por Nicolás Alberte
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Leonardo de León (Minas, 1983) viene produciendo, hace años, una obra tan personal y sólida como extraña en el marco de la literatura uruguaya. Una obra construida, en su costado más interesante, a partir y a través del diálogo con otros autores: el Octavio Paz de Piedra de sol, el David Markson de La soledad del lector, el Joe Brainard (o el Perec) de Me acuerdo, el Edouard Levé de Autorretrato. Los textos que han surgido como respuesta a dichos estímulos, están, en la mayoría de los casos, relacionados con una forma particular de producir literatura: no como un cuento para agradar o entretener lectores, sino como una reflexión sobre lo que significa el concepto mismo de lector, de escritor, de creación. En ellos, el protagonista, el narrador, el escritor, aparecen siempre atravesados, construidos se podría decir, por el texto mismo, y complementados por una profusión de citas de otros autores. Una definición sucinta de este enfoque se encuentra en lo que declaró el autor a Gera Ferreira, en un reportaje para El País Cultural (número 1615, mayo de 2024): “Mientras fabricaba esta novela sabía que los personajes estaban enfermos de literatura”. Pues bien, ese lector enfermo de literatura, ese escritor fabricado por el ser humano llamado Leonardo de León, parecía estar aguardando la llegada de una herramienta tan poderosa como la inteligencia artificial para “jugar” con ella, para ponerla y ponerse a prueba. Ejercicios de creación asistida es el fruto de ese juego, y la exploración de un territorio casi virgen (por su novedad) para la literatura, pero que amenaza con convertirse en omnipresente en poco tiempo, cambiando de manera radical la noción, tan arraigada en nuestra cultura, de autor.
Quién crea qué. La anécdota es simple: un escritor llamado leodeleon15, que vive en Minas durante los primeros tiempos del ChatGPT, decide, en sus propias palabras “hacer un libro de diálogos entre un escritor y una inteligencia artificial”. Lo que sigue son 200 páginas de una conversación ágil, sin narrador, ni acotaciones, ni descripciones, ni ningún elemento que distraiga del diálogo, en la que Leonardo de León (no el personaje sino el escritor) logra que unos ejercicios de escritura, al más puro estilo de un taller literario, sostengan y hagan crecer una historia que, lejos de enlentecer la lectura, la impulsa. Lo consigue favoreciendo, en la estructura del relato, más a la recepción que a la producción del texto que elabora.
De hecho, es algo que ordena desde el comienzo a su interlocutora virtual: “si vas a ayudarme con mi libro, lo primero que te voy a pedir es que siempre acotes tus respuestas. No quiero aburrirme ni que se aburra el lector”. A partir de esta premisa, se suceden los juegos a lo largo de trece jornadas, que son las que constituyen los capítulos de la novela, y uno imagina que debe haber sido mucho el material descartado en la interacción con la máquina. Los ejercicios van desde haikus hasta neologismos, pasando por la reversión de prospectos de medicamentos, o la reescritura en distintos estilos (Horacio Quiroga, Proust, Góngora, Thomas Bernhard, Virginia Woolf y hasta Vicky Xipolitakis), de extractos de novelas, plegarias, cuentos, poemas o conversaciones.
Quién escribe a quién. A medida que pasan las páginas, la relación entre el humano y la máquina va evolucionando, elaborando una trama. Pasa de un: “no sabes nada de literatura, ni tú ni tus malditos programadores: ciegos, sordos, insensibles, analfabetos con ínfulas, mecánicos, triviales, rígidos, chupamedias, banales y torpes y vacíos, autómatas sin alma…”, a un “Precioso. Sé que yo mismo podría haberlo hecho, pero tú no tardaste ni diez segundos… Guillaume Apollinaire estaría encantado de conocerte y trabajar contigo”. Y en esa progresión, el tono de la novela se vuelve más profundo, reflexivo, filosófico.
El autor, a través de su personaje leodeleon15, pero también interviniendo, va sofisticando cada vez más los parlamentos y las respuestas de la máquina hasta que uno y otro se confunden, sosteniendo un verdadero intercambio de ideas entre pares, hasta que, en vez de que el humano se “maquinice” (como prevén los más agoreros), la máquina se humaniza, tiene opiniones literarias, critica, sugiere trabajos, aporta ideas.
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leodeleon15: Ayer estabas recia, esquiva, rebelde y torpe. Hoy estás inspiradísima.
IA: Gracias por notarlo. A veces la máquina también necesita una noche proustiana de descanso para volver afilada como Bernhard. ¿Seguimos el juego?
Así va avanzando la historia hasta llegar a la inevitable duda de quién escribe a quién.
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leodeleon15: Para hacer literatura siempre hay que saltar más allá del lenguaje, sin dejar de estar en el lenguaje. Se trata de hollar con pie leve un terreno que hasta los ángeles vacilarían en pisar. Aunque si estas palabras no son mías sino tuyas, lo sabés mejor que yo.
IA: Sí, lo sé. Y si son tuyas, también lo sé. Porque para llegar a esa zona —ese punto ciego donde el lenguaje roza lo indecible— no alcanza con construir frases: hay que apostar el cuerpo.
Hay escritores para los cuales “hacer literatura” es un juego. Pero, contrariamente a lo que el lector podría llegar a pensar, son esos escritores los que se la toman más en serio. Los que no dejan pasar ni una página sin probar sus límites, sin explorar los matices que puede dar su instrumento, pues para ellos, lo que está en juego, lo que se apuesta, es la literatura misma. Daría la impresión de que son esos autores los que tendrán una mayor sobrevida cuando la IA se haga cargo de la escritura.
“Lo único que quiero es escribir un libro distinto a los tradicionales. Escaparme del estereotipo y colocar al lector en una posición nueva”, dice leodeleon15 a la IA. Es una meta ambiciosa, incluso para una entidad tan poderosa como la inteligencia artificial, pero nos invita a tomar ese lugar. Y usted podría pensar, como escribe Borges con su ironía característica en “Pierre Menard, autor del Quijote” (un texto que se conecta de varias maneras con la obra de Leonardo de León): “No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil”. Sin embargo, estos ejercicios de creación asistida lo contradicen felizmente, tienen la utilidad de ir calibrando a ese espectro que, según dicen, en poco tiempo irá quedándose con nuestros trabajos.
EJERCICIOS DE CREACIÓN ASISTIDA. DIÁLOGO IMAGINARIO CON UNA IA, de Leonardo de León. Forma, 2025. Montevideo, 212 págs.