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por László Erdélyi
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El griego Petros Márkaris no tiene piedad. Ni con sus compatriotas ni con su personaje, el comisario Kostas Jaritos. La serie de novelas policiales que viene publicando desde la década del 90, y que llegan a la veintena, ha cosechado una buena legión de fans entre los lectores hispanoamericanos, no solo por la crudeza de los casos abordados, tan griegos como universales, sino también por cómo hace sufrir al comisario investigador. Esa legión de lectores admiradores cuenta también con los buenos oficios de la traductora del griego Ersi Marina Samará Spiliotopulu. La buena traducción cuida la magia del original, algo que aquí es evidente.
Sucede con la última entrega en castellano, La conjura de los suicidas, situada en la Atenas de pleno confinamiento por Coronavirus, año 2021. Se repite el esquema de siempre, con un comisario investigador remando a contracorriente ya sea por la incompetencia policial, la escasez de medios ante un crimen cada vez más sofisticado, la decadencia moral y ética de una cultura —su cultura, la milenaria y admirada y ahora decadente cultura helénica— y la incomprensión de los mandos superiores, más preocupados por satisfacer al político o ministro de turno que por defender a sus subordinados. Siempre hay algo de todo eso, sumado a la vida familiar de Jaritos siempre presente, pero con La conjura de los suicidas sucede algo extraño. La trama posee una complejidad poco habitual en las novelas de Márkaris, sobre todo en las últimas (“La trilogía de la crisis”, también Offshore, Universidad para asesinos, La hora de los hipócritas), más ajustadas al esquema del policial clásico. Aquí profundiza más en la psicología de los personajes, quienes exponen sus motivaciones profundas en un contexto pandémico, donde lo insólito tiende a normalizarse. Y todo cambia. Como dice el propio comisario al comenzar la novela, “se diría que el confinamiento ha encerrado en sus casas hasta a los asesinos”. Pero pronto se complicará.
Dilemas pandémicos. Todo comienza con una carta dejada por un suicida del barrio ateniense de Egaleo, un anciano mayor de 90 años que, cansado por la miseria y la falta de esperanza, termina firmando la misma con un “¡Viva la conjura de los suicidas!” El lector debe recordar que Grecia viene de una profunda crisis económica y bancaria iniciada en el 2009, una que los dejó al borde del precipicio con hambre y desempleo, y de la que a duras penas han logrado salir. Los orígenes y las consecuencias de esta crisis han sido abordados sin piedad en las novelas de Márkaris, cargando las tintas a los propios griegos. Entre los más afectados están los ancianos jubilados. Ante esta proclama suicida, Jaritos intuye que algo no está bien, sospechas que se ven confirmadas cuando otro suicida deja una carta con la misma proclama, y otro más, completando tres. La cuestión reviste una gravedad inusual, porque las cartas se publican en redes, generando manifestaciones e indignación en diversos lugares, no solo en plazas céntricas como Omonia o Síntagma. Alguien las está publicado para lograr una reacción. Crece la ansiedad, porque hay que mantener el encierro sanitario a toda costa (los hospitales ya están colapsados). El Ministro y los jefes del departamento de policía presionan. Si hay una conjura, hay una organización detrás. Jaritos debe descubrir quiénes son, y tratar de prevenir el efecto contagio. Pero está de manos atadas. “Este caso me está destrozando los nervios. No sabemos qué es lo que estamos buscando. No ha habido ningún asesinato ni crimen de otra índole”. Pero los crímenes llegarán.
Las estrategias para resolver el enigma son inusuales. Márkaris se apoya en el contexto para comprender las conductas. Por ejemplo con los ancianos suicidas, todos con un pasado de militancia de izquierda como viejos miembros del Partido Comunista griego. Es un pasado que los hermana, pero también los condena. Dedicaron su vida a luchar por los más pobres, militaron por sus ideas, pero sufrieron fracaso tras fracaso además de persecución, cárcel y tortura. Dejaron con amargura la militancia, pero esos viejos camaradas volvieron a encontrarse en esta situación límite, y en una aparente conjura organizada, que es otra forma de protesta. El retrato que Márkaris compone, de alta frustración, es muy universal.
Otro aspecto bien logrado es el de los dilemas sin solución que trae la pandemia, motivados por intereses opuestos. Los médicos y enfermeros de los hospitales de Atenas piden que la gente acate las restricciones, porque están agotados y los CTI_no dan más. Los comerciantes, a su vez, sin poder abrir sus negocios, conocen la cara del hambre, y cada vez que pueden protestan. El dilema encierro versus apertura instala cuestiones que las autoridades buscan aplacar, tratando de bajar la intensidad del conflicto.
Por si fuera poco están los antivacunas, los “conspiranoicos” que se oponen a las medidas sanitarias. Uno de los puntos altos del libro es el enfrentamiento, durante una manifestación, de los jóvenes conspiranoicos contra un grupo de ancianos ex militantes de izquierda, endurecidos por la pobreza. Son dos mundos paralelos e irreconciliables. Entre los antivacunas predominan los jóvenes con iphone, mientras los ancianos, que apenas saben usar Google, piden a gritos más vacunas —quizá su última oportunidad. Los insultos que se cruzan son maravillosos.
Una urbe familiar. Atenas, dejando de lado sus sitios arqueológicos, tiene mucho de Montevideo. Quien la haya visitado —más allá de subida al Acrópolis y la selfie con el Partenón— y ha podido disfrutar de sus restaurantes, cafés, tiendas, calles peatonales y avenidas, percibirá un no-se-qué familiar, pautado por el ritmo, la trama urbana moderna, y sobre todo el trato con el ateniense que se instala muy cercano, reconocible.
Las novelas de Petros Márkaris son eso, el retrato de una urbe familiar, cercana, donde sobreviven personajes enfrentados a dilemas existenciales muy propios de esta época y, a la vez, tan universales. La crisis del 2009 trajo crimen, corrupción, mafias y dinero negro, materias que el autor ya abordó con coraje en sus anteriores novelas. En este caso Jaritos debe enfrentar algo inusual y difícil de manejar, el suicidio, un flagelo que puede ser contagioso y poner en peligro a muchos miembros de su comunidad. Lo hace a un ritmo muy familiar. Como un griego muy montevideano.
LA CONJURA DE LOS SUICIDAS, de Petros Márkaris. Tusquets, 2023. Buenos Aires, 278 págs.