HEBE UHART
ESTOY EN la estación de Tacuarembó, rumbo a Rivera. ¿Por qué estoy en Tacuarembó, casi en la frontera con Brasil? Porque vine a hacer una nota, porque se me murió el gato y necesito olvidarme; además me gusta el nombre: suena como un tambor. La última que entrevisté -bolso en mano para irme- fue la directora de Cultura: su nombre era Maestra Teresita y en su tarjeta personal hay un enorme escudo de Tacuarembó. Todo iba bien hasta que dijo: "Nosotros somos terruñeros, no localistas". Esa precisión me fastidió; me imaginé a esa mujer gorda perdiendo horas de su vida en definir a su placer esa pavada, y a partir de ahí toda esa casa de la cultura, con sus talleres silenciosos, me pareció llena de una actividad vacua que ella me quería mostrar: "Aquí, el taller de escultura"; "Buen día, buen día". ¿Qué hago yo acá? No me muestre más, Señora Maestra Teresita, me querría sentar. Inmediatamente accedió, como si fuera de buena educación satisfacer las exigencias de la visita; si le hubiera dicho: "Me gustaría tomar un vino de mañanita", ella diría: "Vino no tenemos, lamentablemente". En cambio me explicó lo que representa el escudo de Tacuarembó, donde hay un cerro que representa un seno de mujer. ¿O era un seno de mujer que representa un cerro? Lo mismo me da, Señora Maestra Teresita, yo a los escudos me los represento como quiero; para mí, ése muestra una oveja que mira un gran fardo; ella cree que es lana. Ella me preguntó:
-¿No ha ido al boliche de Toto?
No, estaba pensando que no tengo pañuelos para bailar la chacarera, uso pañuelos de papel ¿Y si le dijera eso? Pero me sentía en falta por no haber ido y la dejé que hablara de ese boliche largo y tendido, mientras pensaba: "Lo conozco como si lo hubiera parido". Puse cara de atención y me puse a pensar en otra cosa: en cómo estoy permanentemente con la sensación de estar en falta y en mi necesidad de decir algo inoportuno; por ejemplo, decirle a ella que se me murió el gato. Pero ella diría rápidamente "qué pena" y me seguiría contando de la sala con acústica especial "para la música de los chicos de ahora". Yo pensé: "A mí me tendría que interesar el boliche de Toto; ¿no me estaré desinteresando por todo?". La perspectiva me alarmó; agarré mi bolso con ruedas y le dije:
-Me tengo que ir.
Antes de que me fuera, ella dijo, dubitativa:
-Parece que van a explorar para buscar diamantes.
Eso me estimuló: todo un mundo de gente picando la tierra para encontrar un tesoro era mejor que ese taller de escultura; me pareció que esculpían con desgano, como para matar el tiempo.
Todo el barrio era sombrío hasta que empezaba el sol de golpe: ahí había casitas más humildes, como si la sombra fuera un bien preciado. Antes de que se fundara la ciudad el lugar se llamaba el desierto y las postas debieron ser lugares de sombra. Las casitas nuevas quedaban como un agregado incierto, disperso, sin el prestigio de la sombra. Y en la terminal, igual: todo el sol quedaba afuera y el café, las oficinas y las paradas de los micros estaban preservados del sol del desierto.
En el próximo número
Guillermo Fernández J. J. Rousseau Festival de Cinemateca George Steiner G. Grass