por Ramiro Sanchiz
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En febrero de 1974, el escritor de ciencia ficción Philip K. Dick (1928-1982) debió visitar al dentista. De esa sesión salió con dos muelas del juicio extraídas, pero algún cálculo en la dosis de la anestesia debió salir mal, ya que, apenas regresó a su casa, Dick empezó a padecer dolores intensos. Para remediarlo llamó a una farmacia cercana y encargó analgésicos; un rato después el delivery llamó a su puerta y Dick, aturdido por el dolor, tuvo una epifanía. La persona encargada de la entrega era una muchacha especialmente atractiva que llevaba un collar con el símbolo cristiano del pez. Dick no lo reconoció y le preguntó a su portadora qué significaba. “Es un signo que usaban los primeros cristianos”, le respondió la chica y se marchó. En cuanto a la visión o epifanía, Dick contaría después que el colgante emanaba un resplandor rosado, que esa noche lo mantendrían despierto “auroras boreales” suspendidas bajo el techo de su habitación, que la chica le había transmitido —con el pez primero, o, mejor, gracias al desbloqueo mental ocasionado por los poderes del símbolo— información telepática relacionada con una hermandad cristiana en operación en la California, que esa información (o el símbolo en sí) había “despertado” una personalidad latente que vivía en su mente y que pronto tomó el control, haciéndolo olvidar asuntos básicos de la vida cotidiana y a la vez dejándole claro que esa personalidad era 1) griego; 2) vivía en los tiempos de San Pablo; 3) todo esto comportaba un intento de comunicación por parte de una inteligencia extraterrestre llamada VALIS (por el acróstico Vast Active Living Intelligence System, que en alguna ocasión fue traducido al español como SIVAINVI, Sistema Vasto de Inteligencia Viva); y 4) mucho, mucho más.
Llevar un diario. Dick no era extraño a los alucinógenos, y no terminaba de librarse de la adicción a las anfetaminas que sufrió durante buena parte de su juventud y vida adulta; además, había experimentado al menos un brote psicótico (en 1963 alucinó que el cielo se desplegaba dejando manifestarse al rostro de “infinita maldad” de la deidad verdadera y maligna), un intento de suicidio (en 1971) y atravesado una serie de crisis personales; en cualquier caso, su capacidad especulativa, su escepticismo y, a la vez, sus ganas de creer, no habían perdido fuerza. Mientras atravesaba las mencionadas experiencias de despersonalización, rapto místico y visión profética, entonces, llevó un diario. Día tras día, en lugar de dedicarse con ese mismo empeño a sus ficciones, Dick llenó páginas y páginas de especulaciones. ¿Estoy loco?, se preguntaba. Quizás sí; pero también es posible que mi locura sea inducida. Y si es así, ¿por quién? ¿O por qué? Quizá se trataba de un experimento telepático llevado a cabo en el bloque soviético (y ahí Dick recordó que el escritor polaco Stanislaw Lem había intentado convencerlo de viajar a Varsovia y después a Moscú, para una serie de conferencias), o quizás estaba involucrada tecnología alienígena. Quizás, de hecho, los aliens nos habían visitado en tiempos de Jesucristo o, por qué no, quizás Jesucristo era un alien.
En algún momento pensó que lo que escribía comportaba de alguna manera un todo orgánico, un tratado, y le puso por título “Exégesis”. Pero pasó también que las experiencias cesaron, Dick volvió a sentirse quien había sido toda su vida y retomó la escritura de narrativa; las experiencias visionarias de 1974, entonces, quedaron incorporadas a un ciclo de novelas que comenzó con Valisystem A —escrita en 1976 y luego publicada póstumamente con el título Radio Libre Albemuth en 1985— y siguió con VALIS, de 1981. A la hora de escribir esta novela, Dick no solo volvió a narrar las experiencias en cuestión sino que, además, seleccionó pasajes de la “Exégesis” para incorporarlos a modo de un apéndice titulado “Tractates Cryptica Scriptura”, que delinea una cosmogonía gnóstica en la que fragmentos del dios primordial sobreviven como información transmitida por antiguos satélites de construcción extraterrestre e interceptada por los personajes. Estas mismas ideas, en cualquier caso, fueron extrapoladas o recreadas en un formato más pulp o cienciaficcionero en la novela La invasión divina, del mismo año, y Dick comenzaría además a escribir una tercera parte de esta trilogía, titulada El búho a la luz del día, que nunca llegó a terminar.
Pero la “Exégesis” seguía allí, esperando. Los amigos íntimos de Dick sabían de su existencia, y empezó a correr el rumor de que ese libro de miles de páginas era, en definitiva, la obra maestra secreta de su autor. En 1991 fue publicada una muy somera selección de su contenido bajo el título En busca de VALIS, pero recién veinte años más tarde empezó a hablarse seriamente de preparar una edición menos incompleta y más cuidada. Finalmente, el escritor Jonathan Lethem, junto a la editora Pamela Jackson, ofrecieron una selección más profusa (y anotada), que ahora circula en librerías como La Exégesis en su versión traducida al castellano y publicada por Minotauro.
Para fans. Esta es la historia del libro. En cuanto a lo que ofrecen sus páginas, roza lo inefable, como el Paraíso de Dante, Los cantos de Maldoror o el Apocalipsis de Juan. Y, por eso, mejor callar. O, en todo caso, apuntar que, como dijo en su momento Jonathan Lethem, el libro puede entenderse como los desvaríos de una mente desesperada por hacer sentido de sus experiencias o, también, como la explicación última del universo. Quién sabe. No es fácil de leer, definitivamente, y requiere una buena dosis de fanatismo por parte del lector para abrirse paso entre los cientos o miles de ideas propuestas, sopesadas y descartadas. Pero es fácil, a la vez, dejar caer alguna que otra lágrima sobre sus páginas, arrancada por la constatación del deterioro evidente de una mente brillante. Eso, o, también, maravillarse con las docenas de novelas de fantasía y ciencia ficción que, en potencia, viven en sus páginas.
LA EXÉGESIS, de Philip K. Dick. Minotauro, 2023. Barcelona, 1.198 págs. Traducción de Juan Pascual Martínez Fernández.