Nueva versión en cine

Por qué Dune sigue entre nosotros tras más de 50 años

La clásica novela de Frank Herbert, Dune, llega ahora dirigida por Denis Villeneuve, tras décadas de influir en la literatura, el cine, en los videojuegos y en las artes gráficas.

Dune
Dune (2021, dir. Denis Villeneuve)

A diferencia de sus compañeros de generación Isaac Asimov, Ray Bradbury y Theodore Sturgeon, Frank Herbert (1920-1986) empezó a escribir ciencia ficción tardíamente. Si bien publicó una novela, The Dragon in the sea, en 1955, es recién en la década siguiente, cuando ya se había vuelto hegemónica en el campo de la ciencia ficción una generación más joven (la de Philip K. Dick, Ursula K. LeGuin y Robert Silverberg), que empezó a publicar los libros que lo convertirían en un referente obligado del género.

El punto de inflexión en su carrera, por llamarlo de alguna manera, se dio en 1959, e involucró el proyecto de escribir un artículo sobre las dunas de Oregon, un ecosistema único en Estados Unidos, y los esfuerzos llevados a cabo para controlar los procesos de desertificación. Sin embargo, además de ecología y biología, Herbert se dejó atrapar por temas como la psilocibina, los hongos alucinógenos, el estudio comparado de las religiones y la historia de las figuras mesiánicas; así, lo que comenzó con contornos relativamente modestos terminó desbordando límites y convirtiéndose en un proyecto a largo plazo sin una orientación práctica específica, y dado ante todo al devenir y la mutación. Tras casi cuatro años de idas, vueltas, arena y lecturas, entonces, lo que quedó en las manos de Herbert ya no fue una crónica o un artículo de divulgación científica, sino narrativa. Y de ciencia ficción. Así, entre diciembre de 1963 y febrero de 1964 publicó serializada en tres partes la nouvelle Dune World (“Mundo de dunas”), seguida por The Prophet of Dune (“El profeta de Duna”) en la misma revista entre enero y mayo de 1965. Tras algunos esfuerzos infructuosos a la hora de encontrar un editor para su publicación conjunta, las nouvelles fueron corregidas, podadas, reescritas y convertidas en la primera, segunda y tercera parte, respectivamente, de Dune, publicada finalmente en agosto de 1965.

El éxito de crítica y público fue casi inmediato: en 1966, sin ir más lejos, la novela obtuvo (junto a Tú, el inmortal, de Roger Zelazny) el premio Hugo, otorgado por el voto de los fans reunidos en una convención, y además el Nebula, por el gremio de escritores del género.

Cibernética feudal

Hay que decir que la novela, leída cincuenta y seis años después de su primera publicación, resiste. Décadas de crítica especializada han señalizado las principales avenidas que transita su lectura: el mesianismo (buena parte de la trama involucra a un muchacho, Paul Atreides, que desembarca en Arrakis, un planeta desértico, envuelto en los ecos de demasiadas profecías, destinado a convertirse en un salvador del pueblo fremen, habitantes del desierto, pero también a integrarse a sus costumbres, a fundirse con ellos y asolar el universo en una guerra santa o jihad), las sustancias psicotrópicas (otro elemento clave en la trama es la “especia”, que permite “expandir la consciencia” a lo largo del espaciotiempo y los mundos paralelos) y, en líneas más generales, la ecología entendida desde la entonces incipiente ciencia de los sistemas complejos, o cibernética. Y es desde ese lugar que Dune mantiene y renueva su interés: si pensamos en los nuevos materialismos y realismos especulativos (Graham Harman, Quentin Meillassoux), y su vínculo con la especulación ecológica más reciente (Donna Haraway, Timothy Morton, Benjamin Bratton), la producción de relaciones entre humanos y ecosistemas en la novela de Herbert se vuelve especialmente interesante, tanto como los diferentes vectores o devenires hacia algo trans/posthumano.

La política, en términos de intervención sobre sistemas complejos de los que emergen pautas culturales más o menos estables, como también revoluciones, es otro de los puntos centrales: en el universo ficcional de Dune, por ejemplo, el desarrollo potencialmente desenfrenado de la Inteligencia Artificial (tema acuciante hoy) fue reprimido por una cruzada o jihad, tras la cual algunos seres humanos (los “mentat”) adoptan la función de computadoras orgánicas, por llamarlas de alguna manera.

El propio Herbert siguió reflexionando sobre estos temas en los libros posteriores de la saga: la breve El mesías de Dune (1969), seguida por Hijos de Dune (1976), Dios emperador de Dune (1981), Herejes de Dune (1984) y Casa Capitular: Dune (1985); así, los “poderes” (por llamarlos de alguna manera) de Paul Atreides en el primer libro llegan a parecer poca cosa en relación a las habilidades de algunas de las entidades posthumanas que encontramos en los últimos libros; la constante, en cualquier caso, está en la política y la economía: la administración de recursos, los movimientos del poder, la producción de subjetividades, la relación entre los géneros.

Tras la muerte de Herbert, su hijo y el escritor Kevin J. Anderson (especializado en la novelización de videojuegos como Starcraft, películas de la saga de Star Wars y series como Los Archivos X), continuaron —y continúan— la saga, que ya lleva catorce libros añadidos a los seis de Frank Herbert, con uno más publicado este año y otro pendiente de publicación en 2022. Estos libros se subdividen a su vez en trilogías y sub-series, que remiten a eventos del universo ficcional (o “Dunaverso”) como la “Jihad Butleriana” (prohibición de las Inteligencias Artificiales), el establecimiento del imperio galáctico, la historia de la familia Atreides, etc.

El impacto de Dune sobre el mundo de la ciencia ficción no es fácil de precisar; quizá hay que empezar por leer la novela en relación a sus precedentes, en particular la saga de Fundación, de Isaac Asimov, en la que también hay rebeldes, imperios galácticos y poderes psíquicos; en cierto modo, la serie de novelas de Herbert podría pensarse como una suerte de reverso no tan humanista (ni tan volcado a las ciencias “duras”) de la de Asimov, a la vez que más sofisticada, más compleja a nivel conceptual y literario. En cierto sentido, Dune toma el modelo de las space opera (narraciones de escala interestelar con énfasis en lo bélico) de Fundación, y lo expande hacia la construcción detallada de mundos ficcionales; no en vano la novela de 1965 incluía un glosario y varios apéndices que detallaban la compleja cibernética ecológica del planeta desierto. En esa línea, Dune guarda un parecido más cercano con una de las cimas de la alta fantasía, El señor de los anillos, libro abundante en mapas, mitologías, glosarios, apéndices, genealogías e historia bélica (se dice, sin embargo, que a J.R.R. Tolkien se le encargó una reseña de la novela de Herbert pero prefirió no escribirla después de que la lectura le resultara “desagradable”), a la vez que prolonga su estela en diversas tradiciones de sagas largas y detalladas, desde la hermosa Terramar de Ursula K. LeGuin hasta las más recientes The Wheel Of Time, de Robert Jordan, o Canción de Fuego y Hielo, de George R. R. Martin, pasando por las no tan conocidas pero acaso más fascinantes Majipur, de Robert Silverberg, y El libro del sol nuevo, de Gene Wolfe.

Sonido, visión y arena

Pero buena parte de la influencia de Dune se ejerció ante todo a través del cine. Basta con pensar en la saga de Star Wars, en su religión mística de la “fuerza” y sus guerreros jedi de la Resistencia. Muchos proyectos pretendieron adaptarla.

Un primer intento se remonta a 1971, cuando el productor Arthur P. Jacobs (El planeta de los simios) procuró los derechos de la novela y pretendió interesar al director David Lean (El puente sobre el Río Kwai, Lawrence de Arabia), quien rechazó la oferta. Mientras seguía la búsqueda de director se avanzó en la escritura del guion, pero la muerte de Jacobs en 1973 fue fatal para el proyecto.

El siguiente en interesarse fue el chileno Alejandro Jodorowsky (El topo, La montaña sagrada), quien hacia 1974 vio en la novela de Herbert una gran oportunidad de desarrollar su peculiar cosmovisión en lenguaje cinematográfico. El proyecto tampoco prosperaría, pero sí logró convertirse en leyenda: se manejó un reparto que incluiría a Orson Welles, Salvador Dalí, Amanda Lear, David Carradine y Alain Delon, una banda sonora a cargo de Stockhausen, el grupo progresivo francés Magma y también Pink Floyd, más diseños de producción de Jean “Moebius” Giraud, Chris Foss y H. R. Giger. Las ideas/visiones de Jodorowsky pueden apreciarse ahora en el fascinante documental Jodorosky’s Dune (Frank Pavich, 2013), y es una opinión bastante generalizada que lo mejor que pudo pasarle a este proyecto fue no ser llevado a cabo jamás, y por tanto, permanecer como un sueño (o pesadilla) de la historia del cine. Sin embargo, los diseños no utilizados de Moebius, Foss y Giger atravesarían la historia de la ciencia ficción audiovisual, retomados, reciclados o simplemente copiados por películas como Alien (cuya estética extraterrestre quedó a cargo de Giger y el diseño de sus naves a cargo de Foss), Blade Runner, la ya mencionada saga de Star Wars, Flash Gordon, y no pocas más.

Dejando de lado un plan de involucrar a Ridley Scott en 1979, el tercer intento sí logró concretarse de la mano de Dino y Rafaella de Laurentiis como productores, y de David Lynch como director. La película, estrenada en 1986, brilla en los hermosos decorados de interiores y en las estéticas asociadas a las diversas “casas” o familias feudales de la novela, pero fue considerada un fracaso por demasiados espectadores y por el propio Lynch, quien sólo hablaría con franqueza de este aparente tropezón en su autobiografía Espacio para soñar, de 2018, escrita junto a la periodista Kristine McKenna.

Hay una cuarta versión, producida por el canal de cable Sci-Fi Channel en 2000 y dirigida por John Harrison, pero más allá de su alcance (llega a adaptar el tercer libro de la saga) no merece mayor atención. Es mucho más interesante considerar los videojuegos Dune y Dune II, ambos de 1992; el primero retoma elementos visuales de la película de Lynch en una curiosa mezcla de aventura de exploración de mazmorras y estrategia por turnos, y el segundo —mucho más memorable— inventa el subgénero de estrategia en tiempo real, que luego tendría ejemplos paradigmáticos en clásicos inagotables como Warcraft, Command & Conquer y Starcraft. A la vez, quienes busquen rastrear el impacto de Dune en la música pop/rock/experimental, pueden comenzar por el álbum homónimo lanzado por Klaus Schulze en 1979 y seguir por “To tame a land”, canción de Iron Maiden incluida en el disco de 1983 Piece of Mind. Cabe destacar que Frank Herbert detestaba el rock, y más aun el metal, y más todavía a Iron Maiden; no permitió a la banda titular “Dune” a la composición, como había sido planeado originalmente.

Una opción un poco más reciente y no menos fascinante es el álbum debut (2010) de la canadiense Grimes, que se tituló Geidi Primes, que buscó adaptar musicalmente la novela de Frank Herbert (y la película de Lynch).

La nueva película de Denis Villeneuve, estrenada en salas y en la plataforma de streaming HBO Max, llega en un buen momento para el género a todos los niveles, y parece sugerir un regreso de los relatos de futuros lejanos e hiperdetallados a escala galáctica (después de las no tan bien recibidas partes siete, ocho y nueve de Star Wars y después, también, de una mayor atención ofrecida a nivel audiovisual a subgéneros como el weird y el ciberpunk). Es interesante notar que más o menos simultáneamente con Dune se estrenó en Apple TV+ Fundación, serie basada (muy libremente, por cierto) en los libros de Asimov, al tiempo que Amazon Prime Series anunció para este mes de noviembre 2021 los primeros tres episodios de su adaptación de The Wheel of Time, la ya mencionada saga de Robert Jordan, asi como también —para septiembre de 2022— una serie basada en el universo ficcional de J.R.R. Tolkien, que pretende narrar eventos anteriores a los de El señor de los anillos.

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