Hay dos escritores con el mismo nombre: Elias Canetti (1905-1994). El primero escribió una novela fundamental. El segundo fue un hombre de letras al que le otorgaron el Premio Nobel. Este prohombre, uno de esos Ancianos Sabios que iluminan la Humanidad, me importa un rábano. Escribió varios magistrales libros de memorias, varias respetadísimas obras teatrales, un mamotreto sobre la psicología de las masas, varias recopilaciones de aforismos e, incluso, un libro de impresiones de viaje titulado Voces de Marrakesh que, sin ironía, levanta el espíritu. Pero me importa un rábano.
Es que antes de transformarse en ese prócer, a los 30 años, había terminado su única, voluminosa y atormentada novela: Auto de fe. El protagonista, Kien, un renombrado sinólogo, vive encerrado entre los libros de su apartamento. Solitario, frugal, cada vez más ensimismado en su trabajo, en esos exquisitos y elevados detalles que sólo los mejores sinólogos del mundo pueden pedalear o entender, el frío y pulcro Kien decide contratar a una limpiadora. El viaje a la locura del protagonista, acompañado por toda clase de personajes tan sórdidos como pintorescos, por calles que parecen cerrarse sobre su privilegiado cerebro, es también un viaje a las profundidades más inquietantes de la imaginación y la realidad.
Tal vez el puro conocimiento racional, al apartarse de la vida, al rechazar la vida, puede ser una de las formas más alucinantes de la ruina. Los invito a leer a este Canetti y, si tienen tiempo, también al otro, es decir, al famoso Canetti.