Jorge Gutiérrez
MUERTE DEL inquisidor, publicado originalmente en 1964, es un ensayo sobre un hecho ocurrido en Sicilia en 1657: el asesinato del arzobispo Juan López de Cisneros, jefe de la Inquisición, a manos de fray Diego La Matina, un prisionero a quien había ido a interrogar. Ambos fueron excepcionales. El primero por ser uno de los dos jefes de la Inquisición asesinados en toda la historia del Santo Oficio; el segundo, por la invencible decisión de vengarse de sus carceleros. Fray Diego tenía 35 años cuando mató al inquisidor. Había nacido en una Sicilia feudal, en la que las "policías" eclesiásticas y laicas eran desproporcionadamente numerosas y muy activas en reprimir a cualquiera que pusiera en duda el orden social y religioso imperante. Entró muy joven a un convento y en 1644 expresó una herejía desconocida que le valió su primer arresto. En realidad, excepto por algunos breves periodos de libertad, pasó el resto de su vida primero en las galeras y luego en la cárcel de la Inquisición, dos ambientes en los que como mucho podía esperarse sobrevivir. Sin embargo, fray Diego se las ingenió para no abjurar de sus ideas heréticas, formar un grupo de prosélitos, escapar por unos días del palacio-fortaleza donde estaba recluido e incluso agredir al inquisidor que precedió a López de Cisneros. Murió en la hoguera en 1658, adonde fue conducido encadenado a una silla y con un bozal. Sus últimas palabras fueron: "Dios es injusto".
Leonardo Sciascia (Italia 1921-1989), novelista, ensayista y periodista, autor de éxitos de librería como El archivo de Egipto (1963) y El caso Moro (1978), da por sentado dos cosas: que la Inquisición fue una de las organizaciones que la intolerancia ha creado para destruir a quienes piensan diferente y que fray Diego fue uno de aquellos "que mantuvo alta la dignidad del hombre". En consecuencia, el principal objetivo del libro no es analizar la Inquisición ni la personalidad de su víctima sino averiguar cuál fue el delito, la "tenaz opinión" que llevó a fray Diego a prisión y lo mantuvo en ella.
Sciascia aclara desde el prólogo que se trata de "un misterio no desvelado", en primer lugar porque los archivos de la Inquisición siciliana fueron quemados en 1783 y en segundo lugar porque los cronistas de la época eran hombres vinculados al Santo Oficio y se cuidaron muy bien de divulgar "errores" capaces de hacer prosélitos. De modo que Muerte del inquisidor es una búsqueda de la verdad a través del olvido, la mentira y la omisión. Sciascia la emprende con su lúcida y amplia comprensión de las motivaciones humanas, que no excluye la admiración declarada ni el desprecio sutil. Casi todo el libro es un contrapunto entre las crónicas de la época, citadas textualmente, y los comentarios de Sciascia, a menudo de un humorismo irónico (por ejemplo, califica la muerte del inquisidor de "accidente de trabajo"). En consecuencia, el interés del libro no reside en la resolución de un enigma histórico sino en la forma en que un escritor inteligente, sensible y estudioso desmonta hasta donde es posible una máquina aparentemente impenetrable de ocultamientos. Los lectores que prioricen el acto de investigar disfrutarán de Muerte del inquisidor; los que busquen soluciones, en cambio, le encontrarán gusto a poco.
MUERTE DEL INQUISIDOR, de Leonardo Sciascia. Tusquets, 2011. Barcelona, 140 págs. Distribuye Urano.