Dos cuentos y un final

Ioram Melcer

HAY UN FENÓMENO que todo aficionado a las películas de acción y misterio conoce muy bien. Ya se reveló quién es el asesino, ya han salvado a la rubia, todo parece estar listo para las imágenes finales de la playa con los chillidos de las gaviotas, pero el veterano sabe que no debe confiarse. Tiene que mirar la hora y ver si realmente se ha agotado el tiempo de la película. Si todo parece resuelto y faltan veinte minutos, algo sucederá, la trama ha de sorprender. Dicho de otra manera, para el público que no es ingenuo, hay dos dramas: el que está viendo en la pantalla y el que transcurre en la realidad. La protagonista del segundo drama es la obra misma.

Algo muy semejante sucede al lector de Suite Francesa de Irène Némirovsky. Por un lado, está la obra que le es entregada como libro, y por otro no puede evitar tomar en cuenta "el cuento sobre el cuento". Irène Némirovsky, nacida en Ucrania en 1903, huyó con su familia durante la Revolución de 1917 y se estableció en París, donde se transformó en escritora en lengua francesa. Publicó novelas que fueron alabadas por la crítica y muy bien aceptadas por el público francés. En 1939 bautizó a sus dos hijas y las mandó a una aldea lejos de París. Los alemanes estaban por arrasar Europa, y Francia iba a caer en manos de los nazis. En 1942, Némirovsky, que se había casado con un banquero de apellido Epstein, cayó en manos de la policía francesa colaboradora con los nazis. Dejó una valija en lo de su hija Denise. Dos meses más tarde, pereció en el campo de concentración de Auschwitz.

Suite Francesa, una novela sin acabar, yacía en la valija, y fue descubierta por Denise Epstein muchos años más tarde, cuando pudo juntar las fuerzas para abrir el repositorio donde le esperaba el legado de su madre. El "cuento sobre el cuento" tiene otros capítulos, más o menos importantes, pero sea como fuere, el lector actual de esta exitosa obra póstuma de Irène Némirovsky no puede ignorarlo.

Suite Francesa, el último proyecto literario de Némirovsky, toma su energía vital de una situación real extrema. Los alemanes se van acercando a París, el mundo normal va desapareciendo, las máscaras se esfuman y una extraña luz crepuscular ilumina la realidad dejando al descubierto las verdades que pocas veces llegan a ser vistas. Es que lo que llamamos "cultura" y "civilización", suelen actuar, entre otras cosas, como barniz que retoca la naturaleza humana. Uno puede ser burgués en sus gustos, preferencias y actitudes, pero cuando el mundo se está viniendo abajo, la pregunta que surge es si por debajo de la capa "social" hay un ser humano moral, compasivo, honorable y respetable, o un mero burguesito egoísta cuyo sistema de valores no es más que un objeto de comodidad y lujo. Cuando empieza a faltar el pan, hay quien recomienda que los pobres coman pasteles, hay quien espera que los manteles vuelvan de la limpieza, y hay quien se pone a ver cómo se conseguirá la comida para quien la necesite. El individuo bajo la presión de las circunstancias, la sociedad que se transforma por causa de los sucesos, el heroísmo de quien conserva sus valores, la hipocresía, la pusilanimidad de la gran mayoría de la población que va cediendo ante el enemigo, son los temas que le interesan a Irène Némirovsky. Suite Francesa es un retrato claro, lúcido, inteligente y realista de la desaparición de la Francia que hubo, que pudo haber, o que quizás nunca existió realmente. La novela es un catálogo rico e impresionante de los individuos que forman una sociedad que se va desmoronando interna y externamente. Muy pocos son los personajes que están a la altura de las circunstancias, que actúan decentemente. Los Michaud, una pareja de empleados de la baja clase media, gente simple en el mejor sentido de la palabra, lejos de ideologías o de cualquier tipo de "qué dirán", se destacan como los personajes positivos en un panorama que Némirovsky pinta con un pincel inclemente. Cumplen el precepto judío de hace 2000 años: "Donde no hay seres humanos, intenta ser humano" (Pirke Avot, Cap. II). Silenciosamente bondadosos, sinceros en sus valores y en su amor al prójimo y a la naturaleza, los Michaud muestran una faceta importante para la comprensión de la obra de Irène Némirovsky. Y es que a pesar de haber sido una escritora francesa, nunca dejó de ser una judía rusa impregnada de la literatura rusa del siglo XIX. Con su excelente ojo para el detalle social, con una ironía tajante y con un desdén por la palabrería ideológica, Némirovsky dialoga con esa gran tradición de la cual se separó a la edad de 16 años, cuando llegó a París.

La Francia que pudo haber sido la patria adoptiva de Irène Némirovsky no la protegió ante la furia racista de los alemanes. Mientras los días pasaban, esta importante escritora iba documentando la muerte de Francia en esa novela que tituló Suite Francesa, creando un eco con el doble y triple sentido de suite, que además de ser un término musical, significa "apartamento" y "continuación". Amarga ironía del destino: Francia ya no podía ser su casa y su existencia no iba a tener continuación. Irène Némirovsky y aquella Francia se unieron en la muerte. Ahora queda el libro, y hay que leerlo.

SUITE FRANCESA, de Irène Némirovsky, Salamandra, Barcelona, 2005. Distribuye Océano. 475 págs.

Ensayo

LA COMPLEJA SIMPLICIDAD DE LÍBER FALCO. Ensayo sobre su poesía, de Mario Alvarez. Banda Oriental, Montevideo, 2006. 124 págs.

"UN POETA noblemente difícil": fue la feliz síntesis en la que Carlos Martínez Moreno disolvió algunas de las paradojas que rondaron la poesía y la figura de Líber Falco. Marcha (No. 839) recogió las palabras dichas ante la tumba del poeta a un año de su muerte: "Líber Falco, o un elogio de la autenticidad". El título resulta hoy emblemático de una línea de interpretación que no pudo o no quiso discernir vida y obra. En su libro La compleja simplicidad de Líber Falco, el profesor Mario Alvarez trata de despejar la confusión generada por el término "autenticidad" referido a la poesía de Falco. Señala el "valor extrapoético" del concepto y explica: "poco decimos de una creación poética cuando la declaramos ‘auténtica’; por lo que detrás de eso que parece elogio, intuimos un penoso no saber qué decir al respecto, o una condescendiente concesión de ciudadanía poética a versos meritorios". Por eso se propone "ir al texto".

Ahora que se cumplen los cien años del nacimiento de Falco (1906-1955) abruma comprobar lo perdida que está la voz de este poeta admirado por la Generación del 45, cantado, recitado, leído en los sesenta y durante la dictadura. Parecería que la "fraternidad" que sucesivas generaciones encontraron en sus versos y su vida, necesitara de la presencia física o de la confrontación inherente a una cultura militante y combativa; que la austeridad o la estética de la pobreza que lo caracteriza no se aviniera bien con los deseos consumistas de las últimas décadas. Aunque no solo eso se vio en Falco. Emir Rodríguez Monegal anotó que Falco y Beltrán Martínez aparecen hacia 1940 "inaugurando una nueva línea de la poesía uruguaya". Los llamó "poetas antes que artífices". En contraposición a Juan Cunha "proteico y elusivo", dejó constancia de Falco como modelo de intensidad y concentración al ir escribiendo a lo largo de su vida lo que puede considerarse un "libro único". Arturo Sergio Visca apostó a su "originalidad", entendida como "fidelidad al ritmo interior de su propia vida" en su Líber Falco, poeta.

Mario Alvarez (1931) tiene una amplia trayectoria docente y es autor de varios trabajos didácticos (Delmira Agustini, Ricardo Güiraldes, Líber Falco) y un ensayo sobre Vida y obra de Julio Herrera y Reissig (1995), premiado por la Academia Nacional de Letras. En este libro presenta al hombre Falco y ubica su poesía en la lírica uruguaya. Luego, en base a una generosa selección de poemas, va siguiendo su obra libro a libro: Cometas sobre los muros (1940), Equis Andacalles (1942), Días y noches (1946), Tiempo y tiempo (1956), "Los poemas finales". Alvarez se propone un "trabajo de lectura crítica concreta". "Se trata, primero, de caracterizar de la manera más precisa posible las vivencias que el poema expone y concita", dice. Luego procura "determinar las raíces semióticas (...) de esas vivencias registradas". Para ello realiza, a partir de un enfoque "ecléctico", un proceso de análisis, de descomposición del poema, para recuperar después su totalidad y su vinculación con otros. Este trabajo es fruto de la experiencia de años de docencia. Que su objetivo sean las aulas parece inevitable y al mismo tiempo la razón primera de su fecundidad y sus limitaciones. Es dudoso que a partir del acercamiento texto a texto surja una visión renovada de Falco; es probable que por compendiar su poesía y reflexiones sobre la misma resulte útil para una revitalización de la presencia de Falco en Educación Secundaria. Sería deseable que en el centenario de su nacimiento, este sea el anuncio de acercamientos críticos renovados.

C. B.

Cuentos

COLGADO DEL TRAVESAÑO, de Carlos Abin. Alfaguara, Montevideo, 2006. Distribuye Santillana. 134 págs.

DEPORTE favorito de los uruguayos, parte viva de la identidad de una nación, el fútbol ha sido evocado con preferencia como actividad profesional, reviviendo las viejas hazañas del Seleccionado con la cita obligada de Maracaná, recordando los mejores momentos de los cuadros grandes o las trayectorias de brillantes jugadores con el Estadio Centenario como epicentro. Muy al contrario, en esta colección de cuentos, Carlos Abin (nacido en La Paz, Canelones, en 1947) ha decidido concentrarse casi exclusivamente en la vivencia y pasión cotidianas, en el mito que el imaginario popular no deja de ensanchar. En sus historias, por fortuna, está presente el fútbol que es pasatiempo ineludible de la infancia, el que se juega en la calle, en el campito de la esquina o arrasando los malvones del patio hogareño. Ese fútbol festejado o rechazado por vecinos y familiares, el que abre sueños de gloria que arrancan del cuadrito de un pueblo del interior o de un barrio del suburbio, el que se comparte con otras actividades pero igual conserva la fuerza de marcar el destino de muchos de los que lo practican. Del fútbol como espectáculo de multitudes apenas llegan ecos aislados: la voz de Carlos Solé, las figuritas de un álbum, la mención de unos pocos cracks.

Los cuentos suceden en un tiempo lejano, cuando "Peñarol ganaba casi todos los partidos y la gente no tenía miedo." Narrados en su mayoría en primera persona, un aire de crónica nostálgica los recorre a flor de piel. La niñez es recreada con su carga de temores e idealismos pero no exenta de humor, a través de la travesura de "Al ángulo superior derecho" y el espantable relato de "El hombre malo", dos anécdotas familiares teñidas por la admiración hacia la autoridad paterna en tanto que, en "Ambrois no llenó el álbum", la solidaridad fraterna inventa una mentira piadosa que involucra a dos grandes jugadores de la época. Otro es el tono de "Joder a Fernández", narración que recuerda a "Los pocillos" de Mario Benedetti en clave escatológica: en este caso, la crudeza de la exposición y el lenguaje chabacano sirven de eficaces resortes para desnudar miserias íntimas.

Es en "El último penal" y en "Colgado del travesaño" donde se hallan los mejores momentos del libro: la rivalidad en el juego y la lealtad en la vida superando las difíciles fronteras de la subversión y la dictadura, o los celos y la violencia destruyendo todas las ambiciones, dan cuenta de etapas y trayectorias que culminan en el drama y la tragedia, con personajes bien caracterizados y un buen manejo de la expectativa. Una obra disfrutable, que enriquece nuestra escasa literatura sobre el tema y en la que muchos lectores podrán sentirse identificados.

A. A.

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