Poéticas de Milán

Distinguir matices en la realidad poética parece ser hoy cosa de desquiciados o eruditos

Todos quieren pelear por el trono vacante que dejó Harold Bloom

Eduardo Milan
Eduardo Milán
(Leonardo Mainé/Archivo El País)

por Eduardo Milán
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En la era de la hiperproducción que se vive hoy —y no sólo de objetos: de “artificialidades” y de “inteligencias” también, como queda demostrado— distinguir matices en la realidad poética parece cosa de desquiciados o eruditos en competencia por el lugar que dejó vacante el trono de Harold Bloom.

Hay dos modos de ser de la palabra poética para esta pregunta: el radicalmente subjetivo, el radicalmente objetivo, entre los de mayor peso.

El primero retoma una antigua manera de comportarse de la lírica occidental mediante la confesión de un estado de ánimo, sentimiento, herida, todos modos existencializados. Es decir, la subjetividad lírica toca el plano de la existencia. El modo objetivo, en cambio, propone romper la subjetividad lírica mediante un alejamiento del sujeto poético emisor, considerado como un lastre lingüístico que bloquea la plenitud de la palabra poética, una adherencia que está fuera del dominio de lo propiamente lírico. Parece contradictorio. No lo es. Aquí aparece la sombra lejana pero impecable del Marqués de Santillana y su definición de la poesía: “Fingimiento de cosas útiles/ muy cubiertas y veladas/ de muy fermosa cobertura”. Siempre, en sujeto o en objeto poéticos, se trata de un fingimiento.

Era difícil mantener el equilibrio requerido por ese “fingimiento”: la tentación a partir del Renacimiento —y ya en el mismo período histórico: ahí están Cavalcanti y su Cancionero, contemporáneos de Dante y La Divina Comedia— es bloquear la efusión sentimental como lo muestra el barroco y su hermético-conceptualismo equivalente a la negritud de la pintura dictada por la Compañía de Jesús. Y parece —si uno da vuelta la mirada como Orfeo con el riesgo que eso comporta— que “Un golpe de dados” de Mallarmé de 1887 (la gran ruptura poética con el orden subjetivo-sentimental) no hubiera sido posible sin esa irrupción de la negritud en la imagen.

Lo que no se ve mucho es una mezcla de ambos modos, tal vez porque esa mezcla sea un “imposible” poético. El producto sería un ensayo lírico —la objetivación de la subjetividad— o un lirismo de un distanciamiento digno del conceptualismo de las “poéticas del signo” derivadas del Formalismo Ruso o de un poema de la década de los años cincuenta del siglo XX en el pleno auge del concretismo brasileño de los hermanos Augusto y Haroldo de Campos y Décio Pignatari.

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