, ante todo, que ellos me miraban como pidiendo disculpas por habitar mi casa. Estaban avergonzados. Y que la razón por la cual yo había quedado un poco decepcionado por la visita a esa casa era que la verdadera cosa que buscaba no era ver un lugar: lo que quería era encontrar al niño que había sido. El libro de las casas nació precisamente de ahí: de que todos tenemos versiones de nosotros mismos que todavía viven dentro de espacios, y que son distintas de las versiones en que nos hemos convertido.
—En El aniversario la ruptura con los padres no parece un gesto puntual, sino un proceso lento, como una gestión, un hecho administrativo que va ocurriendo hasta que se produce el corte. ¿Cómo encontraste este tono, diríase menor, para contar esta historia que también es violenta?
Me gusta lo de “menor”. Una cosa que se me vino a la mente ahora, que nunca había pensado, es que hay un relato largo de Conrad al que estoy muy ligado, que es “The Shadow-Line” (1916), en el que cuenta una decisión tomada de una manera que al mismo tiempo es muy programada e instintiva. Y él dice algo así como que de golpe un pájaro se desprende de una rama.
—De golpe.
Me gusta esto del tono porque creo que es una cuestión fundamental para mí, porque la historia era ir a tocar un tabú en la historia de un hombre que decide hacer un gesto muy simple: alejarse, abrir la puerta y sustraerse. Es decir, la posibilidad de poner en discusión a la familia. “Yo me voy” es una frase que no se puede ni siquiera pronunciar, y esa es la cuestión fundamental de este libro, oponer al mundo del tabú, de lo sagrado, de la sangre, de la culpa, del grito, de la tragedia, el dato del derecho: ponerse a salvo. Entonces esto tiene la voz del derecho, que es una voz llana, una que reúne a toda la sociedad civil para sostener, defender, proteger decisiones que nacen del intento de ponerse a salvo.
—Pensando que tus libros parecen discutir la idealización de la familia, ¿creés que la literatura contemporánea, o al menos el trabajo de ciertas escrituras hoy, ha encontrado nuevas formas de desacralizarla o de ser menos solemne con este tipo de propuestas?
Hay libros que me gustan y otros que no, no sé si están en línea. Por ejemplo, un libro que creo que salió en español y que, de alguna manera, es una especie de historia opuesta, es un libro bellísimo de Gueorgui Gospodínov, escritor búlgaro, uno de los gigantes de nuestra era contemporánea. Escribió un libro que se titula El jardinero y la muerte (2025), en el que hay un hijo que está junto al padre hasta el final, o sea que está en el extremo opuesto, pero es un relato bellísimo, donde hay humanidad, belleza. Entonces me encuentro muy bien con todos aquellos escritores y escritoras que ponen en discusión cualquier versión oficial, cualquier forma. De hecho, me interesan los que ponen en discusión la forma novela.
—Te me adelantaste...
Es un poco complejo. Lo que me interesaba muchísimo era hacer un acto a favor de la novela, que ya se considera un género moribundo. Como si fuera una especie que ya no existe más, que o es fantasy o es memoir; como si, en toda esta división entre la multiplicación de la fantasía y la vida desnuda, se olvidó el lenguaje. Del hecho de que es el lenguaje el que produce la realidad, y de que la novela es esta gran máquina de invención de la realidad, que está dentro del lenguaje. Esa es una cosa que hoy se está olvidando un poco, como si hubiera un grado de intensidad que solo la vida verdadera, el “basado en una historia real”, pudiera proporcionar, como si hiciera falta el doping de la vida real para hacerle sentir una emoción a alguien. Porque, en el fondo, frente a la no ficción y al memoir, el lector o la lectora termina diciendo: “Pobrecito, pero mi vida es mejor”.

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