El dios de la maleta

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Mercedes Estramil

SEGÚN DUBRAVKA Ugresic, "el error de Colón se multiplica. Queriendo ir a Occidente me he encontrado en Oriente". Lo dice en uno de los ensayos de su libro No hay nadie en casa (2005). Para entender el alcance del poético título hay que considerar la biografía de esta mujer. Nacida en 1949 y criada en la Yugoslavia de posguerra, federal, socialista y dictatorial del Mariscal Josip Broz "Tito", Ugresic vio cómo su pasaporte cambiaba a croata en medio del tembladeral de casillas en que el país se dividió. Retornando, de paso, a las eternas divisiones étnicas de su geografía: Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, Serbia y Montenegro, y rizando más el rizo todavía: Kosovo. En 1993 decidió cortar por lo sano y radicarse en Holanda, la Europa aparentemente menos complicada y más civilizada. Hasta ahí, la utopía.

Ya en Ámsterdam, ubicada en el mapa de la extranjería, confirmó paradójicamente que no salió del todo de su casa, que en su casa ya no queda nadie y que, como apuntó Marguerite Yourcenar, no importa dónde se vive si el universo se lleva en las maletas.

En la aldea global donde se incuban infinidad de hogares sustitutos, asumir la doble condición de ciudadano del mundo y de exiliado de todas partes puede ser una posición saludable. También para Ugresic el único dios a adorar cabe en ese espacio funcional: la maleta.

MUROS QUE NO CAEN. Los artículos pequeños de este libro se publicaron mayormente en la prensa suiza como columnas mensuales. Los de más largo aliento fueron concebidos por encargo para reflexionar sobre temas como la cultura y la emigración en la Europa actual. Ugresic tiene un discurso suelto, ameno, beneficiado por la brevedad y hasta por cierto sarcasmo para tratar temas que en realidad la sublevan: los nacionalismos, la emigración, la discriminación hacia y desde las minorías, el comercio sexual, etc. Por no hablar de su bisturí afilado para hablar sin deudas de las ideologías que marcaron el siglo veinte (comunismo y fascismo) y de su sistema económico imperante, el capitalismo. Podría definirse como una pesimista resignada más que como una misántropa quejosa.

Sus posturas antibelicistas y antinacionalistas no le valieron precisamente aplausos en su tierra, donde fue tildada de "traidora" y "bruja" entre otras lindezas. Luego el exilio le mostró que los chovinismos, fantasmas nacionales y prejuicios están más que repartidos. Era sólo cuestión de oportunidad que la afectaran a ella misma y así, medio en broma medio en serio, reconoce que en todas partes los estereotipos fluyen (eslovenos tacaños, montenegrinos vagos, serbios brutos, etc.).

Y en todas partes el imaginario colectivo abona la idea de que los inmigrantes, refugiados, exiliados, nómades, etc., le sacan el trabajo a los locales. O, como sostiene el polaco Zygmunt Bauman, que los extranjeros son los portadores de las diferencias que nos producen más miedo y contra las que no hacemos más que levantar fronteras. Que ese peligro no sea del todo cierto no quita que sea una muleta excepcional de la que agarrarse ante el más mínimo conato de crisis. Por otro lado, no sólo los europeos pobres del Este invaden la Europa rica. También está la otra cara, menos visible o promocionada del asunto: la nueva colonización que el dinero efectúa sobre los países del Este, bajo la forma de la exportación de mercancías, el turismo y el negocio inmobiliario.

Frente a esas realidades, las posturas multiculturalistas y los romanticismos de integración que propalan desde el discurso los países occidentales, le suenan a Ugresic un tanto hipócritas. Así como le suenan ridículas o por lo menos erróneas las pretensiones de los pequeños estados balcánicos, presumiendo de su importancia geopolítica. En su puzzle, los recortes no encajan de ninguna manera.

El mundo tiene contextura de caos, de mercadillo donde todo se compra y vende, incluso la nostalgia, el pasado común, las caras nociones de patria, solidaridad, progreso, memoria. Que lo diga con un aire liviano, como de déjavu (que también el lector experimenta), no le quita fuerza ni cierta emotividad. Después de todo su viaje -en tanto este es un libro sobre viajeros permanentes- pivota alrededor de un hecho crucial del siglo XX, la caída del Muro de Berlín, que tal vez significó el cierre de una época, pero no determinó el fin de los muros ni mucho menos.

LITERATURAS Y AUTONOMÍA. Como un homenaje o lo que ella llama un impuesto simbólico, Ugresic distribuye a lo largo de su libro una serie de citas de El becerro de oro, una novela satírica de dos escritores soviéticos, populares en los años treinta y hoy olvidados: Iliá Ilf y Yevgeni Petrov. Una de las paradojas que constata es que la literatura creada en los tiempos del bloque comunista permanece en el limbo, y lo irónico es que en buena parte no se trata de literatura sumisa o consecuente con el régimen. Las razones del olvido no se las atribuye sólo al estigma comunista, sino más bien a las leyes del mercado y la cultura global, donde impera el consumismo, la ley del más fuerte y las etiquetas de identificación, es decir, los nacionalismos.

Desde luego, Ugresic se ve a sí misma como una outsider, una escritora fuera del mainstream cultural, por lo menos fuera de sus dictados convencionales de visibilidad, exitismo y representatividad. Por lo mismo, no quiere ser vista como escritora yugoslava ni croata ni holandesa. Autónoma por todo lo alto, sostiene que ese traficar con identidades no es más que una necesidad del mercado literario moderno y global, que descubre a muchos autores periféricos para llenar una cuota y tranquilizar conciencias. Lo plantea así: "el mercado siempre necesita a un búlgaro, a un serbio, a un croata y a un albanés. A uno. Más desconciertan".

A veces el tono parece cercano a la boutade, un poco en la línea de tirador de azotea que ensaya el narrador colombiano Fernando Vallejo cuando se pone a despotricar contra todo y todos. Así, Ugresic puede publicar muy suelta de cuerpo un artículo bastante hilarante contra la gente baja ("Pequeño pero matón"), u otro, espléndido en su incorrección, sobre la coartada de la diversidad cultural: "Mientras observas a estos serbios, croatas y bosniacos que te amargan la vida, piensas: la culpa de todo, probablemente, la tiene el profundo machismo de `su` cultura. ¿Qué hacer con ellos? ¿Qué debo hacer yo con mi marroquí que escupe al viento delante de mi portal en Ámsterdam? Nada. ¡¿Nada?! Eso es, nada. Porque mientras procuremos encontrar la justificación en la cultura y las diferencias culturales, en la diversidad, en la disparidad, entre su cultura machista (que permite todo esto) y la nuestra (que no lo comprende), aseguramos una coartada no sólo para sus escupitajos, sino también para nuestra irritación contra ellos".

No hay nadie en casa es en buena medida un libro en construcción cuyos conceptos se expanden más allá del universo europeo al que se aplican. Tocan también la América pobre, si bien la autora -desde su eurocentrismo consciente o no- cuando habla de América se refiere a la del Norte. Lo más seguro que se desprende de su visión pesimista es que el ser humano no dejará de moverse (en busca de trabajo, seguridad, felicidad o cualquier otro símbolo) por más pequeño que sea el espacio que le toque o que conquiste. Eso es, en cierto modo, optimista.

NO HAY NADIE EN CASA, de Dubravka Ugresic. Ed. Anagrama, Barcelona, 2009. Distribuye Gussi. 363 págs.

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