El flautista de Hamelín

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Esther Martín

UNA DE LAS cualidades que se le atribuyen a la música es amansar a las fieras. De una manera casi mágica, las melodías atrapan al oyente y lo embaucan hasta recostarlo mansamente en un sillón. El famoso cuento en el que un flautista conseguía sacar a todos los roedores de una población gracias a su flauta da buena cuenta de hasta dónde puede llegar el influjo. Pero su fuerza se extiende más allá de la ficción; en la vida real, el Tercer Reich alemán supo utilizar este arte a modo de pócima encantadora.

La Orquesta Filarmónica de Berlín era desde finales del siglo XIX una entidad independiente y autogestionada de la que sus componentes se sentían especialmente orgullosos. Los mejores directores y solistas querían formar parte de esta agrupación: Johannes Brahms o Gustav Mahler fueron algunos de los ejemplos reconocidos internacionalmente. Durante 50 años, la orquesta gozó de un gran bienestar, tanto económico como en cuanto a su reputación. Toda ciudad que se preciara de tener poder y gusto por la cultura solicitaba sus servicios.

LA ORQUESTA DEL REICH. La favorable situación no duró eternamente. En la década de 1930 una fuerte crisis atacó al seno de la orquesta, que no hallaba la manera de retener los ingresos. Hacía poco que Wilhelm Fürtwangler se había hecho cargo de dirigirla en los Conciertos Filarmónicos, los más prestigiosos, y aunque había obtenido un gran éxito, la crisis no había hecho sino agudizarse. La solución apareció de manos de Hitler, cuyo partido había obtenido el poder en 1933.

La orquesta fue comprada por el nuevo gobierno y pasó a ser parte del Ministerio de Propaganda dirigido por Goebbels. Los músicos, que hasta entonces se habían considerado independientes, pasaron a ser funcionarios descontentos por el giro que habían tomado los acontecimientos. De esta manera la orquesta se convirtió en el emblema de la Alemania nazi, y allí donde se quería dar una imagen de cómo era el nuevo régimen, llegaba la agrupación para interpretar el programa seleccionado, con Bach, Haydn, pero sobre todo Wagner como líder indiscutible. Este último se convirtió para el Führer en el mayor representante del espíritu ario, y sus obras se interpretaron hasta la saciedad.

La elección de músicos por parte de determinadas figuras políticas no es un hecho aislado. Verdi en Italia y Falla en España también fueron usados como baluartes que reforzaban un ideario político determinado.

En Berlín, conforme se fue imponiendo la idea de la pureza de sangre, algunos músicos resultaron expulsados de la orquesta, hasta que al final sólo estuvo compuesta de músicos arios. El proceso no fue repentino. Fürtwangler intentaba ocultar u omitir datos, y cuando esto era imposible, apelaba a la necesidad de determinado músico o echaba mano de su diplomacia y contactos. Así pasó con el concertino Szymon Goldberg, que veía peligrar su puesto frente a otro concertino de menor valía pero afiliado al NSDAP y que portaba la cruz gamada.

Frente a eso, resulta curioso el hallazgo que tuvo lugar hace apenas tres años cerca de Moscú, cuando se descubrió en la casa de un miembro de la inteligencia rusa un centenar de discos que habían pertenecido a Hitler. Entre ellos se encontraban piezas de los compositores rusos Borodin y Rachmaninoff, y un disco que incluía piezas de Tchaikovsky interpretadas por el violinista polaco de origen judío Bronislaw Huberman, huido de Europa.

UTILIDAD DE LA ORQUESTA. El valor que se le dio a la música tuvo una doble vertiente: por un lado, servía como instrumento socializador gracias a sus conciertos y sus actuaciones radiadas; por otro, promulgaba la ideología nazi con su simple presencia. La perfección de su interpretación, las piezas cuidadosamente elegidas y su imagen elegante eran el ejemplo vivo del Tercer Reich allá donde daba sus conciertos.

Las giras aportaron mucho dinero, a la vez que cuantiosos privilegios a los músicos. Casi hasta el final de la guerra, la orquesta recibió todo lo que le era necesario, y los músicos no pudieron quejarse a pesar de las maratónicas veladas a las que eran sometidos.

A medida que avanzó la década del `30, la orquesta se iba considerando más útil, y los conciertos se emitieron por radio, aumentando su alcance a un mayor número de público. Estas emisiones y los spots de cine dieron lugar a la serie Música inmortal, que ensalzaba la eternidad alemana. El arte y la ideología fueron servidos en la misma bandeja de plata sin ningún tipo de escrúpulo.

Pero el maestro Fürtwangler no estaba conforme con la enorme cantidad de trabajo, ni con las exigencias del Reich en lo referente a músicos, programa o conciertos. Además, no soportaba que la música fuera utilizada por razones ideológicas de ninguna índole. Por lo que restringió su trabajo a una cantidad mínima, permitiendo así la entrada de un nuevo director.

HACIA EL FIN. En la temporada de 1937/1938 el joven austríaco Herbert von Karajan tuvo su papel al frente de la gran orquesta. La carta de presentación era un impecable currículum y una afiliación al partido nazi, amén del apoyo directo que le brindaba el ministro Göring. Sus comienzos con la orquesta recibieron el apodo de "milagro Karajan", que muchos atribuían a las intrigas que copaban los ministerios nazis más que a su habilidad con la batuta. Su estrella con los nazis, sin embargo, duró poco. Tras un papelón durante un concierto ante Hitler en 1939, en el cual se olvidó de la partitura en medio del concierto (pretendía dirigir sin ella, de memoria), el Führer le bajó el pulgar.

La filarmónica siguió su periplo nazi. Nadie parecía darse cuenta de que un programa tan limitado, del que se excluía a compositores como Schönberg o Hindemith, o grandes directores extranjeros, como Toscanini, suponía un anquilosamiento. Todos, músicos, políticos y público acataron las imposiciones de Hitler y se acomodaron en lo que para ellos suponía un remanso de bienestar en medio de una sociedad convulsa. La melodía que les había tocado con su flauta había tenido el efecto deseado.

Cuando el fin de la guerra se hizo evidente, los músicos fueron puestos a buen recaudo y la mayoría de ellos se salvó; pero la orquesta como el símbolo nacionalsocialista en el que se había convertido, fue utilizada como cabeza de turco: se le atribuían contactos con la Gestapo. Limpiar su imagen no fue tarea fácil.

Una posible vuelta a los escenarios pasó por arduas investigaciones a cada uno de los músicos y la imposición de un nuevo director que Norteamérica aprobaba: Celibidache. Aunque esto ocurría en 1945, y tras varios cambios en la dirección, la tranquilidad no llegó hasta 1954, cuando la Orquesta Filarmónica de Berlín, por sí misma, eligió al director que pensaba más le convenía: von Karajan.

El mundo entero no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Su regreso suponía avivar heridas aún abiertas. Cuando en 1955 la orquesta inició su gira por Estados Unidos fue acompañada por las pancartas que esgrimían los manifestantes en la puerta de los auditorios. La ira no iba dirigida contra la orquesta, sino contra su director. Von Karajan estaría al frente de la orquesta 34 años más.

Hoy día, pasado más de medio siglo, la Filarmónica de Berlín ha conseguido limpiar su imagen de todo contenido político y volver a ser valorada por su calidad artística. Su reconciliación con la sociedad y el arte es una realidad. De hecho, se encuentra entre las mejores del mundo.

Misha Aster, canadiense afincada en Austria, ha centrado sus investigaciones en la música alemana. Escribió el ensayo La filarmónica de Berlín y el nacionalsocialismo, en el que se relatan todos los factores que la llevaron a vincularse con la política. El libro fue publicado por Edhasa en 2009.

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