por José Arenas
.
El argentino Domingo Faustino Sarmiento contiene multitudes en una sola voz; político, escritor, pensador, presidente, guerrero, provinciano, etc. Un personaje de tal magnitud necesitaba la tinta de un escritor como Martín Caparrós, reciente ganador del Premio Ortega y Gasset de Periodismo, quien se ha encargado de reunir gran parte de esas personalidades sarmientinas en su obra más reciente, Sarmiento, una novela íntima para contar parte de la vida del argentino.
Tomando como punto de partida la sorpresiva elección como presidente en 1868 de quien fuera apodado “El loco”, aparece la silueta del sanjuanino al estilo de Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Ya retirado en su casa de El Tigre, alejado del ajetreo, Sarmiento se confiesa.
Es invierno en Barcelona y cae la tardecita cuando Martín Caparrós aparece con su clásico bigote radiante y su voz clara, cinematográfica, para hablar de la novela. Tiene una cadencia definida, como la de un instrumento bien interpretado, y su tono de voz opaco y seguro le dan acordes de guitarra surera a sus palabras. Tampoco duda a la hora de contestar. Caparrós es una vigüela bien temperada.
—¿Sarmiento ha sido subestimado en la historia argentina?
—Yo no diría que ha sido subestimado. Cuando yo era chico e iba a la escuela, Sarmiento era uno de los dos o tres grandes próceres de la patria. Era el santo patrono de la educación en la Argentina y en la escuela te insistían en que tenías que ser como él, te contaban que no había faltado nunca, ni un día de clase. Los chicos queríamos, de algún modo, ser como Sarmiento. O algunos chicos. Aún sin saber muy bien quién era, ni qué era, ni qué había escrito. El tema es que en los últimos, qué se yo, veinte años, empezó a ser muy discutido por sus opiniones sobre los indios, los gauchos y ciertas cosas que tenían que ver con la sociedad de su tiempo, y entonces hubo, en muchos casos, una especie de cancelación de Sarmiento. Como suele pasar con las cancelaciones, lo fue por opiniones totalmente sacadas de contexto. Entonces se podría decir que está menospreciado en función de esa cancelación.
Una cabeza cortada. Esa cancelación tiene que ver con un revisionismo histórico sobre el autor de Recuerdos de provincia. Más de una vez, en sus dictámenes, propone la eliminación de los gauchos, los indios y todo aquello que entra dentro de la palabra “barbarie”. Lo que denominó como una necesaria “guerra de policía”, donde al llamar delincuentes a los bárbaros, la única ley que podía aplicárseles era la ejecución. Como la de Ángel Vicente Peñaloza, el caudillo al que Sarmiento apresó y luego exhibió su cabeza cortada en una pica en la plaza pública de su gobernación.
—Yo te confieso que no sabía o no la tenía muy clara, en realidad. Porque hace mucho que no voy a la escuela, ¿no? Yo sigo teniendo este recuerdo de Sarmiento como en mis años niños, digamos. Ahora, al presentar este libro en Argentina, y al hablar de él, me di cuenta en qué grado Sarmiento había sido cancelado. Me decían “qué bueno recuperar a este personaje” y yo decía “¿cómo recuperar?”. Un poco como le decían a Troilo, “qué bueno que va a volver al barrio”, y él decía “¿cómo voy a volver si nunca me fui?”. Sarmiento siempre estuvo ahí. Ahora hay esta mancha sobre su figura que valdría la pena tratar de explicar.
Un hombre auténtico. Pero el que habla en la novela de Caparrós no parece ser aquel enérgico perseguidor, ni el enfático ensayista cuya prosa desborda por entusiasta, sobre todo porque su tarea de presidente lo obligaba a darse de cara contra un mundo/otro, con una Buenos Aires demandante y llena de fervientes opositores. La narración esquiva todo tipo de espacios esperados y deja hablar a un hombre auténtico, reflexivo y final. Baja al prócer por un momento del escaparate colegial donde las poluciones no existen y le añade un poco de barro a un pensador consular, mostrando con todo a alguien que se ha construido a sí mismo desde la provincia de San Juan hasta la Casa de Gobierno.
—Para mí el tema de su odio por los gauchos y lo más telúrico, tiene sentido puesto en su contexto. Sarmiento en 1860 llevaba muchos años viviendo en un país que, desde su fundación en 1810, había sido el teatro de una cantidad de guerras internas entre caudillos provinciales, que en general eran terratenientes, cuyos ejércitos estaban formados por esos gauchos, por sus trabajadores, por la gente que podían dominar. Entonces, yo creo que su idea era que, para formar un país que ya no fuera una especie de escenario de peleas entre caudillos, sino con una estructura más o menos funcional, había que acabar con esos terratenientes por un lado y con su mano de obra armada por el otro. Su odio por el gaucho viene más bien de ese lado, de haber constatado cómo durante muchas décadas eran la tropa de esa violencia. Tuve que pensarlo en ese contexto.
“Limpiar” gauchos. El “héroe” que asoma en las letras de Martín Caparrós está a medio camino del hombre “cancelable”. Sí, es cierto que su ética es indudablemente sarmientina, pero tampoco se trata de un desaforado acto performático de escritura para representar un personaje que enuncia conceptos polémicos y repudiables a diestra y siniestra.
No estaba solo. Como respuesta podrían leerse los escritos que José Pedro Varela casi le plagió al argentino o ver la llamada “Conquista del desierto”, llevada adelante por Julio Argentino Roca en 1878, un genocidio militarizado del pueblo originario.
Pero al texto no se le escapa detalle alguno; José Hernández, quien con Martín Fierro crea el reverso de Facundo Quiroga —dándonos un gaucho laborioso, extrañamente católico y perseguido por la justicia— es nombrado con crítica por este Sarmiento sabiendo que los versos de Hernández esconden una idea de posible redención y conversión del bárbaro. Todo esto en un capítulo en el que Caparrós se sirve de su personaje para hacer bien precisas apreciaciones literarias, políticas y sociales del Facundo.
—Hay algo de fascinación en el desprecio de Sarmiento por los caudillos.
—Sí, claro. Es evidente que Sarmiento estaba fascinado por algunos de esos personajes y, por otro lado, es obvio que le molestaba esa fascinación porque él quería que, de algún modo, dejara de existir ese tipo de personas. Pero está muy claro cuando lo cuenta, lo hace con una intensidad placentera. El Facundo es un gran texto, yo creo que es el texto argentino del siglo XIX. Tiene una fuerza, una energía narrativa extraordinaria y una lucidez para guiar, para contar, que es muy maravillosa. Sabés que el otro día me di cuenta de algo tonto, y es que yo llevo varios años trabajando un género que no sé definir muy bien, tengo varios libros, uno que se llama El hambre, otro que se llama Ñamérica, que no sé qué género son. Porque digo, ¿crónica? No son crónica en el sentido puro porque además de contar, analizan, tratan de pensar problemas, pero tampoco son ensayo en el sentido puro porque hay mucho relato, mucha situación. Entonces siempre digo “bueno, una mezcla de crónica y ensayo. Un ensayo que cuenta, una crónica que piensa”, y me enredo y no le encuentro nombre. El otro día, hace muy poco, dije “claro, es el Facundo”. Lo que yo hago es eso que hacía Sarmiento hace doscientos años, tanto mejor. Es esa mezcla de narración, relatos, personajes, con reflexión sobre toda esa situación que cuenta, ¿no?
Lectura feminista. En estas memorias que Caparrós imagina en la paz bucólica de El Tigre, rodeado del agua, donde Domingo Faustino ya no escucha el ruido de Buenos Aires y sus voces sino sus músicas cotidianas, el silencio y el canto de los pájaros, hay un revés narrativo.
Aurelia Vélez Sársfield fue una escritora argentina nacida en 1836 en Buenos Aires. Esta mujer, avanzada para su época, es el amor de Sarmiento a pesar de que continúe legalmente casado con Benita Martínez Pastoriza. Dentro de la novela resulta que, en realidad, las memorias que el político narra tienen una escritora fantasma. Aurelia es la verdadera autora de las confesiones y revisiones poniéndonos en una suerte de caleidoscopio narrativo; se crea una voz que, a su vez crea una voz y cada una tiene un poco de la otra. Entre autor y personajes hay un menage á trois de “escribientes”.
—Eso se me ocurrió más o menos a mitad del viaje. Porque, a ver, yo quería que el texto estuviera en primera persona y, puesto no quería producir una obra decimonónica, es decir, no quería llenarlo de palabras del siglo XIX —aunque podría haberlo hecho, haberme puesto a leer durante un mes textos de Sarmiento, de (Bartolomé) Mitre o de (Juan Bautista) Alberdi. Me parecía un disparate, no tenía ningún sentido. Para lo único que soy bueno es para eso, para imitar voces y podría haberlo hecho, pero no me parecía. Tenía que producir una persona que pudiera pasar por sarmientina pero siendo del siglo XXI. Entonces me pareció mejor hacer este pequeño desvío, de que este no es exactamente Sarmiento aunque buena parte del libro lo parece, sino que es esta mujer que recoge su testimonio y lo redacta. Por un lado facilitaba la verosimilitud posible de la operación, y por el otro le daba a Aurelia un lugar interesante. A mí, Aurelia Vélez Sársfield me parece un personaje interesante. Yo la conocí en la escuela, muy poco, nunca nadie me habló de ella. Cuando hablaban de Sarmiento nadie hablaba de ella, y es una mujer fascinante, una mujer que, en 1860, toleraba, siendo de la clase alta porteña, el supuesto deshonor de tener un amante y no querer casarse con él ni querer tener nada de lo que la sociedad de su tiempo exigía a las damas sino vivir una vida, más o menos libre, con el señor que le gustaba. Eso era de una valentía extraordinaria, además era una mujer muy inteligente, leí cosas que sí había escrito ella y en lo que escribía se notaba un poder de observación y de síntesis fantástico.
—El texto resiste una lectura feminista, porque, ¿habla Sarmiento o habla Aurelia?
—Si. A mí, de vez en cuando me gusta hacer personajes femeninos. Ya en una de mis primeras novelas —No velas a tus muertos, 1988—, tengo todo un sector escrito por una mujer. Y me acuerdo que cuando lo escribí, en el 79, 80, estaba muy orgulloso porque una mujer en Francia, muy feminista, me dijo que sonaba como una voz realmente femenina, y para mí ese fue uno de los grandes elogios que me han hecho en mi vida. Me gusta, de vez en cuando, tratar de pensar y de escribir como una mujer porque me parece muy atractivo e interesante. Lo volví a hacer de vez en cuando, y en este caso me pareció que era una buena oportunidad para intentarlo.
SARMIENTO, de Martín Caparrós. Literatura Random House, 2022. Buenos Aires, 224 págs.