Roberto Appratto
KIRILOV es el apellido de alguien que no aparece jamás en la novela, pero es constantemente mencionado por casi todos los personajes: es un joven ruso, autor de un manifiesto sobre el estado del mundo que circula entre los estudiantes de Frankfurt como una clave, a la vez misteriosa y evidente, de la conducta a seguir en la vida. Lo que hace Andreas Maier (n. Frankfurt, 1967) es narrar las actividades de un grupo de esos estudiantes, más algunos rusos recién llegados, a manera de una crónica puntual y casi obsesiva de actividades menores, a menudo incomprensibles. Todo comienza en un edificio donde viven uno de esos estudiantes (Franz Kober) y una anciana, la señora Greber, a la cual todos visitan. A partir de ahí se produce el enganche con el mundo juvenil, tomado en un momento dado, estrictamente contemporáneo.
Lo extraño, y lo que marca a la vez el dominio narrativo de Maier, es que esa crónica se ciñe a lo inesencial de las acciones sin perder tensión: los encuentros, los apasionamientos, los cambios de eje dentro del grupo, las opiniones de uno u otro, pasan de la versión (casi ordenatoria) del narrador a los pensamientos y los diálogos que los actualizan. El narrador actúa como un testigo que sigue de cerca no sólo las acciones, sino sus mínimas alternativas en la mente de los personajes, y se retira para dejarlos hablar o pensar por sí solos.
Un episodio menor (como el acto vandálico de arrancar tapas de alcantarillas y usarlas como proyectiles) es tratado a lo largo de varias páginas como un tema de conversación, en desorden cronológico y a cargo de varios narradores. A centímetros del aburrimiento, la narración engancha con otra hebra posible del asunto y sigue. Este recurso al diálogo puede ser un riesgo, pero termina por atrapar al lector a fuerza de inteligencia y por la sensación de presente que genera al remitir (por repeticiones literales, por gestos) a lo que está pasando entre esos estudiantes, sin que nada de eso (a efectos de la historia) parezca relevante.
Esta versión verbal de los hechos desborda por un exceso de información, sin duda porque el exceso es también una de las claves de la novela: la teoría de Kirilov, y los rusos del grupo, conectan las acciones con Dostoievski y con Los demonios (cuyo protagonista también se llama Kirilov). Es en especial uno de los estudiantes, Julian Nagel, quien se encarga de canalizar los desmanes, los cambios de conducta y de punto de vista, los discursos encendidos e incoherentes que van pautando, como una línea de fuerza, los constantes movimientos del grupo. En la calle, en casas, en una comisaría, en un sanatorio, pero sobre todo en bares donde se toma cerveza y se comen salchichas sin parar, también se habla y se actúa sin parar. Ese movimiento, más que nada su intensidad por momentos inaguantable, es lo que sostiene a la novela.
En el medio de ese caos, atestiguado fielmente por el narrador, se anuncia el viaje del grupo a una ciudad alemana para manifestar contra el traslado de residuos nucleares. Eso se cumple en la última parte de la novela, que es cuando las acciones cambian de tono: se pasa de los movimientos y las opiniones a la narración, también imparable, de acciones de sabotaje y de actos represivos brutales de la policía. Pero no es incoherente con el resto: simplemente, el exceso pasó a una dimensión política. Finalmente, los comentarios de las señoras del edificio vuelven a ser la voz central que usa el narrador para disolver la acción, para referir los últimos acontecimientos desde otro lado.
Tal vez el logro mayor de esta novela, la segunda de Maier, sea captar el énfasis juvenil desde el lenguaje juvenil, y sacar la ficción de ahí: eso tiene un costado documental y otro estético, que es el que prevalece, y consiste en el uso del movimiento físico y mental para que la narración avance, se detenga y gire sobre sí misma constantemente, sin perder fuerza. Es ahí donde está el coraje y también su fuerza como literatura.
KIRILOV, de Andreas Maier. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2006. Distribuye Gussi. 350 págs.